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Tuesday, October 31, 2006 4:54 AM
Caridade é essencial na Igreja, e não se limita a assistência social
30/10/2006

(ACI) Ao receber hoje (30/10) os membros das associações "Pro Petri Sede" e "Etrennes Pontificais", que colaboram economicamente com a Santa Sé em sua tarefa de ajudar os mais necessitados, o Papa Bento XVI lembrou que para a Igreja a caridade não é "uma espécie de atividade de assistência social" que poderia deixar aos outros, mas sim "pertence à sua natureza e é manifestação irrenunciável de sua própria essência".

Em seu discurso em francês, o Santo Padre afirmou que "o sentido da comunhão apostólica" que caracteriza ambas as associações "se expressa todos os anos com um gesto generoso de solidariedade destinado a ajudar nossos irmãos mais desprovidos”.

Já em tempos dos apóstolos, os membros da jovem comunidade cristã "punham tudo em comum" e São Paulo organizou em cada comunidade por ele fundada um serviço de coleta em favor de outras Igrejas", disse o Santo Padre. "Para a Igreja, a caridade não é uma espécie de atividade de assistência social que também se poderia deixar aos outros, mas sim pertence à sua natureza e é manifestação irrenunciável de sua própria essência", disse o Papa citando sua encíclica "Deus caritas est".

Indicou também que "todos sabem as necessidades imensas de solidariedade para que nossos irmãos sejam respeitados em sua dignidade fundamental, para que sejam nutridos, tenham proteção e educação, e cada ano respondem generosamente oferecendo ao Papa o fruto de sua coleta". "Agradeço-lhes em nome de todas as comunidades cristãs às que ajudam com sua contribuição", concluiu.

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Tuesday, October 31, 2006 5:24 AM
Profundo dolor del Papa por víctimas del accidente aéreo en Nigeria

VATICANO, 30 Oct. 06 (ACI).- El Papa Benedicto XVI expresó su profundo dolor por el desastre aéreo ocurrido este domingo 29 en Nigeria que provocó la muerte de 99 personas, entre las que se encontraba el líder espiritual de los musulmanes de este país, el sultán de Sokoto, Mahammadu Maccido.

La tragedia ocurrió cuando un avión Boeing 737 de la compañía aérea privada local “Adc” cayó poco después de despegar del aeropuerto de la capital Abuja.

En el telegrama que firma el Secretario de Estado Vaticano, Cardenal Tarcisio Bertone, el Santo Padre recuerda al sultán y expresa su solidaridad a las víctimas y sus familiares. “En el ofrecimiento ferviente de oraciones”, se lee, el Papa “pide a Dios infundir valor y fuerza a todos aquellos sufren” por esta tragedia.
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Wednesday, November 01, 2006 6:01 PM
ANGELUS DE BENEDICTO XVI EN LA SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

A las 12:00 horas de hoy, Solemnidad de Todos los Santos el Papa Benedicto XVI desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico Vaticano, rezó el Ángelus con los fieles y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro.

Estas fueron sus palabras:



“Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la Solemnidad de Todos los Santos y mañana conmemoramos a los fieles difuntos. Que estos dos recorridos litúrgicos, muy sentidos, nos ofrezcan una singular oportunidad para meditar en la vida eterna. ¿El hombre moderno todavía tiene esperanza en la vida eterna o piensa que ésta pertenece a una mitología ya superada?. En este nuestro tiempo, más que en el pasado, se está tan absorto en las cosas terrenas, que algunas veces resulta difícil pensar en Dios como protagonista de la historia de nuestra misma vida. La existencia humana, por su naturaleza tiende a algo más grande, que la trasciende; es irreprimible en el ser humano el anhelo por la justicia, por la verdad y a la plena felicidad. Frente al enigma de la muerte, en muchos permanece vivo el deseo y la esperanza de encontrar en el más allá a sus seres queridos, así como es también fuerte la convicción de un juicio final que restablezca la justicia, a la espera de una definitiva confrontación donde a cada uno se le dé cuanto le corresponde.

"Vida eterna" para nosotros cristianos no indica solo una vida que dura para siempre, es una nueva cualidad de existencia, plenamente inmersa en el amor de Dios, que libera del mal y de la muerte y nos pone en comunión sin fin con todos los hermanos y hermanas que participan del mismo Amor. La eternidad por tanto, puede estar ya presente en el centro de la vida terrena y temporal, cuando el alma por medio de la gracia se une a Dios, su último fundamento. Todo pasa, sólo Dios no cambia. Dice un Salmo: "Vienen a menos mi carne y mi corazón; / más la roca de mi corazón es Dios, / es Dios mi suerte por siempre" (Sal 72/73,26). Todos los cristianos, estamos llamados a la santidad, son los hombres y mujeres que vivimos atracados en este punto, en esta “roca”; con los pies en su tierra, más el corazón ya en el cielo, vivienda definitiva de los amigos del Dios.

Queridos hermanos y hermanas, meditemos esta realidad con el ánimo y nuestro rostro hacia el último y definitivo destino, que da sentido a las situaciones cotidianas. Revivamos el glorioso sentimiento de la comunión de los santos y llegaremos a la meta de nuestra existencia: el encuentro cara a cara con Dios. Recemos para que ésta sea la herencia de todos los fieles difuntos, no solamente de nuestros seres queridos, sino también de todas las almas, especialmente las más olvidadas y necesitadas de la misericordia divina. La Virgen María, Reina de Todos lo Santos, nos guíe a elegir en cada momento la vida eterna, la “vida del mundo que vendrá” – como decimos en el Credo; un mundo ya inaugurado por la resurrección de Cristo, y del cuál podemos apresurarnos al advenimiento con nuestra conversión sincera y los trabajos de la caridad”.


Al final del Ángelus, S.S. Benedicto XVI se dirigió a los peregrinos en francés, inglés, alemán, español, polaco e italiano.

Estas fueron sus palabras en español:


“Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. Queridos hermanos, hoy celebramos la belleza de la santidad de Dios, que brilla de modo especial en sus Santos. Que la intercesión de la Virgen María nos ayude a vivir en plenitud nuestra vocación de hijos de Dios, identificándonos cada vez más con Nuestro Señor Jesucristo. ¡Feliz Fiesta para todos!”

(Traducción del original italiano: www.ssbenedictoxvi.org)

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Wednesday, November 01, 2006 6:07 PM
DISCURSO DE BENEDICTO XVI A PEREGRINOS VINCULADOS A LAS OBRAS DEL PADRE PÍO DE PIETRELCINA (OCT. 14-2006)

DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI A UNA PEREGRINACIÓN DE PERSONAS VINCULADAS A LAS OBRAS DEL PADRE PÍO DE PIETRELCINA

Sábado 14 de octubre de 2006



"Señores Cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:

Con gran alegría me encuentro con vosotros en esta plaza en la que, en 1999 y en 2002, tuvieron lugar las memorables celebraciones de beatificación y canonización del padre Pío de Pietrelcina. Hoy habéis venido en gran número con ocasión del 50° aniversario de la que constituye una parte considerable de su obra: la Casa Alivio del sufrimiento. Os doy la bienvenida con afecto y os saludo cordialmente a cada uno: al arzobispo Umberto D'Ambrosio, al que agradezco sus amables palabras; a los frailes capuchinos del santuario y de la provincia; a los dirigentes, a los médicos, a los enfermeros y al personal del hospital; a los miembros de los Grupos de oración, provenientes de todas las partes de Italia y también de otros países; y a los peregrinos de la diócesis de Manfredonia-Vieste-San Giovanni Rotondo. Todos juntos formáis una gran familia espiritual, porque os reconocéis como hijos del padre Pío, un hombre sencillo, un "pobre fraile" ?como decía él? al que Dios encomendó el mensaje perenne de su Amor crucificado por toda la humanidad.

Los primeros herederos de su testimonio sois vosotros, queridos frailes capuchinos, que custodiáis el santuario de Santa María de las Gracias y la nueva gran iglesia dedicada a San Pío de Pietrelcina. Sois los principales animadores de esos lugares de gracia, meta de millones de peregrinos cada año. Estimulados y sostenidos por el ejemplo del padre Pío y por su intercesión, esforzaos por ser vosotros mismos sus imitadores para ayudar a todos a vivir una profunda experiencia espiritual, centrada en la contemplación de Cristo crucificado, revelador y mediador del amor misericordioso del Padre celestial.

Del corazón del padre Pío, ardiente de caridad, brotó la Casa Alivio del sufrimiento, que ya con su nombre manifiesta la idea inspiradora de la que surgió y el programa que pretende realizar. El padre Pío quiso llamarla "casa" para que el enfermo, especialmente el pobre, se sintiera a gusto en ella, acogido en un clima familiar, y para que en esta casa pudiera encontrar "alivio" en su sufrimiento. Alivio gracias a dos fuerzas convergentes: la oración y la ciencia.

Esta era la idea del fundador, y todos los que trabajan en el hospital deben tenerla siempre muy presente, haciéndola suya. La fe en Dios y la búsqueda científica cooperan al mismo fin, que se puede expresar del mejor modo con las palabras de Jesús mismo: "Para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10). Sí, Dios es vida y quiere que el hombre se cure de toda enfermedad del cuerpo y del espíritu. Por eso Jesús curó incansablemente a enfermos, anunciando con su curación el reino de Dios ya cercano. Por el mismo motivo la Iglesia, gracias a los carismas de tantos santos y santas, ha prolongado y difundido a lo largo de los siglos este ministerio profético de Cristo, mediante innumerables iniciativas en el campo de la salud y del servicio a los que sufren.

Si la dimensión científica y tecnológica es propia del Hospital, la oración, en cambio, se extiende a toda la obra del padre Pío. Es el elemento, por decirlo así, transversal: el alma de toda iniciativa, la fuerza espiritual que lo mueve y orienta todo según el orden de la caridad que, en resumidas cuentas, es Dios mismo.

Dios es amor. Por eso el binomio fundamental que deseo volver a proponer a vuestra atención es el que está en el centro de mi encíclica: amor a Dios y amor al prójimo, oración y caridad (cf. Deus caritas est, 16-18). El padre Pío fue, ante todo, un "hombre de Dios". Desde niño se sintió llamado por él y respondió "con todo su corazón, con toda su alma y con toda su fuerza" (cf. Dt 6, 5). Así el amor divino pudo tomar posesión de su humilde persona y hacer de ella un instrumento elegido de sus designios de salvación.

¡Alabado sea Dios, que en todo tiempo escoge almas sencillas y generosas para realizar maravillas! (cf. Lc 1, 48-49). Todo en la Iglesia viene de Dios, y sin él nada puede mantenerse en pie. Las obras del padre Pío son un ejemplo extraordinario de esta verdad: la Casa Alivio se puede definir bien un "milagro". Humanamente, ¿quién podía pensar que junto al pequeño convento de San Giovanni Rotondo surgiría uno de los hospitales más grandes y modernos del sur de Italia? ¿Quién sino el hombre de Dios, que contempla la realidad con los ojos de la fe y con una gran esperanza, porque sabe que para Dios nada es imposible?

Por eso la fiesta de la Casa Alivio del sufrimiento es al mismo tiempo la fiesta de los Grupos de oración del padre Pío, es decir, de la parte de su obra que "llama" continuamente al corazón de Dios, como un ejército de intercesores y de reparadores, a fin de obtener las gracias necesarias para la Iglesia y para el mundo.

Queridos amigos de los Grupos de oración, vuestro origen se remonta al invierno de 1942, mientras la segunda guerra mundial asolaba Italia, Europa y el mundo. El 17 de febrero de aquel año, mi venerado predecesor el Papa Pío XII hizo un llamamiento al pueblo cristiano para que muchos se reunieran a orar juntos por la paz. El padre Pío impulsó a sus hijos espirituales a responder prontamente a la llamada del Vicario de Cristo. Así nacieron los Grupos de oración, y como centro organizativo tuvieron precisamente la Casa Alivio del sufrimiento, que aún estaba en construcción. Esta imagen sigue siendo un símbolo elocuente: la Obra del padre Pío como un gran "edificio en construcción", animado por la oración y destinado a la caridad activa.

Los Grupos de oración se han difundido en las parroquias, en los conventos, en los hospitales, y hoy son más de tres mil, esparcidos por todos los continentes. Vosotros, aquí hoy, sois una representación numerosa de ellos. La respuesta originaria dada al llamamiento del Papa ha marcado para siempre el carácter de vuestra "red" espiritual: vuestra oración, como reza el Estatuto, es "con la Iglesia, por la Iglesia y en la Iglesia" (Proemio), y se debe vivir siempre en plena adhesión al Magisterio, con una obediencia pronta al Papa y a los obispos, bajo la guía del presbítero nombrado por el obispo. El mismo Estatuto prescribe también un compromiso esencial de los Grupos de oración, es decir, la "caridad activa y operante para alivio de los que sufren y de los necesitados como actuación práctica del amor a Dios" (ib.). He aquí nuevamente el binomio oración y caridad, Dios y prójimo. El Evangelio no permite evasiones: quien se dirige al Dios de Jesucristo es impulsado a servir a los hermanos y, viceversa, quien se dedica a los pobres descubre en ellos el rostro misterioso de Dios.

Queridos amigos, el tiempo ha pasado, y ha llegado el momento de concluir. Deseo expresaros mi agradecimiento sincero por el apoyo que me dais con vuestra oración. Que el Señor os recompense. Al mismo tiempo, para la comunidad de trabajo de la Casa Alivio del sufrimiento pido la gracia especial de ser siempre fiel al espíritu y al proyecto del padre Pío. Encomiendo esta oración a la intercesión celestial del padre Pío y de la Virgen María.

Con estos sentimientos, os imparto de corazón a todos vosotros y a vuestros seres queridos la bendición apostólica".

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Friday, November 03, 2006 6:10 PM
Benedicto XVI visita la Pontificia Universidad Gregoriana

3 de Noviembre (VIS) - El Papa Benedicto XVI visitó esta mañana la Pontificia Universidad Gregoriana. Al llegar se dirigió a la Capilla, donde rezó unos minutos, y posteriormente se trasladó al cuadripórtico de la Universidad para encontrarse con los profesores, estudiantes y benefactores.

Tras el saludo del Rector, el Padre Gianfranco Ghirlanda, del representante de los estudiantes, Padre Bryan Lobo y del Secretario General, Luigi Allena, el Santo Padre pronunció un discurso.

Al inicio de su discurso, S.S. Benedicto XVI recordó que en 1972 fue invitado a dar un curso sobre la Santísima Eucaristía y recordó a los profesores y estudiantes que el estudio y la enseñanza "para que tengan sentido en relación con el Reino de Dios, deben estar sostenidas por las virtudes teologales. El objeto inmediato de la ciencia teológica, en sus distintas especificaciones, es Dios mismo, que se ha revelado en Jesucristo, Dios con un rostro humano".

El Papa dijo que "hoy hay que tener en cuenta el desafío de la cultura secular, que en muchas partes del mundo tiende cada vez más, no solo a negar cada signo de la presencia de Dios en la vida de la sociedad y de la persona, sino que con diversos medios, que desorientan y ofuscan la recta conciencia del ser humano, trata de corroer su capacidad de escuchar a Dios".

Al mismo tiempo, continuó, "no se puede prescindir de la relación con las otras religiones, que sólo se revela constructivo si se evita toda ambigüedad que debilite el contenido esencial de la fe cristiana en Cristo único Salvador de todos los hombres y en la Iglesia, sacramento necesario de salvación para toda la humanidad".

Las otras ciencias humanas, como la psicología, las ciencias sociales y la comunicación, "precisamente porque conciernen al ser humano, no pueden prescindir de la referencia a Dios. El hombre, tanto en su interioridad como en su exterioridad, no puede ser plenamente comprendido si no se le reconoce abierto a la trascendencia".

"Privado de su referencia a Dios, el ser humano no puede responder a los interrogantes fundamentales que agitan y agitarán siempre su corazón en lo concerniente al fin, y por tanto, al sentido de su existencia. En consecuencia, ni siquiera es posible incorporar en la sociedad aquellos valores éticos que por sí solos pueden permitir una convivencia digna del ser humano. El destino del ser humano sin su referencia a Dios no puede ser sino la desolación de la angustia que conduce a la desesperación. Solo con referencia al Dios-Amor, que se ha revelado en Jesucristo, el ser humano puede encontrar el sentido de su existencia y vivir en la esperanza, a pesar de la experiencia de los males que hieren su existencia personal y la sociedad en la que vive. La esperanza ayuda a que el hombre no se cierre en un nihilismo paralizador y estéril, sino que se abra al compromiso generoso en la sociedad en que vive para poderla mejorar".

Subrayando que la formación integral de los jóvenes es "uno de los apostolados tradicionales de la Compañía de Jesús", el Santo Padre recordó que estaban terminando la renovación de los Estatutos de la Universidad y de los Reglamentos Generales para "definir mejor la identidad de la Gregoriana, permitiendo la redacción de programas académicos más adecuados al cumplimiento de la misión que le es propia".

"Como Universidad eclesiástica pontificia -concluyó-, este Centro académico está comprometido en "sentire in Ecclesia et cum Ecclesia". Es un compromiso que nace del amor por la Iglesia, nuestra Madre y Esposa de Cristo".

Concluido el acto y antes de regresar al Vaticano, el Papa Benedicto XVI saludó en el Centro de Congresos "Matteo Ricci" a la comunidad religiosa de los jesuitas.
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Friday, November 03, 2006 6:18 PM
DISCURSO DE BENEDICTO XVI EN LA UNIVERSIDAD DE RATISBONA y notas añadidas por el PAPA.



Discurso de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona

DISCURSO DE BENEDICTO XVI EN LA UNIVERSIDAD DE RATISBONA y notas añadidas por el PAPA.

Traducción al español del discurso de S.S. Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona, pronunciado el 12 de septiembre durante su visita pastoral a Baviera, y las notas posteriores que el mismo Papa ha añadido tras las duras reacciones de exponentes islámicos.
El título que el Santo Padre había dado al discurso fue Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones.



Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones



Eminencias,
Rectores Magníficos,
Excelencias,
Ilustres señoras y señores:

Para mí es un momento emocionante encontrarme de nuevo en la universidad y poder impartir una vez más una lección magistral. Me hace pensar en aquellos años en los que, tras un hermoso período en el Instituto Superior de Freising, inicié mi actividad como profesor en la universidad de Bonn. Era el año 1959, cuando la antigua universidad tenía todavía profesores ordinarios. No había auxiliares ni dactilógrafos para las cátedras, pero se daba en cambio un contacto muy directo con los alumnos y, sobre todo, entre los profesores. Nos reuníamos antes y después de las clases en las salas de profesores. Los contactos con los historiadores, los filósofos, los filólogos y naturalmente también entre las dos facultades teológicas eran muy estrechos. Una vez cada semestre había un dies academicus, en el que los profesores de todas las facultades se presentaban ante los estudiantes de la universidad, haciendo posible así una experiencia de Universitas —algo a lo que hace poco ha aludido también usted, Señor Rector—; es decir, la experiencia de que, no obstante todas las especializaciones que a veces nos impiden comunicarnos entre nosotros, formamos un todo y trabajamos en el todo de la única razón con sus diferentes dimensiones, colaborando así también en la común responsabilidad respecto al recto uso de la razón: era algo que se experimentaba vivamente. Además, la universidad se sentía orgullosa de sus dos facultades teológicas. Estaba claro que también ellas, interrogándose sobre la racionabilidad de la fe, realizan un trabajo que forma parte necesariamente del conjunto de la Universitas scientiarum, aunque no todos podían compartir la fe, a cuya correlación con la razón común se dedican los teólogos. Esta cohesión interior en el cosmos de la razón no se alteró ni siquiera cuando, en cierta ocasión, se supo que uno de los profesores había dicho que en nuestra universidad había algo extraño: dos facultades que se ocupaban de algo que no existía: Dios. En el conjunto de la universidad estaba fuera de discusión que, incluso ante un escepticismo tan radical, seguía siendo necesario y razonable interrogarse sobre Dios por medio de la razón y que esto debía hacerse en el contexto de la tradición de la fe cristiana.

Recordé todo esto recientemente cuando leí la parte, publicada por el profesor Theodore Khoury (Münster), del diálogo que el docto emperador bizantino Manuel II Paleólogo, tal vez en los cuarteles de invierno del año 1391 en Ankara, mantuvo con un persa culto sobre el cristianismo y el islam, y sobre la verdad de ambos.[1] Probablemente fue el mismo emperador quien anotó ese diálogo durante el asedio de Constantinopla entre 1394 y 1402. Así se explica que sus razonamientos se recojan con mucho más detalle que las respuestas de su interlocutor persa. [2] El diálogo abarca todo el ámbito de las estructuras de la fe contenidas en la Biblia y en el Corán, y se detiene sobre todo en la imagen de Dios y del hombre, pero también, cada vez más y necesariamente, en la relación entre las «tres Leyes», como se decía, o «tres órdenes de vida»: Antiguo Testamento, Nuevo Testamento y Corán. No quiero hablar ahora de ello en este discurso; sólo quisiera aludir a un aspecto —más bien marginal en la estructura de todo el diálogo— que, en el contexto del tema «fe y razón», me ha fascinado y que servirá como punto de partida para mis reflexiones sobre esta materia.

En el séptimo coloquio (d???e???, controversia), editado por el profesor Khoury, el emperador toca el tema de la yihad, la guerra santa. Seguramente el emperador sabía que en la sura 2, 256 está escrito: «Ninguna constricción en las cosas de fe». Según dice una parte de los expertos, es probablemente una de las suras del período inicial, en el que Mahoma mismo aún no tenía poder y estaba amenazado. Pero, naturalmente, el emperador conocía también las disposiciones, desarrolladas sucesivamente y fijadas en el Corán, acerca de la guerra santa. Sin detenerse en detalles, como la diferencia de trato entre los que poseen el «Libro» y los «incrédulos», con una brusquedad que nos sorprende, brusquedad que para nosotros resulta inaceptable, se dirige a su interlocutor llanamente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia en general, diciendo: «Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba». [3] El emperador, después de pronunciarse de un modo tan duro, explica luego minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo insensato. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. «Dios no se complace con la sangre —dice—; no actuar según la razón (s??? ????) es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Por tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas... Para convencer a un alma racional no hay que recurrir al propio brazo ni a instrumentos contundentes ni a ningún otro medio con el que se pueda amenazar de muerte a una persona». [4]

En esta argumentación contra la conversión mediante la violencia, la afirmación decisiva es: no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. [5]
El editor, Theodore Khoury, comenta: para el emperador, como bizantino educado en la filosofía griega, esta afirmación es evidente. En cambio, para la doctrina musulmana, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está vinculada a ninguna de nuestras categorías, ni siquiera a la de la racionabilidad. [6] En este contexto, Khoury cita una obra del conocido islamista francés R. Arnaldez, quien observa que Ibn Hazm llega a decir que Dios no estaría vinculado ni siquiera por su propia palabra y que nada le obligaría a revelarnos la verdad. Si él quisiera, el hombre debería practicar incluso la idolatría. [7]

A este propósito se presenta un dilema en la comprensión de Dios, y por tanto en la realización concreta de la religión, que hoy nos plantea un desafío muy directo. La convicción de que actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios, ¿es solamente un pensamiento griego o vale siempre y por sí mismo? Pienso que en este punto se manifiesta la profunda consonancia entre lo griego en su mejor sentido y lo que es fe en Dios según la Biblia. Modificando el primer versículo del libro del Génesis, el primer versículo de toda la sagrada Escritura, san Juan comienza el prólogo de su Evangelio con las palabras: «En el principio ya existía el Logos». Ésta es exactamente la palabra que usa el emperador: Dios actúa «s??? ????», con logos. Logos significa tanto razón como palabra, una razón que es creadora y capaz de comunicarse, pero precisamente como razón. De este modo, san Juan nos ha brindado la palabra conclusiva sobre el concepto bíblico de Dios, la palabra con la que todos los caminos de la fe bíblica, a menudo arduos y tortuosos, alcanzan su meta, encuentran su síntesis. En el principio existía el logos, y el logos es Dios, nos dice el evangelista. El encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no era una simple casualidad. La visión de san Pablo, ante quien se habían cerrado los caminos de Asia y que en sueños vio un macedonio que le suplicaba: «Ven a Macedonia y ayúdanos» (cf. Hch 16, 6-10), puede interpretarse como una expresión condensada de la necesidad intrínseca de un acercamiento entre la fe bíblica y el filosofar griego.

En realidad, este acercamiento había comenzado desde hacía mucho tiempo. Ya el nombre misterioso de Dios pronunciado en la zarza ardiente, que distingue a este Dios del conjunto de las divinidades con múltiples nombres, y que afirma de él simplemente «Yo soy», su ser, es una contraposición al mito, que tiene una estrecha analogía con el intento de Sócrates de batir y superar el mito mismo. [8]
El proceso iniciado en la zarza llega a un nuevo desarrollo, dentro del Antiguo Testamento, durante el destierro, donde el Dios de Israel, entonces privado de la tierra y del culto, se proclama como el Dios del cielo y de la tierra, presentándose con una simple fórmula que prolonga aquellas palabras oídas desde la zarza: «Yo soy». Juntamente con este nuevo conocimiento de Dios se da una especie de Ilustración, que se expresa drásticamente con la burla de las divinidades que no son sino obra de las manos del hombre (cf. Sal 115). De este modo, a pesar de toda la dureza del desacuerdo con los soberanos helenísticos, que querían obtener con la fuerza la adecuación al estilo de vida griego y a su culto idolátrico, la fe bíblica, durante la época helenística, salía desde sí misma al encuentro de lo mejor del pensamiento griego, hasta llegar a un contacto recíproco que después tuvo lugar especialmente en la literatura sapiencial tardía. Hoy sabemos que la traducción griega del Antiguo Testamento —la de «los Setenta»—, que se hizo en Alejandría, es algo más que una simple traducción del texto hebreo (la cual tal vez podría juzgarse poco positivamente); en efecto, es en sí mismo un testimonio textual y un importante paso específico de la historia de la Revelación, en el cual se realizó este encuentro de un modo que tuvo un significado decisivo para el nacimiento y difusión del cristianismo. [9]
En el fondo, se trata del encuentro entre fe y razón, entre auténtica ilustración y religión. Partiendo verdaderamente de la íntima naturaleza de la fe cristiana y, al mismo tiempo, de la naturaleza del pensamiento griego ya fusionado con la fe, Manuel II podía decir: No actuar «con el logos» es contrario a la naturaleza de Dios.

Por honradez, sobre este punto es preciso señalar que, en la Baja Edad Media, hubo en la teología tendencias que rompen esta síntesis entre espíritu griego y espíritu cristiano. En contraste con el llamado intelectualismo agustiniano y tomista, Juan Duns Escoto introdujo un planteamiento voluntarista que, tras sucesivos desarrollos, llevó finalmente a afirmar que sólo conocemos de Dios la voluntas ordinata. Más allá de ésta existiría la libertad de Dios, en virtud de la cual habría podido crear y hacer incluso lo contrario de todo lo que efectivamente ha hecho. Aquí se perfilan posiciones que pueden acercarse a las de Ibn Hazm y podrían llevar incluso a una imagen de Dios-Arbitrio, que no está vinculado ni siquiera con la verdad y el bien. La trascendencia y la diversidad de Dios se acentúan de una manera tan exagerada, que incluso nuestra razón, nuestro sentido de la verdad y del bien, dejan de ser un auténtico espejo de Dios, cuyas posibilidades abismales permanecen para nosotros eternamente inaccesibles y escondidas tras sus decisiones efectivas. En contraste con esto, la fe de la Iglesia se ha atenido siempre a la convicción de que entre Dios y nosotros, entre su eterno Espíritu creador y nuestra razón creada, existe una verdadera analogía, en la que ciertamente —como dice el IV concilio de Letrán en 1215— las diferencias son infinitamente más grandes que las semejanzas, pero sin llegar por ello a abolir la analogía y su lenguaje. Dios no se hace más divino por el hecho de que lo alejemos de nosotros con un voluntarismo puro e impenetrable, sino que, más bien, el Dios verdaderamente divino es el Dios que se ha manifestado como logos y ha actuado y actúa como logos lleno de amor por nosotros. Ciertamente el amor, como dice san Pablo, «rebasa» el conocimiento y por eso es capaz de percibir más que el simple pensamiento (cf. Ef 3, 19); sin embargo, sigue siendo el amor del Dios-Logos, por lo cual el culto cristiano, como dice también san Pablo, es «??????? ?at?e?a», un culto que concuerda con el Verbo eterno y con nuestra razón (cf. Rm 12, 1). [10]

Este acercamiento interior recíproco que se ha dado entre la fe bíblica y el planteamiento filosófico del pensamiento griego es un dato de importancia decisiva, no sólo desde el punto de vista de la historia de las religiones, sino también del de la historia universal, que también hoy hemos de considerar. Teniendo en cuenta este encuentro, no sorprende que el cristianismo, no obstante haber tenido su origen y un importante desarrollo en Oriente, haya encontrado finalmente su impronta decisiva en Europa. Y podemos decirlo también a la inversa: este encuentro, al que se une sucesivamente el patrimonio de Roma, creó a Europa y permanece como fundamento de lo que, con razón, se puede llamar Europa.

A la tesis según la cual el patrimonio griego, críticamente purificado, forma parte integrante de la fe cristiana se opone la pretensión de la deshelenización del cristianismo, la cual domina cada vez más las discusiones teológicas desde el inicio de la época moderna. Si se analiza con atención, en el programa de la deshelenización pueden observarse tres etapas que, aunque vinculadas entre sí, se distinguen claramente una de otra por sus motivaciones y sus objetivos. [11]

La deshelenización surge inicialmente en conexión con los postulados de la Reforma del siglo XVI. Respecto a la tradición teológica escolástica, los reformadores se vieron ante una sistematización de la teología totalmente dominada por la filosofía, es decir, por una articulación de la fe basada en un pensamiento ajeno a la fe misma. Así, la fe ya no aparecía como palabra histórica viva, sino como un elemento insertado en la estructura de un sistema filosófico. El principio de la sola Scriptura, en cambio, busca la forma pura primordial de la fe, tal como se encuentra originariamente en la Palabra bíblica. La metafísica se presenta como un presupuesto que proviene de otra fuente y del cual se debe liberar a la fe para que ésta vuelva a ser totalmente ella misma. Kant, con su afirmación de que había tenido que renunciar a pensar para dejar espacio a la fe, desarrolló este programa con un radicalismo no previsto por los reformadores. De este modo, ancló la fe exclusivamente en la razón práctica, negándole el acceso a la realidad plena.

La teología liberal de los siglos XIX y XX supuso una segunda etapa en el programa de la deshelenización, cuyo representante más destacado es Adolf von Harnack. En mis años de estudiante y en los primeros de mi actividad académica, este programa ejercía un gran influjo también en la teología católica. Se utilizaba como punto de partida la distinción de Pascal entre el Dios de los filósofos y el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. En mi discurso inaugural en Bonn, en 1959, traté de afrontar este asunto [12] y no quiero repetir aquí todo lo que dije en aquella ocasión. Sin embargo, me gustaría tratar de poner de relieve, al menos brevemente, la novedad que caracterizaba esta segunda etapa de deshelenización respecto a la primera. La idea central de Harnack era simplemente volver al hombre Jesús y a su mero mensaje, previo a todas las elucubraciones de la teología y, precisamente, también de las helenizaciones: este mensaje sin añadidos constituiría la verdadera culminación del desarrollo religioso de la humanidad. Jesús habría acabado con el culto sustituyéndolo con la moral. En definitiva, se presentaba a Jesús como padre de un mensaje moral humanitario. En el fondo, el objetivo de Harnack era hacer que el cristianismo estuviera en armonía con la razón moderna, librándolo precisamente de elementos aparentemente filosóficos y teológicos, como por ejemplo la fe en la divinidad de Cristo y en la trinidad de Dios. En este sentido, la exégesis histórico-crítica del Nuevo Testamento, según su punto di vista, vuelve a dar a la teología un puesto en el cosmos de la universidad: para Harnack, la teología es algo esencialmente histórico y, por tanto, estrictamente científico. Lo que investiga sobre Jesús mediante la crítica es, por decirlo así, expresión de la razón práctica y, por consiguiente, puede estar presente también en el conjunto de la universidad. En el trasfondo de todo esto subyace la autolimitación moderna de la razón, clásicamente expresada en las «críticas» de Kant, aunque radicalizada ulteriormente entre tanto por el pensamiento de las ciencias naturales. Este concepto moderno de la razón se basa, por decirlo brevemente, en una síntesis entre platonismo (cartesianismo) y empirismo, una síntesis corroborada por el éxito de la técnica. Por una parte, se presupone la estructura matemática de la materia, su racionalidad intrínseca, por decirlo así, que hace posible comprender cómo funciona y puede ser utilizada: este presupuesto de fondo es en cierto modo el elemento platónico en la comprensión moderna de la naturaleza. Por otra, se trata de la posibilidad de explotar la naturaleza para nuestros propósitos, en cuyo caso sólo la posibilidad de verificar la verdad o falsedad mediante la experimentación ofrece la certeza decisiva. El peso entre los dos polos puede ser mayor o menor entre ellos, según las circunstancias. Un pensador tan drásticamente positivista como J. Monod se declaró platónico convencido.

Esto implica dos orientaciones fundamentales decisivas para nuestra cuestión. Sólo el tipo de certeza que deriva de la sinergia entre matemática y método empírico puede considerarse científica. Todo lo que pretenda ser ciencia ha de atenerse a este criterio. También las ciencias humanas, como la historia, la psicología, la sociología y la filosofía, han tratado de aproximarse a este canon de valor científico. Además, es importante para nuestras reflexiones constatar que este método en cuanto tal excluye el problema de Dios, presentándolo como un problema a-científico o pre-científico. Pero de este modo nos encontramos ante una reducción del ámbito de la ciencia y de la razón que es preciso poner en discusión.

Volveré más tarde sobre este argumento. Por el momento basta tener presente que, desde esta perspectiva, cualquier intento de mantener la teología como disciplina «científica» dejaría del cristianismo únicamente un minúsculo fragmento. Pero hemos de añadir más: si la ciencia en su conjunto es sólo esto, entonces el hombre mismo sufriría una reducción, pues los interrogantes propiamente humanos, es decir, de dónde viene y a dónde va, los interrogantes de la religión y de la ética, no pueden encontrar lugar en el espacio de la razón común descrita por la «ciencia» entendida de este modo y tienen que desplazarse al ámbito de lo subjetivo. El sujeto, basándose en su experiencia, decide lo que considera admisible en el ámbito religioso y la «conciencia» subjetiva se convierte, en definitiva, en la única instancia ética. Pero, de este modo, el ethos y la religión pierden su poder de crear una comunidad y se convierten en un asunto totalmente personal. La situación que se crea es peligrosa para la humanidad, como se puede constatar en las patologías que amenazan a la religión y a la razón, patologías que irrumpen por necesidad cuando la razón se reduce hasta el punto de que ya no le interesan las cuestiones de la religión y de la ética. Lo que queda de esos intentos de construir una ética partiendo de las reglas de la evolución, de la psicología o de la sociología, es simplemente insuficiente.

Antes de llegar a las conclusiones a las que conduce todo este razonamiento, quiero referirme brevemente a la tercera etapa de la deshelenización, que se está difundiendo actualmente. Teniendo en cuenta el encuentro entre múltiples culturas, se suele decir hoy que la síntesis con el helenismo en la Iglesia antigua fue una primera inculturación, que no debería ser vinculante para las demás culturas. Éstas deberían tener derecho a volver atrás, hasta el momento previo a dicha inculturación, para descubrir el mensaje puro del Nuevo Testamento e inculturarlo de nuevo en sus ambientes respectivos. Esta tesis no es del todo falsa, pero sí rudimentaria e imprecisa. En efecto, el Nuevo Testamento fue escrito en griego e implica el contacto con el espíritu griego, un contacto que había madurado en el desarrollo precedente del Antiguo Testamento. Ciertamente, en el proceso de formación de la Iglesia antigua hay elementos que no deben integrarse en todas las culturas. Sin embargo, las opciones fundamentales que atañen precisamente a la relación entre la fe y la búsqueda de la razón humana forman parte de la fe misma, y son un desarrollo acorde con su propia naturaleza.

Llego así a la conclusión. Este intento de crítica de la razón moderna desde su interior, expuesto sólo a grandes rasgos, no comporta de manera alguna la opinión de que hay que regresar al período anterior a la Ilustración, rechazando de plano las convicciones de la época moderna. Se debe reconocer sin reservas lo que tiene de positivo el desarrollo moderno del espíritu: todos nos sentimos agradecidos por las maravillosas posibilidades que ha abierto al hombre y por los progresos que se han logrado en la humanidad. Por lo demás, la ética de la investigación científica —como ha aludido usted, Señor Rector Magnífico—, debe implicar una voluntad de obediencia a la verdad y, por tanto, expresar una actitud que forma parte de los rasgos esenciales del espíritu cristiano. La intención no es retroceder o hacer una crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y de su uso. Porque, a la vez que nos alegramos por las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad, vemos también los peligros que surgen de estas posibilidades y debemos preguntarnos cómo podemos evitarlos. Sólo lo lograremos si la razón y la fe se reencuentran de un modo nuevo, si superamos la limitación que la razón se impone a sí misma de reducirse a lo que se puede verificar con la experimentación, y le volvemos a abrir sus horizonte en toda su amplitud. En este sentido, la teología, no sólo como disciplina histórica y ciencia humana, sino como teología auténtica, es decir, como ciencia que se interroga sobre la razón de la fe, debe encontrar espacio en la universidad y en el amplio diálogo de las ciencias.

Sólo así seremos capaces de entablar un auténtico diálogo entre las culturas y las religiones, del cual tenemos urgente necesidad. En el mundo occidental está muy difundida la opinión según la cual sólo la razón positivista y las formas de la filosofía derivadas de ella son universales. Pero las culturas profundamente religiosas del mundo consideran que precisamente esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón constituye un ataque a sus convicciones más íntimas. Una razón que sea sorda a lo divino y relegue la religión al ámbito de las subculturas, es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas. Con todo, como he tratado de demostrar, la razón moderna propia de las ciencias naturales, con su elemento platónico intrínseco, conlleva un interrogante que va más allá de sí misma y que trasciende las posibilidades de su método. La razón científica moderna ha de aceptar simplemente la estructura racional de la materia y la correspondencia entre nuestro espíritu y las estructuras racionales que actúan en la naturaleza como un dato de hecho, en el cual se basa su método. Ahora bien, la pregunta sobre el por qué existe este dato de hecho, la deben plantear las ciencias naturales a otros ámbitos más amplios y altos del pensamiento, como son la filosofía y la teología. Para la filosofía y, de modo diferente, para la teología, escuchar las grandes experiencias y convicciones de las tradiciones religiosas de la humanidad, especialmente las de la fe cristiana, constituye una fuente de conocimiento; oponerse a ella sería una grave limitación de nuestra escucha y de nuestra respuesta. Aquí me vienen a la mente unas palabras que Sócrates dijo a Fedón. En los diálogos anteriores se habían expuesto muchas opiniones filosóficas erróneas; y entonces Sócrates dice: «Sería fácilmente comprensible que alguien, a quien le molestaran todas estas opiniones erróneas, desdeñara durante el resto de su vida y se burlara de toda conversación sobre el ser; pero de esta forma renunciaría a la verdad de la existencia y sufriría una gran pérdida». [13] Occidente, desde hace mucho, está amenazado por esta aversión a los interrogantes fundamentales de su razón, y así sólo puede sufrir una gran pérdida. La valentía para abrirse a la amplitud de la razón, y no la negación de su grandeza, es el programa con el que una teología comprometida en la reflexión sobre la fe bíblica entra en el debate de nuestro tiempo. «No actuar según la razón, no actuar con el logos es contrario a la naturaleza de Dios», dijo Manuel II partiendo de su imagen cristiana de Dios, respondiendo a su interlocutor persa. En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a este gran logos, a esta amplitud de la razón. Redescubrirla constantemente por nosotros mismos es la gran tarea de la universidad".


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Notas

[1] De los 26 coloquios (d???e???. Khoury traduce «controversia») del diálogo («Entretien»), Th. Khoury ha publicado la 7ª «controversia» con notas y una amplia introducción sobre el origen del texto, la tradición manuscrita y la estructura del diálogo, junto con breves resúmenes de las «controversias» no editadas; el texto griego va acompañado de una traducción francesa: Manuel II Paleólogo, Entretiens avec un Musulman. 7e controverse, Sources chrétiennesn. 115, París 1966. Mientras tanto, Karl Förstel ha publicado en el Corpus Islamico-Christianum (Series Graeca. Redacción de A. Th. Khoury – R. Glei) una edición comentada greco-alemana del texto: Manuel II. Palaiologus, Dialoge mit einem Muslim, 3 vols., Würzburg-Altenberge 1993-1996. Ya en 1966 E. Trapp había publicado el texto griego con una introducción como volumen II de los Wiener byzantinische Studien. Citaré a continuación según Khoury.

[2] Sobre el origen y la redacción del diálogo puede consultarse Khoury, pp. 22-29; amplios comentarios a este respecto pueden verse también en las ediciones de Förstel y Trapp.

[3] Controversia VII 2c: Khoury, pp. 142-143; Förstel, vol. I, VII. Dialog 1.5, pp. 240-241. Lamentablemente, esta cita ha sido considerada en el mundo musulmán como expresión de mi posición personal, suscitando así una comprensible indignación. Espero que el lector de mi texto comprenda inmediatamente que esta frase no expresa mi valoración personal con respecto al Corán, hacia el cual siento el respeto que se debe al libro sagrado de una gran religión. Al citar el texto del emperador Manuel II sólo quería poner de relieve la relación esencial que existe entre la fe y la razón. En este punto estoy de acuerdo con Manuel II, pero sin hacer mía su polémica.

[4] Controversia VII 3 b-c: Khoury, pp. 144-145; Förstel vol. I, VII. Dialog 1.6, pp. 240-243.

[5] Solamente por esta afirmación cité el diálogo entre Manuel II y su interlocutor persa. Ella nos ofrece el tema de mis reflexiones sucesivas.

[6] Cf. Khoury, o.c., p. 144, nota 1.

[7] R. Arnaldez, Grammaire et théologie chez Ibn Hazm de Cordoue, París 1956, p. 13; cf. Khoury, p. 144. En el desarrollo ulterior de mi discurso se pondrá de manifiesto cómo en la teología de la Baja Edad Media existen posiciones semejantes.

[8] Para la interpretación ampliamente discutida del episodio de la zarza que ardía sin consumirse, quisiera remitir a mi libro Einführung in das Christentum, Munich 1968, pp. 84-102. Creo que las afirmaciones que hago en ese libro, no obstante del desarrollo ulterior de la discusión, siguen siendo válidas.

[9] Cf. A. Schenker, “L'Écriture sainte subsiste en plusieurs formes canoniques simultanées”, en: L'interpretazione della Bibbia nella Chiesa. Atti del Simposio promosso dalla Congregazione per la Dottrina della Fede, Ciudad del Vaticano 2001, pp. 178-186.

[10] Este tema lo he tratado más detalladamente en mi libro Der Geist der Liturgie. Eine Einführung, Friburgo 2000, pp. 38-42.

[11] De la abundante bibliografía sobre el tema de la deshelenización, quisiera mencionar especialmente: A. Grillmeier, “Hellenisierung – Judaisierung des Christentums als Deuteprinzipien der Geschichte des kirchlichen Dogmas”, en: Id., Mit ihm und in ihm. Christologische Forschungen und Perspecktiven, Friburgo 1975, pp. 423-488.

[12] Publicada y comentada de nuevo por Heino Sonnemanns (ed.): Joseph Ratzinger-Benedikt XVI, Der Gott des Glaubens und der Gott der Philosophen. Ein Beitrag zum Problem der theologia naturalis, Johannes-Verlag Leutesdorf, 2. ergänzte Auflage 2005.

[13] 90 c-d. Para este texto se puede ver también R. Guardini, Der Tod des Sokrates, Maguncia-Paderborn 19875, pp. 218-221.

[Traducción distribuida por la Santa Sede
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Friday, November 03, 2006 6:22 PM

DISCURSO DE BENEDICTO XVI A PROFESORES Y ALUMNOS DE LAS UNIVERSIDADES PONTIFICIAS (OCT. 23-2006)

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LOS PROFESORES Y ALUMNOS DE LAS UNIVERSIDADES Y ATENEOS ECLESIÁSTICOS DE ROMA

Lunes 23 de octubre de 2006



"Señores Cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:

Me alegra encontrarme con vosotros al final de la santa misa y poder así expresaros mis mejores deseos para el nuevo año académico. Saludo en primer lugar al señor cardenal Zenon Grocholewski, prefecto de la Congregación para la educación católica, que ha presidido la concelebración eucarística, y le agradezco cordialmente las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre.

Saludo al secretario y a los demás colaboradores del dicasterio para la educación católica, renovando a todos la expresión de mi gratitud por el valioso servicio que prestan a la Iglesia en un ámbito tan importante para la formación de las nuevas generaciones. Mi saludo se extiende a los rectores, a los profesores y a los alumnos de todas las universidades y ateneos pontificios aquí presentes y a los que están espiritualmente unidos a nosotros en la oración.

Como todos los años, también esta tarde se ha dado cita la comunidad académica eclesiástica romana, formada por cerca de quince mil personas y caracterizada por una amplia multiplicidad de procedencias. De las Iglesias de todo el mundo, especialmente de las diócesis de reciente creación y de los territorios misioneros, vienen a Roma seminaristas y diáconos para frecuentar los ateneos pontificios, así como presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas, y no pocos laicos, para completar sus estudios superiores de licenciatura y doctorado, o para participar en otros cursos de especialización y actualización. Aquí encuentran profesores y formadores que, a su vez, son de diversas nacionalidades y de diferentes culturas. Con todo, esta variedad no crea dispersión, porque, como expresa de la forma más elevada también esta celebración litúrgica, todos los ateneos, las facultades y los colegios tienden a una unidad superior, obedeciendo a criterios comunes de formación, principalmente al de la fidelidad al Magisterio. Por tanto, al inicio del nuevo año, bendigamos al Señor por esta singular comunidad de profesores y alumnos, que manifiesta de modo elocuente la universalidad y la unidad de la Iglesia católica. Una comunidad tanto más hermosa porque se dirige de modo especial a los jóvenes, dándoles la oportunidad de entrar en contacto con instituciones de alto valor teológico y cultural, y ofreciéndoles al mismo tiempo la posibilidad de experiencias eclesiales y pastorales enriquecedoras.

Quisiera reafirmar también en esta ocasión, como lo he hecho en varios encuentros con sacerdotes y seminaristas, la importancia prioritaria de la vida espiritual y la necesidad de lograr, además del crecimiento cultural, una equilibrada maduración humana y una profunda formación ascética y religiosa.

Quien quiera ser amigo de Jesús y convertirse en su discípulo auténtico ?sea seminarista, sacerdote, religioso, religiosa o laico? no puede por menos de cultivar una íntima amistad con él en la meditación y en la oración. La profundización de las verdades cristianas y el estudio de la teología o de otra disciplina religiosa suponen una educación en el silencio y la contemplación, porque es necesario desarrollar la capacidad de escuchar con el corazón a Dios que habla.

El pensamiento siempre necesita purificación para poder entrar en la dimensión donde Dios pronuncia su Palabra creadora y redentora, su Verbo "salido del silencio", según una hermosa expresión de san Ignacio de Antioquía (Carta a los Magnesios VIII, 2). Nuestras palabras sólo pueden tener algún valor y utilidad si provienen del silencio de la contemplación; de lo contrario, contribuyen a la inflación de los discursos del mundo, que buscan el consenso de la opinión común.

Por tanto, quien estudia en un centro eclesiástico debe estar dispuesto a obedecer a la verdad y, en consecuencia, a cultivar una especial ascesis del pensamiento y de la palabra. Esa ascesis se basa en la familiaridad amorosa con la palabra de Dios y antes aún con el "silencio" del que brota la Palabra en el diálogo de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. A ese diálogo también nosotros tenemos acceso mediante la santa humanidad de Cristo. Así pues, queridos amigos, como hicieron los discípulos del Señor, pedidle: Maestro, "enséñanos a orar" (Lc 11, 1), y también: enséñanos a pensar, a escribir y a hablar, porque estas cosas están íntimamente unidas entre sí.

Estas son las sugerencias que os doy a cada uno de vosotros, queridos hermanos y hermanas, al inicio de este nuevo año académico. Las acompaño de buen grado con la seguridad de un recuerdo especial en la oración, para que el Espíritu Santo ilumine vuestro corazón y os lleve a un claro conocimiento de Cristo, capaz de transformar vuestra existencia, porque sólo él tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68).

Vuestro futuro apostolado será fecundo y fructuoso en la medida en que, durante estos años, os preparéis estudiando con seriedad, y sobre todo alimentéis vuestra relación personal con él, tendiendo a la santidad y teniendo como único objetivo de vuestra existencia la realización del reino de Dios.

Encomiendo estos deseos a la maternal intercesión de María santísima, Sede de la Sabiduría. Que ella os acompañe a lo largo de este nuevo año de estudio y escuche todas vuestras expectativas y esperanzas.

Con afecto imparto a cada uno de vosotros y a vuestras comunidades de estudio, así como a vuestros seres queridos, una especial bendición apostólica".



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Friday, November 03, 2006 6:24 PM
Mensaje Pontificio a las Semanas Sociales de España

Mensaje que en nombre del Papa Benedicto XVI ha enviado el Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado, al profesor José Tomás Raga Gil, Presidente de las Semanas Sociales de España, que se celebran del 2 al 5 de noviembre con el tema: “Propuestas cristianas para una cultura de la convivencia”.



“Señor Presidente:
1. Con motivo de la celebración de la XL Semana Social de España, que tiene lugar en Toledo, me complace transmitir un particular saludo de Su Santidad Benedicto XVI a los organizadores y participantes en la misma, a los que alienta en sus esfuerzos por ahondar y difundir la Doctrina Social de la Iglesia, tanto en el campo de la cultura y la investigación, como en la conciencia de todos, personas o grupos, llamados a contribuir al bien común según su propia condición y responsabilidad.

Este compromiso adquiere especial relevancia al cumplirse 100 años desde que comenzaran estos encuentros, bajo los auspicios de la Santa Sede y del Episcopado español, siendo un punto de referencia muy cualificado para profundizar en las diversas cuestiones sociales más graves y urgentes en cada momento de la vida española.

2. Acorde con su tradición centenaria, se ha elegido para estas jornadas el tema «Propuestas cristianas para una cultura de la convivencia». Dicho tema responde, por un lado, a la perenne aspiración del Magisterio de la Iglesia a que todos encuentren en los diferentes grupos sociales unos valores que los atraigan y los dispongan al servicio de los demás (cf. Lumen gentium, 31). Por otro, destaca la novedad de una situación que en este tercer milenio se constata como uno de los principales desafíos para toda la comunidad humana, en la que se produce de manera creciente la presencia de ciudadanos con culturas y creencias religiosas diversas dentro de un mismo núcleo social.

Al asumir el estudio de este argumento, la presente edición de las Semanas sociales se enfrenta a una cuestión delicada y con frecuencia impregnada de malentendidos o posturas emocionales, en la que tampoco faltan simplificaciones indebidas. En efecto, el término «convivencia» expresa el propósito de no quedarse en una tolerancia genérica, falta de discriminación o marginación de los valores e ideales profundos que marcan más que otras cosas la identidad de los individuos y los grupos. El respeto de la diversidad no es sometimiento ni debe cerrar el paso a la amistad, a la concordia y a la colaboración en aquello que es común a todos y, ante todo, al bien común.

3. La celebración de esta Semana Social en Toledo, además de ofrecer un espléndido marco artístico, histórico y cultural, ofrece también la oportunidad de reflexionar en una ciudad renombrada como ésta, donde diversas culturas han buscado la verdad y se alcanzaron notables logros de coexistencia pacífica y de encuentro fructífero entre diferentes formas de pensamiento y de estilo de vida.

En esta circunstancia, el Santo Padre confía a la Santísima Virgen María los trabajos de la Semana, para que esta secular Institución, con la luz que emana del Evangelio y en consonancia con la Doctrina Social de la Iglesia, contribuya a la construcción de una comunidad humana más justa, fraterna y solidaria. Con estos sentimientos, imparte a todos los que participan en ella la implorada Bendición Apostólica.

Vaticano, 28 de octubre de 2006.
Cardenal Tarcisio Bertone
Secretario de Estado de Su Santidad

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Saturday, November 04, 2006 7:03 PM

Benedicto XVI: “Las plegarias por los difuntos es una noble práctica”

4 de Noviembre (www.ssbenedictoxvi.org) - A las 11:30 horas de esta mañana, en la Patriarcal Basílica Vaticana, el Papa Benedicto XVI presidió la Celebración Eucarística en sufragio de los Cardenales y Obispos que han fallecido en curso de este año.

El Santo Padre comenzó su homilía diciendo “Señores Cardenales, Venerados Hermanos en el Episcopado, queridos hermanos y hermanas:
Estos días, en la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de todos los fieles difuntos nos han ayudado a meditar en la meta final de nuestro peregrinaje terreno. En este clima espiritual, estamos reunidos en torno al altar del Señor para celebrar la Santa Misa en sufragio de los Cardenales y Obispos que Dios ha llamado en el curso del último año”.

El Papa recordó los nombres de algunos de los Purpurados “Leo Scheffczyk, Pio Taofinu’u, Raúl Francisco Primatesta, Angel Suquía Goicoechea, Johannes Willebrands, Louis-Albert Vachon, Dino Monduzzi e Mario Francesco Pompedda”, indicando que todos los nombres de los fallecidos, tanto Arzobispos como Obispos “están escritos en los cielos. Recordar los nombres de estos nuestros hermanos en la fe, nos regresa al sacramento del Bautismo, que ha marcado para cada uno de ellos, como para cualquier otro cristiano, el ingreso en la Comunión de los Santos. Al final de la vida, la muerte nos priva de todo aquello que es terreno, pero no de la Gracia ni del “carácter” sacramental, gracias a los cuales hemos sido asociados indisolublemente en el misterio pascual de nuestro Señor y Salvador”.

S.S. Benedicto XVI indicó “Despojado de todo más revestido de Cristo, así el bautizado atraviesa el umbral de la muerte y se presenta ante Dios, justo y misericordioso. Para que la vestidura blanca recibida en el Bautismo sea purificada hoy de cualquier mancha, la Comunidad de creyentes ofrece el Sacrificio eucarístico y otras plegarias de sufragio para quienes la muerte ha llamado a pasar del tiempo a la eternidad. Se trata de una noble práctica, que las plegarias por los difuntos, que presupone la fe en la resurrección de los muertos, según cuanto la Sagrada Escritura, y de modo particular el Evangelio nos han revelado”.

Sobre la visión del oráculo de Ezequiel el Santo Padre apuntó “exalta la potencia de la palabra de Dios frente a la cual nada es imposible, marca al mismo tiempo un decisivo paso en la fe de la resurrección de los muertos. Esta fe encontrará su cumplimiento en el Nuevo Testamento ( ). La Palabra divina, encarnada en Jesús, viene a habitar en el mundo, que por muchas circunstancias es un valle desolado; solidariza plenamente con los hombres y les muestra el alegre anuncio de la vida eterna. Este anuncio de esperanza es proclamado fin en la profundidad de la ultratumba, mientras es abierta definidamente la entrada que conduce a la Tierra prometida”.

Las palabras del Señor en el evangelio de San Juan capítulo 17, muestran que el fin del “trabajo” del Hijo de Dios encarnado consiste en donar a los hombres la vida eterna. Jesús dice en qué consiste la vida eterna: “que lo conozcamos como único y verdadero Dios, y que nos ha mandado a Jesucristo”. En esta expresión se siente resonar la voz orante de la comunidad eclesial, enterados que la revelación del “nombre” de Dios, recibida del Señor, equivale al don de la vida eterna. Conocer a Jesús significa conocer al Padre, y conocer al Padre quiere decir entrar en comunión real con el Origen mismo de la Vida, de la Luz y del Amor”.

Ya para finalizar el Papa hizo patente que “esta fe es la que han vivido los venerados Cardenales y Obispos difuntos”. El Santo Padre pidió “poner en práctica las palabras del apóstol Pablo: “Para mí, vivir es Cristo”. Que esta vocación recibida en el Bautismo, reforzada con el sacramento de la Confirmación sea constantemente alimentada en la participación a la Eucaristía ( ). Encomendemos al Señor que conceda a estos nuestros queridos amigos Cardenales y Obispos difuntos la meta tan deseada. Pidamos la intercesión de María Santísima y las plegarias de tantos, que en vida les han conocido y han apreciado por sus virtudes cristianas. Hoy agradecemos y suplicamos en esta santa Eucaristía en beneficio las almas de todos aquellos difuntos, que recomendamos a la divina misericordia. Amén”

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Sunday, November 05, 2006 10:01 PM
Ángelus de Benedicto XVI: “Cristo libera del miedo a la muerte”

Intervención del PapaBenedicto XVI al rezar la oración mariana del Ángelus este domingo junto a varios miles de peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro del Vaticano.




"Queridos hermanos y hermanas:

En estos días que siguen a la conmemoración litúrgica de los fieles difuntos se celebra en muchas parroquias la octava de los difuntos; ocasión propicia para recordar con la oración a nuestros seres queridos y meditar sobre la realidad de la muerte, que la "civilización del bienestar" trata de remover con frecuencia de la conciencia de la gente, sumergida en las preocupaciones de la vida cotidiana.

Morir, en realidad, forma parte de la vida y no sólo de su final, sino también, si prestamos atención, de todo instante. A pesar de todas las distracciones, la pérdida de un ser querido nos hace descubrir el "problema", haciéndonos sentir la muerte como una presencia radicalmente hostil y contraria a nuestra natural vocación a la vida y a la felicidad.

Jesús revolucionó el sentido de la muerte. Lo hizo con su enseñanza, pero sobretodo afrontando Él mismo a la muerte. "Muriendo destruyó la muerte", dice la liturgia del tiempo pascual. "Con el Espíritu que no podía morir --escribe un padre de la Iglesia-- Cristo venció a la muerte que mataba al hombre" (Melitón de Sardes, "Sobre la Pascua", 66). El Hijo de Dios quiso de este modo compartir hasta el fondo nuestra condición humana para abrirla a la esperanza. En última instancia, nació para poder morir y de este modo liberarnos de la esclavitud de la muerte. La Carta a los Hebreos dice: "padeció la muerte para bien de todos" (2, 9).

A partir de entonces, la muerte ya no es la misma: ha quedado privada por decirlo de algún modo de su "veneno". El amor de Dios, actuando en Jesús, ha dado un nuevo sentido a toda la existencia del hombre y de este modo ha transformado también la muerte. Si en Cristo la vida humana es un paso "de este mundo al Padre" (Juan 13, 1), la hora de la muerte es el momento en el que este paso tiene lugar de manera concreta y definitiva.

Quien se compromete a vivir como Él queda liberado del miedo de la muerte, dejando de mostrar la sonrisa sarcástica de una enemiga para ofrecer el rostro amigo de una "hermana", como escribe San Francisco en el Cántico de las Criaturas. De este modo, también se puede bendecir a Dios por ella: "Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal". No hay que tener miedo de la muerte del cuerpo, nos recuerda la fe, pues es un sueño del que nos despertaremos un día.

La auténtica muerte, de la que hay que tener miedo, es la del alma, llamada por el Apocalipsis "segunda muerte" (Cf. 20,14-15; 21,8). De hecho, quien muere en pecado mortal, sin arrepentimiento, cerrado en el orgulloso rechazo del amor de Dios, se autoexcluye del reino de la vida.

Por intercesión de María Santísima y de San José pidamos al Señor la gracia de prepararnos serenamente para dejar este mundo, cuando Él quiera llamarnos, con la esperanza de poder permanecer eternamente con Él, en compañía de los santos y de nuestros queridos difuntos".

Al final del Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En italiano, dijo:

"Sigo con profunda preocupación las noticias sobre el grave deterioro de la situación en la franja de Gaza y deseo expresar mi cercanía a las poblaciones civiles que sufren las consecuencias de la violencia. Os pido que os unáis a mi oración para que Dios omnipotente y misericordioso ilumine a las autoridades israelíes y palestinas, así como a esas naciones que tienen una particular responsabilidad en la región, para que se empeñen en hacer cesar el derramamiento de sangre, en multiplicar las iniciativas de socorro humanitario, y en favorecer la reanudación inmediata de una negociación directa, seria y concreta".

En español, dijo:

"Doy mi cordial bienvenida a los participantes de lengua española en esta oración del Ángelus, en particular al grupo de la Parroquia de San Andrés y San Antonio, de Mazarrón. La reciente Conmemoración de todos los fieles Difuntos nos recuerda que Cristo es la resurrección y la vida. Por ello pensamos con cariño en los seres queridos que fallecieron, oramos por ellos y vivimos con esperanza y sin temor a nuestro futuro. Feliz domingo".

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]

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Monday, November 06, 2006 6:27 PM

Comunicado sobre la Audiencia del Papa al Presidente de Hungría

6 de Noviembre (VIS) - La Oficina de Prensa de la Santa Sede comunicó que "esta mañana, el Santo Padre ha recibido en Audiencia
al Presidente de la República de Hungría, László Sólyom, que sucesivamente se ha encontrado con el Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado.

"Durante los cordiales coloquios se ha hablado de la situación del país, con particular referencia a los valores morales y religiosos tradicionales de la sociedad húngara. También se ha mencionado la aplicación del "Acuerdo entre la República de Hungría y la Santa Sede sobre la financiación de las actividades de servicio público y de otras estrictamente religiosas", en vigor desde 1997, y de otras cuestiones concernientes a las relaciones Iglesia-Estado.

Finalmente, ha habido un intercambio de opiniones sobre los temas de la integración europea y de las raíces cristianas del Continente".

@Nessuna@
Wednesday, November 08, 2006 5:20 AM
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Vaticano divulga discurso errado de papa Bento XVI

CIDADE DO VATICANO - O Departamento de Imprensa do Vaticano divulgou nesta terça-feira, por engano, um discurso do papa Bento XVI aos bispos suíços, quando o Pontífice leu, na realidade, outro documento. O discurso entregue pela sala de imprensa do Vaticano aos jornalistas falava sobre a profunda crise vivida pelo casamento, e o processo de 'descristianização' atravessado pela Europa.


Em uma nota posterior, o Vaticano informou que o papa leu outro discurso, e que o documento entregue à imprensa pertencia a uma minuta que havia sido preparada para a visita dos bispos suíços em 2005, adiada pela doença de João Paulo II.


A sala de imprensa do Vaticano divulgará nesta quarta-feira o discurso pronunciado hoje pelo Pontífice.


Jornal do Brasil
@Nessuna@
Wednesday, November 08, 2006 7:31 PM

Benedicto XVI: “Dios debe ocupar el centro de nuestra vida”

8 de Noviembre (VIS) - Hoy se hizo pública la homilía pronunciada por el Papa Benedicto XVI durante la misa concelebrada ayer por la mañana en la Capilla "Redemptoris Mater" del Vaticano con los Obispos suizos.

El discurso del Santo Padre durante el encuentro con los prelados suizos, del que el VIS ofreció ayer una síntesis, no fue pronunciado. "Era -se lee en una comunicado de la Oficina de Prensa de la Santa Sede difundido ayer por la tarde- el contenido de un borrador preparado precedentemente en relación con la visita "ad limina" de los Obispos suizos que tuvo lugar en 2005".

Comentando las lecturas de la misa de ayer martes, S.S. Benedicto XVI dijo en la homilía improvisada en alemán que "tienen un tema en común que se podría resumir con la frase: Dios no fracasa".

Refiriéndose concretamente al Evangelio, que narra la parábola de los invitados al gran banquete y que deciden no acudir, el Santo Padre señaló que a pesar de todo, "Dios no fracasa porque halla siempre nuevos modos para llegar a los hombres y para abrir más su gran casa, para que se llene del todo. (...) Dios no fracasa ni siquiera hoy, aunque experimentemos tantos "no". (...) Sabemos que las Iglesias están cada vez más vacías, los seminarios siguen vaciándose, lo mismo que las casas religiosas; conocemos todas las formas en las que se presenta este "no, tengo otras cosas más importantes que hacer".

El Papa invitó con San Pablo a "tener los mismo sentimientos de Cristo"; "aprender a pensar como El y con El. Es un pensar no solo del intelecto, sino también del corazón. (...) Si entramos en sus sentimientos (...) se despierta en nosotros el amor por El. Sentimos qué hermoso es que El exista y que podemos conocerle, que lo conocemos en el rostro de Jesucristo, que ha sufrido por nosotros".

"Pienso que tenemos que esforzarnos -continuó-, sobre todo en la escucha de la Palabra del Señor, en la oración, en la participación íntima en los sacramentos, en aprender los sentimientos de Dios en el rostro y en los sufrimientos de los seres humanos, para contagiarnos de esta manera de su alegría, de su entrega, de su amor y para mirar con El, y partiendo de El, el mundo. Si logramos hacer esto, entonces también en medio de tantos "no" encontramos de nuevo a los hombres que le esperan y que a menudo quizá son extraños -la parábola lo dice claramente-, pero que de todas formas están llamados a entrar en su sala".

El Santo Padre concluyó poniendo de relieve que los problemas "no se resuelven si Dios no se pone en el centro, si Dios no se hace visible nuevamente en el mundo, si no llega a ser determinante en nuestra vida y si no entra, a través de nosotros, de modo determinante en el mundo. Pienso que en esto se decide hoy el destino del mundo en esta situación dramática: si Dios -el Dios de Jesucristo- existe y es reconocido como tal, o si desaparece. Nosotros nos preocupamos de que esté presente".


@Nessuna@
Wednesday, November 08, 2006 7:33 PM
Audiencia General de Benedicto XVI: “Jesucristo, centro de la vida de San Pablo”

Intervención del Papa Benedicto XVI en la Audiencia General de este miércoles en la que continuó adentrándose en la personalidad del apóstol Pablo. En esta ocasión analizó "La centralidad de Jesucristo".




Queridos hermanos:

En la catequesis precedente, hace quince días, traté de trazar las líneas esenciales de la biografía del apóstol Pablo. Hemos visto cómo el encuentro con Cristo en la carretera de Damasco revolucionó literalmente su vida. Cristo se convirtió en su razón de ser y en el motivo profundo de todo su trabajo apostólico. En sus cartas, después del nombre de Dios, que aparece más de quinientas veces, el nombre mencionado con más frecuencia es el de Cristo (380 veces). Por tanto, es importante que nos demos cuenta de cómo Jesucristo puede influir en la vida de una persona y, por tanto, también en nuestra misma vida. En realidad, Jesucristo es el ápice de la historia de la salvación y por tanto el verdadero punto discriminante en el diálogo con las demás religiones.

Al ver el ejemplo de Pablo, podremos formular así el interrogante de fondo: ¿cómo tiene lugar el encuentro de un ser humano con Cristo? ¿En qué consiste la relación que se deriva del mismo? La respuesta que ofrece Pablo puede ser comprendida en dos momentos.

En primer lugar, Pablo nos ayuda a comprender el valor fundamental e insustituible de la fe. En la Carta a los Romanos escribe: "Pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley" (3, 28). Y en la Carta a los Gálatas: "el hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo, por eso nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado" (2,16). "Ser justificados" significa ser hechos justos, es decir, ser acogidos por la justicia misericordiosa de Dios, y entrar en comunión con Él, y por tanto poder establecer una relación mucho más auténtica con todos nuestros hermanos: y esto en virtud de un perdón total de nuestros pecados. Pues bien, Pablo dice con toda claridad que esta condición de vida no depende de nuestras posibles buenas obras, sino de la pura gracia de Dios: "Somos justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús" (Romanos 3, 24).

Con estas palabras, San Pablo expresa el contenido fundamental de su conversión, la nueva dirección que tomó su vida como resultado de su encuentro con Cristo resucitado. Pablo, antes de la conversión, no era un hombre alejado de Dios ni de su Ley. Por el contrario, era un observante, con una observancia que rayaba en el fanatismo. Sin embargo, a la luz del encuentro con Cristo comprendió que con ello sólo se había buscado hacerse a sí mismo, su propia justicia, y que con toda esa justicia sólo había vivido para sí mismo. Comprendió que su vida necesitaba absolutamente una nueva orientación. Y esta nueva orientación la expresa así: "la vida, que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gálatas 2, 20).

Pablo, por tanto, ya no vive para sí mismo, para su propia justicia. Vive de Cristo y con Cristo: dándose a sí mismo; ya no se busca ni se hace a sí mismo. Esta es la nueva justicia, la nueva orientación que nos ha dado el Señor, que nos da la fe. ¡Ante la cruz de Cristo, expresión máxima se su entrega, ya no hay nadie que pueda gloriarse de sí, de su propia justicia! En otra ocasión, Pablo, haciendo eco a Jeremías, aclara su pensamiento: "El que se gloríe, gloríese en el Señor" (1 Corintios 1, 31; Jeremías 9,22s); o también: "En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!" (Gálatas 6,14).

Al reflexionar sobre lo que quiere decir no justificarse por las obras sino por la fe, hemos llegado al segundo elemento que define la identidad cristiana descrita por san Pablo en su propia vida. Identidad cristiana que se compone precisamente de dos elementos: no buscarse a sí mismo, sino revestirse de Cristo y entregarse con Cristo, y de este modo participar personalmente en la vida del mismo Cristo hasta sumergirse en Él y compartir tanto su muerte como su vida.

Pablo lo escribe en la Carta a los Romanos: "Fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte… Fuimos con él sepultados… somos una misma cosa con él… Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús" (Romanos 6, 3.4.5.11). Precisamente esta última expresión es sintomática: para Pablo, de hecho, no es suficiente decir que los cristianos son bautizados, creyentes; para él es igualmente importante decir que ellos "están en Cristo Jesús" (Cf. también Romanos 8,1.2.39; 12,5; 16,3.7.10; 1 Corintios 1, 2.3, etcétera).

En otras ocasiones invierte los términos y escribe que "Cristo está en nosotros/vosotros" (Romanos 8,10; 2 Corintios 13,5) o "en mí" (Gálatas 2,20). Esta compenetración mutua entre Cristo y el cristiano, característica de la enseñanza de Pablo, completa su reflexión sobre la fe. La fe, de hecho, si bien nos une íntimamente a Cristo, subraya la distinción entre nosotros y Él. Pero, según Pablo, la vida del cristiano tiene también un elemento que podríamos llamar "místico", pues comporta ensimismarnos en Cristo y Cristo en nosotros. En este sentido, el apóstol llega a calificar nuestros sufrimientos como los "sufrimientos de Cristo en nosotros" (2 Corintios 1, 5), de manera que "llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo" (2 Corintios 4,10).

Todo esto tenemos que aplicarlo a nuestra vida cotidiana siguiendo el ejemplo de Pablo que vivió siempre con este gran horizonte espiritual. Por una parte, la fe debe mantenernos en una actitud constante de humildad ante Dios, es más, de adoración y de alabanza en relación con Él. De hecho, lo que somos como cristianos sólo se lo debemos a Él y a su gracia. Dado que nada ni nadie puede tomar su lugar, es necesario por tanto que a nada ni a nadie rindamos el homenaje que le rendimos a Él. Ningún ídolo tiene que contaminar nuestro universo espiritual, de lo contrario en vez de gozar de la libertad alcanzada volveremos a caer en una forma de esclavitud humillante. Por otra parte, nuestra radical pertenencia a Cristo y el hecho de que "estamos en Él" tiene que infundirnos una actitud de total confianza y de inmensa alegría.

En definitiva, tenemos que exclamar con san Pablo: "Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros?" (Romanos 8, 31). Y la respuesta es que nada ni nadie "podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos 8,39). Nuestra vida cristiana, por tanto, se basa en la roca más estable y segura que puede imaginarse. De ella sacamos toda nuestra energía, como escribe precisamente el apóstol: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta" (Fi1ipenses 4,13).

Afrontemos por tanto nuestra existencia, con sus alegrías y dolores, apoyados por estos grandes sentimientos que Pablo nos ofrece. Haciendo esta experiencia, podemos comprender que es verdad lo que el mismo apóstol escribe: "yo sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día", es decir, hasta el día definitivo (2 Timoteo 1,12) de nuestro encuentro con Cristo, juez, salvador del mundo y nuestro".

[Traducción del original italiano realizada por Zenit].

Al final de la Audiencia, S.S. Benedicto XVI saludó a los peregrinos en varios idiomas.

Estas fueron sus palabras en español:

"Queridos hermanos y hermanas:

Después de haberse encontrado con Cristo en el camino de Damasco, Él fue para Pablo el centro de toda su vida y de su actividad apostólica. El Apóstol se percató de la importancia insustituible de la fe, es decir, que nadie puede alcanzar la salvación por los propios medios, sino sólo por la gracia de Dios que nos llega mediante la redención de Jesucristo. Éste es nuestro punto de apoyo vital, que no pretende reivindicar nada a Dios, sino esperar todo de Él. Otro aspecto importante de la fe es que, para el cristiano, no basta ser creyente o bautizado, sino que comporta estar "en Cristo Jesús". Se trata de una mutua compenetración con Él, que lleva a vivir en la propia carne su vida, su muerte y resurrección. Esta experiencia esencial nos invita a ser humildes ante Dios, a alabarlo por la gracia insondable que nos ha dado, a la vez que nos infunde inmensa alegría y confianza, pues, como dice el Apóstol, "todo lo puedo en aquél que me conforta" (Flp 4, 13).

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a las Siervas de María Ministras de los Enfermos, al grupo de la Fundación Casa Museu, de Mallorca, España, y a la "Scuola Italiana" de Chile, así como a los demás participantes de España, México y otros países latinoamericanos.

Muchas gracias por vuestra atención".

[© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]

@Nessuna@
Thursday, November 09, 2006 6:39 PM

Benedicto XVI recibe a catorce prelados Alemanes en visita “ad limina”

9 de Noviembre (VIS) - El Papa Benedicto XVI recibió hoy en el Vaticano en Audiencias Separadas a Catorce prelados de la Conferencia Episcopal de Alemania en visita "ad limina":

- Cardenal Karl Lehmann, Obispo de Mainz, con los Obispos Auxiliares Werner Guballa y Ulrich Neymeyr.

- Obispo Gebhard Fürst, de Rottenburg-Stuttgart, con los Obispos Auxiliares Johannes Kreidler y Thomas Maria Renz.

- Arzobispo Werner Thissen, de Hamburgo, con los Obispos Auxiliares Norbert Werbs y Hans-Jochen Jaschke.

- Obispo Norbert Trelle, de Hildesheim, con los Obispos Auxiliares Hans-Georg Koitz y Nikolaus Schwerdtfeger.

- Obispo Franz-Josef Hermann Bode, de Osnabrück, con el Obispo Auxiliar Theodor Kettmann.

@Nessuna@
Thursday, November 09, 2006 6:45 PM

Pide Benedicto XVI: “Difundir cada vez mas la Adoración Eucarística”

9 de Noviembre (VIS) - El Papa Benedicto XVI recibió esta mañana a los participantes en la Asamblea Plenaria del Pontificio Comité para los Congresos Eucarísticos Internacionales.

Tras afirmar que estaban preparando el XLIX Congreso Eucarístico Internacional, que se celebrará en junio de 2008 en Québec (Canadá), el Santo Padre dijo que este tipo de eventos "son siempre una fuente de renovación espiritual, una ocasión para dar a conocer más la Santísima Eucaristía, que es el tesoro más precioso que nos ha dejado Jesús; además, suponen un impulso para la Iglesia para difundir en todos los ámbitos de la sociedad y testimoniar siempre el amor de Cristo".

S.S. Benedicto XVI señaló que la presencia de algunos representantes de los adoradores de la Eucaristía le ofrecía la oportunidad para recordar "qué provechoso es el descubrimiento por parte de muchos cristianos de la adoración eucarística. (...) ¡Cuánta necesidad tiene la humanidad -exclamó- de volver a descubrir en el sacramento eucarístico la fuente de la propia esperanza! Doy gracias al Señor porque muchas parroquias, junto a la celebración devota de la Santa Misa, van educando a los fieles a la adoración eucarística, y espero que en vista del próximo Congreso Eucarístico Internacional, se difunda cada vez más esta práctica".

Refiriéndose a la exhortación apostólica post-sinodal sobre la Eucaristía, que "recogerá las indicaciones del último sínodo" sobre este sacramento (octubre 2005), el Papa concluyó asegurando que este documento "ayudará a la Iglesia a preparar y celebrar con participación interior el Congreso Eucarístico de junio de 2008".

@Nessuna@
Saturday, November 11, 2006 11:12 PM
Audiencias diarias de Benedcto XVI, sábado 11 de Noviembre

11 de Noviembre (www.ssbenedictoxvi.org) - La Oficina de Prensa de la Santa Sede dio a conocer las Audiencias Separadas del Papa Benedicto XVI de este sábado:

• Cardenal Walter Kasper, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos;

• Monseñor Franz Kamphaus, Obispo de Limburg (República Federal de Alemania), en Visita "ad Limina Apostolorum" con el Obispo Auxiliar: Monseñor Gerhard Pieschl, Obispo titular de Miseno;

• Señor Francisco Alfredo Salazar Alvarado, Embajador de Ecuador, en visita de despedida;

• “Fundación Sagrada Familia de Villa Nazareth” de Roma y la Asociación Laical “Comunidad Domenico Tardini”, en ocasión del 60° Aniversario de su fundación.

Está previsto que por la tarde el Santo Padre reciba en Audiencia al Cardenal Giovanni Battista Re, Prefecto de la Congregación para los Obispos.

@Nessuna@
Saturday, November 11, 2006 11:36 PM
«Sólo el perdón lleva a la paz»
RD Sábado, 11 de noviembre 2006

En un mensaje con motivo del 90º aniversario de la batalla de Verdún (Francia) en la que se enfrentaron franceses y alemanes durante la Primera Guerra Mundial, el Papa Benedicto XVI hizo un llamado a los líderes de Europa y del mundo a llevar adelante una “responsable” acción política destinada a la reconciliación pues solo ella y el perdón recíproco “pueden abrir el camino a una paz verdadera”.

“Solo la reconciliación y el perdón recíproco pueden abrir el camino a una paz verdadera. Proveniente del espíritu cristiano, también pertenecen a los criterios de la acción política. Tal es hoy la responsabilidad de los líderes, de los pueblos de Europa y de todas las naciones”, dijo el Santo Padre en un mensaje enviado a Mons. Francois Maupu, Obispo de Verdún, en ocasión del aniversario del enfrentamiento bélico que costó la vida de 200 mil personas y concluyó con la victoria francesa el 19 de diciembre de 1916.

“En una nota del 1 de agosto del 1917, enviada a los jefes de los pueblos beligerantes, mi predecesor el Papa Benedicto XV propuso una paz duradera, y al mismo tiempo lanzó un fuerte llamado a cesar lo que llamó una ‘inútil masacre”, recordó el Papa.

“Verdún, momento sombrío de la historia del Continente, debe crear en la memoria de los pueblos, como un acontecimiento que no se debe olvidar jamás ni ver nunca más, invitando a los franceses y alemanes, y aún más a todos los europeos, a mirar el futuro fundando sus relaciones en la fraternidad, la solidaridad y la amistad entre los pueblos", subrayó el Pontífice.

Benedicto XVI auspició que “las jóvenes generaciones puedan aprender del pasado las lecciones de la historia y, apoyándose en las raíces y los valores cristianos que contribuyeron ampliamente a formar la Europa de las naciones y la Europa de los pueblos, se esfuercen por crear lazos de fraternidad y de caridad entre ellos, por el bien de todos y el desarrollo de los países, especialmente de los más pobres y más pequeños”.

“Verdún –concluye el Papa– es también uno de los símbolos de la reconciliación entre dos grandes naciones europeas antes enemigas, que apela a todos los países en guerra a emprender los pasos con lo que se logre el gozo de las personas, porque solo la reconciliación permite construir el futuro y conceder la esperanza”.
@Nessuna@
Sunday, November 12, 2006 6:56 PM
Benedicto XVI: Cada uno puede y debe actuar para derrotar el hambre en el mundo

Intervención en el Ángelus de este domingo

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 12 noviembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI antes de rezar la oración mariana del Ángelus, este domingo, junto a varios miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.




* * *



¡Queridos hermanos y hermanas!

Hoy se celebra en Italia la Jornada anual del Agradecimiento, que tiene por tema: «La tierra: un don para toda la familia humana». En nuestras familias se enseña a los pequeños a dar siempre gracias al Señor, antes de tomar los alimentos, con una breve oración y la señal de la cruz. Hay que conservar o redescubrir esta costumbre, porque educa a no dar por descontado el «pan de cada día», sino a reconocer en él un don de la Providencia.

Deberíamos acostumbrarnos a bendecir al Creador por cada cosa: por el aire y por el agua, elementos preciosos que son el fundamento de la vida en nuestro planeta; así como por los alimentos que, a través de la fecundidad de la tierra, Dios nos ofrece para nuestro sustento. A sus discípulos Jesús enseñó a orar pidiendo al Padre celestial no «mi», sino «nuestro» pan de cada día. Quiso así que cada hombre se sienta corresponsable de sus hermanos, a fin de que a ninguno le falte lo necesario para vivir. Los productos de la tierra son un don destinado por Dios «para toda la familia humana».

Y aquí tocamos un punto muy doloroso: el drama del hambre que, a pesar de que hasta recientemente se ha afrontado en las más altas sedes institucionales, como las Naciones Unidas y en particular la FAO, sigue siendo siempre muy grave. El último Informe anual de la FAO ha confirmado cuanto la Iglesia sabe muy bien por la experiencia directa de las comunidades y de los misioneros: que más de 800 millones de personas viven en situación de desnutrición y que demasiadas personas, especialmente niños, mueren de hambre. ¿Cómo hacer frente a esta situación que, aún repetidamente denunciada, no apunta a su resolución, al contrario, por varias direcciones se va agravando? Ciertamente es necesario eliminar las causas estructurales ligadas al sistema de gobierno de la economía mundial, que destina la mayor parte de los recursos del planeta a una minoría de la población. Tal injusticia fue criticada en diversas ocasiones por mis venerados predecesores, los siervos de Dios Pablo VI y Juan Pablo II. Para influir a gran escala es necesario «convertir» el modelo de desarrollo global; lo requieren ya no sólo el escándalo del hambre, sino también las emergencias ambientales y energéticas. Con todo, cada persona y cada familia puede y debe hacer algo para aliviar el hambre del mundo adoptando un estilo de vida y de consumo compatible con la salvaguarda de la creación y con criterios de justicia hacia quien cultiva la tierra en cada país.

Queridos hermanos y hermanas: hoy la Jornada del Agradecimiento nos invita, por un lado, a dar gracias a Dios por los frutos del trabajo agrícola; por otro, nos alienta a comprometernos concretamente para derrotar el azote del hambre. Que nos ayude la Virgen María a ser agradecidos por los beneficios de la Providencia y a promover en toda parte del globo la justicia y la solidaridad.

[Al final del Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, aquí presentes para la oración mariana del Ángelus. Queridos hermanos, contemplando el ejemplo de la viuda pobre del Evangelio de hoy, hagamos de nuestra vida una ofrenda agradable a Dios, para que entregándonos a Él sin reservas, como la Virgen María, nos colme de la riqueza de su amor y su gracia. ¡Feliz Domingo!
@Nessuna@
Monday, November 13, 2006 7:50 PM
Pide Benedicto XVI: “Respetar los compromisos para la desnuclearización de Corea”

13 de Noviembre (VIS) - El Papa Benedicto XVI recibió hoy las cartas credenciales del nuevo Embajador de Japón ante la Santa Sede, Kagefumi Ueno, nacido en Tokio, en 1948 y diplomático de carrera.

Después de pedir al diplomático que hiciera llegar sus mejores auspicios para el Emperador Akihito el Santo Padre le aseguró que "las ricas tradiciones culturales y espirituales del país han contribuido a la expansión de los valores humanos fundamentales".

La dimensión espiritual de la sociedad, que promueve "un auténtico diálogo entre las religiones y las culturas -dijo-, favorece un camino común fraterno y solidario, que sólo permite el desarrollo integral del ser humano".

"La búsqueda de la paz entre las naciones -continuó- debe ser hoy más que nunca una prioridad en las relaciones internacionales. (...) La violencia nunca podrá ser una respuesta justa a los problemas de las sociedades, porque destruye la dignidad, la vida y la libertad del ser humano, aquella que pretende defender. Para construir la paz son importantes las vías de orden cultural, político y económico".

S.S. Benedicto XVI invitó al país nipón a "perseguir con decisión sus esfuerzos por contribuir al establecimiento de una paz justa y duradera en el mundo, particularmente en el Extremo Oriente. Frente a la crisis actual en esta región, la Santa Sede alienta a las negociaciones bilaterales y multilaterales, convencida de que la solución se debe buscar por medios pacíficos y respetando los compromisos tomados por todas las partes presentes para lograr la desnuclearización de la península coreana".

El Santo Padre manifestó después el deseo de que "la comunidad internacional prosiga e intensifique la ayuda humanitaria a las poblaciones más vulnerables, particularmente a Corea del Norte, para que una interrupción eventual no acarree a la población civil graves consecuencias", y subrayó la "contribución generosa" de Japón a "la asistencia a los países más pobres".

"Es necesario -subrayó el Pontífice- que los lazos de interdependencia entre los pueblos, que se desarrollan cada vez más, vayan acompañados por un compromiso decidido para que las consecuencias nefastas de las fuertes disparidades (...) entre los países desarrollados y los países en desarrollo no se agraven, sino que se transformen en una solidaridad auténtica que estimule el crecimiento económico y social de los países más pobres".

Por último, Benedicto XVI expresó su alegría por "el respeto del que goza la Iglesia Católica en Japón", y saludó a sus Obispos y a todos los fieles, "animándolos a vivir siempre más firmemente en la comunión de la fe, a proseguir su compromiso a favor de la paz y la reconciliación entre los pueblos de la región, colaborando generosamente con sus compatriotas".


@Nessuna@
Wednesday, November 15, 2006 7:38 PM
Audiencia General de Benedicto XVI en la que presenta la enseñanza de San Pablo sobre el Espíritu Santo

Intervención del Papa Benedicto XVI en la Audiencia General de este miércoles dedicada a seguir profundizando en la persona del apóstol San Pablo, en especial, en su enseñanza sobre el Espíritu Santo. El tema escogido fue: "El Espíritu de nuestros corazones".



"Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, al igual que en las dos catequesis precedentes, volvemos a hablar de San Pablo y de su pensamiento. Nos encontramos ante un gigante no sólo a nivel del apostolado concreto, sino también a nivel de la doctrina teológica, extraordinariamente profunda y estimulante. Después de haber meditado en la última ocasión en lo que escribió Pablo sobre el puesto central que ocupa Jesucristo en nuestra vida de fe, veamos hoy lo que nos dice sobre el Espíritu Santo y sobre su presencia en nosotros, pues también en esto el apóstol tiene algo muy importante que enseñarnos.

Sabemos lo que nos dice San Lucas sobre el Espíritu Santo en los Hechos de los Apóstoles, al describir el acontecimiento de Pentecostés. El Espíritu pentecostal imprime un empuje vigoroso para asumir el compromiso de la misión para testimoniar el Evangelio por los caminos del mundo. De hecho, el libro de los Hechos de los Apóstoles narra toda una serie de misiones realizadas por los apóstoles, primero en Samaria, después en la franja de la costa de Palestina, como ya recordé en un precedente encuentro del miércoles. Ahora bien, San Pablo, en sus cartas, nos habla del Espíritu también desde otro punto de vista. No se limita a ilustrar sólo la dimensión dinámica y operativa de la tercera Persona de la Santísima Trinidad, sino que analiza también su presencia en la vida del cristiano, cuya identidad queda marcada por él. Es decir, Pablo reflexiona sobre el Espíritu mostrando su influjo no solamente sobre el actuar del cristiano sino sobre su mismo ser. De hecho, dice que el Espíritu de Dios habita en nosotros (Cf. Romanos 8, 9; 1 Corintios 3,16) y que "Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo" (Gálatas 4, 6). Para Pablo, por tanto, el Espíritu nos penetra hasta en nuestras profundidades personales más íntimas. En este sentido, estas palabras tienen un significado relevante: "La ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte… Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!" (Romanos 8, 2.15), dado que somos hijos, podemos llamar "Padre" a Dios. Podemos ver, por tanto, que el cristiano, incluso antes de actuar, posee ya una interioridad rica y fecunda, que le ha sido entregada en los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, una interioridad que le introduce en una relación objetiva y original de filiación en relación con Dios. En esto consiste nuestra gran dignidad: no somos sólo imagen, sino hijos de Dios. Y esto constituye una invitación a vivir nuestra filiación, a ser cada vez más conscientes de que somos hijos adoptivos en la gran familia de Dios. Es una invitación a transformar este don objetivo en una realidad subjetiva, determinante para nuestra manera de pensar, para nuestro actuar, para nuestro ser. Dios nos considera hijos suyos, pues nos ha elevado a una dignidad semejante, aunque no igual, a la del mismo Jesús, el único que es plenamente verdadero Hijo. En Él se nos da o se nos restituye la condición filial y la libertad confiada en nuestra relación con el Padre.

De este modo descubrimos que para el cristino el Espíritu ya no es sólo el "Espíritu de Dios", como se dice normalmente en el Antiguo Testamento y como repite el lenguaje cristiano (Cf Génesis 41, 38; Éxodo 31, 3; 1 Corintios 2,11.12; Filipenses 3,3; etc.). Y no es tan sólo un "Espíritu Santo", entendido genéricamente, según la manera de expresarse del Antiguo Testamento (Cf. Isaías 63, 10.11; Salmo 51, 13), y del mismo judaísmo en sus escritos (Qumrán, rabinismo). Es propia de la fe cristiana la confesión de una participación de este Espíritu en el Señor resucitado, quien se ha convertido Él mismo en "Espíritu que da vida" (1 Corintios 15, 45). Precisamente por este motivo San Pablo habla directamente del "Espíritu de Cristo" (Romanos 8, 9), del "Espíritu del Hijo" (Gálatas 4, 6) o del "Espíritu de Jesucristo" (Filipenses 1, 19). Parece como si quisiera decir que no sólo Dios Padre es visible en el Hijo (Cf. Juan 14, 9), sino que también el Espíritu de Dios se expresa en la vida y en la acción del Señor crucificado y resucitado.

Pablo nos enseña también otra cosa importante: dice que no puede haber auténtica oración sin la presencia del Espíritu en nosotros. De hecho, escribe: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios" (Romanos 8, 26-27). Es como decir que el Espíritu Santo, es decir, el Espíritu del Padre y del Hijo, se convierte como en el alma de nuestra alma, la parte más secreta de nuestro ser, de la que se eleva incesantemente hacia Dios un movimiento de oración, del que no podemos ni siquiera precisar los términos. El Espíritu, de hecho, siempre despierto en nosotros, suple nuestras carencias y ofrece al Padre nuestra adoración, junto con nuestras aspiraciones más profundas. Obviamente esto exige un nivel de gran comunión vital con el Espíritu. Es una invitación a ser cada vez más sensibles, más atentos a esta presencia del Espíritu en nosotros, a transformarla en oración, a experimentar esta presencia y a aprender de este modo a rezar, a hablar con el Padre como hijos en el Espíritu Santo.

Hay, además, otro aspecto típico del Espíritu que nos ha enseñado San Pablo: su relación con el amor. El apóstol escribe así: "La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Romanos 5, 5). En mi carta Encíclica "Deus caritas est" citaba una frase sumamente elocuente de San Agustín: "Ves la Trinidad si ves el amor" (número 19), y luego explicaba: "el Espíritu es esa potencia interior que armoniza su corazón [de los creyentes] con el corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos como Él los ha amado" (ibídem). El Espíritu nos pone en el ritmo mismo de la vida divina, que es vida de amor, haciéndonos participar personalmente en las relaciones que se dan entre el Padre y el Hijo. Es sumamente significativo que Pablo, cuando enumera los diferentes elementos de los frutos del Espíritu, menciona en primer lugar el amor: "El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, etc." (Gálatas 5, 22). Y, dado que por definición el amor une, el Espíritu es ante todo creador de comunión dentro de la comunidad cristiana, como decimos al inicio de la misa con una expresión de San Pablo: "… la comunión del Espíritu Santo [es decir, la que por Él actúa] sea con todos vosotros" (2 Corintios 13,13). Ahora bien, por otra parte, también es verdad que el Espíritu nos estimula a entablar relaciones de caridad con todos los hombres. De este modo, cuando amamos dejamos espacio al Espíritu, le permitimos expresarse en plenitud. Se comprende de este modo el motivo por el que Pablo une en la misma página de la carta a los Romanos estas dos exhortaciones: "Sed fervorosos en el Espíritu" y "No devolváis a nadie mal por mal" (Romanos 12, 11.17).

Por último, el Espíritu, según San Pablo, es un anticipo generoso que el mismo Dios nos ha dado como adelanto y al mismo tiempo garantía de nuestra herencia futura (Cf. 2 Corintios 1,22; 5,5; Efesios 1,13-14). Aprendamos, de este modo, de Pablo que la acción del Espíritu orienta nuestra vida hacia los grandes valores del amor, de la alegría, de la comunión y de la esperanza. A nosotros nos corresponde hacer cada día esta experiencia, secundando las sugerencias interiores del Espíritu, ayudados en el discernimiento por la guía iluminante del apóstol".

[Traducción del original italiano realizada por Zenit].

Al final de la Audiencia S.S. Benedicto XVI saludó a los peregrinos en varios idiomas.

Estas fueron sus palabras en español:

"Queridos hermanos y hermanas:

La enseñanza de San Pablo sobre el Espíritu Santo considera no sólo su dimensión dinámica y operativa que impulsa a la acción, sino también su presencia y su influjo sobre el "ser" mismo del cristiano, que caracteriza su identidad más profunda. En efecto, el cristiano ha recibido el espíritu de hijo adoptivo que lo pone en relación objetiva y original con Dios. Por otra parte, el Apóstol explica también que no existe verdadera oración sin la presencia del Espíritu en nosotros, que suple nuestra debilidad para pedir como conviene.

Pablo menciona el amor como primer fruto del Espíritu Santo, ya que él nos introduce en la misma vida divina, que es amor. Al mismo tiempo, puesto que el amor une, el Espíritu Santo es creador de comunión en la comunidad cristiana y en la relación con todos los hombres. Para Pablo, el Espíritu Santo es un don de Dios como garantía de la herencia futura. Su acción orienta nuestra vida hacia los grandes valores del amor, de la alegría, de la comunión y de la esperanza.

Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española. En especial a los fieles de diversas parroquias de México y a la delegación de la Academia Militar de la Armada Ecuatoriana, así como a los demás peregrinos de España y Latinoamérica. Os animo a ser dóciles a la acción del Espíritu Santo, que infunde el amor en los corazones para que podáis identificaros cada vez más con Cristo nuestro Señor".

¡Muchas gracias por vuestra visita!"

[© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]

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Saturday, November 18, 2006 7:10 PM


Audiencias diarias de S.S. Benedicto XVI, sábado 18 de Noviembre

18 de Noviembre (www.ssbenedictoxvi.org) - Informó la Oficina de Prensa de la Santa Sede que este sábado por la mañana, el Papa Benedicto XVI recibió en el Vaticano en Audiencias Separadas a:

• Señor Horst Köhler, Presidente de la República Federal de Alemania, con su esposa y séquito;

• Siete Prelados de la Conferencia Episcopal de la República Federal de Alemania en Visita "ad Limina Apostolorum":

- Monseñor Reinhard Lettmann, Obispo de Münster con los Auxiliares:

- Monseñor Heinrich Timmerevers, Obispo Titular de Tulana,

- Monseñor Friedrich Ostermann, Obispo Titular de Dolia,

- Monseñor Heinrich Janssen, Obispo Titular de Acque Sirensi,

- Monseñor Josef Voss, Obispo Titular de Tisiduo,

- Monseñor Franz-Peter Tebartz-van Elst, Obispo Titular de Giro de Tarasio;

- Monseñor Johann Limbacher, Administrador Diocesano de Eichstätt;

• Segundo Grupo de Prelados de la Conferencia Episcopal de la República Federal de Alemania en Visita "ad Limina Apostolorum".

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Sunday, November 19, 2006 5:48 PM
Ángelus de Benedicto XVI en el que recuerda a los religiosos y religiosas de clausura

"Queridos hermanos y hermanas:

Pasado mañana, 21 de noviembre, con motivo de la memoria litúrgica de la Presentación de María Santísima en el Templo, celebraremos la Jornada "pro Orantibus", dedicada al recuerdo de las comunidades religiosas de clausura. Es una ocasión particularmente oportuna para dar gracias al Señor por el don de tantas personas que, en los monasterios y en las ermitas, se dedican totalmente a Dios en la oración, en el silencio y en el escondimiento. Algunos se preguntan qué sentido y qué valor puede tener su presencia en nuestro tiempo, en el que hay que afrontar muchas y urgentes situaciones de pobreza y de necesidad. ¿Por qué "encerrarse" para siempre entre los muros de un monasterio y privar a los demás de la contribución de las propias capacidades y experiencias? ¿Qué eficacia puede tener su oración para solucionar los numerosos problemas concretos que siguen afligiendo a la humanidad?

De hecho, también hoy siguen suscitando con frecuencia sorpresa entre amigos y conocidos las numerosas personas que abandonan carreras profesionales, con frecuencia prometedoras, par abrazar la austera regla de un monasterio de clausura. ¿Qué les lleva a dar un paso tan comprometedor si no es el haber comprendido, como enseña el Evangelio, que el Reino de los cielos es "un tesoro" por el que vale verdaderamente la pena abandonarlo todo? (Cf. Mateo 13, 44).

Estos hermanos y hermanas testimonian silenciosamente que en medio de las vicisitudes diarias, en ocasiones sumamente convulsas, Dios es el único apoyo que nunca se tambalea, roca inquebrantable de fidelidad y de amor. "Todo se pasa, Dios no se muda" [el Papa leyó la cita en español, ndt.], escribía la gran maestra espiritual, Santa Teresa de Ávila en su famoso texto. Y, ante la difundida exigencia que muchos experimentan de salir de la rutina cotidiana de las grandes aglomeraciones urbanas en búsqueda de espacios propicios para el silencio y la meditación, los monasterios de vida contemplativa se presentan como "oasis" en los que el hombre, peregrino en la tierra, puede recurrir a los manantiales del Espíritu y saciar la sed en medio del camino.

Estos lugares, aparentemente inútiles, son por el contrario indispensables, como los "pulmones" verdes de una ciudad: son beneficiosos para todos, incluso para los que no los visitan o quizá no saben que existen.

Queridos hermanos y hermanas: demos gracias al Señor, que en su providencia, ha querido que haya comunidades de clausura, masculinas y femeninas. Que no les falte nuestro apoyo espiritual y también material para que puedan cumplir su misión de mantener viva en la Iglesia la ardiente espera del regreso de Cristo. Invocamos, por este motivo, la intercesión de María que, en la memoria de su Presentación en el Templo, contemplaremos como madre y modelo de la Iglesia, que reúne en sí ambas vocaciones: a la virginidad y al matrimonio, a la vida contemplativa y a la activa".

[Traducción del original italiano realizada por Zenit].

Al final de la Audiencia, S.S. Benedicto XVI dirigió un saludo en varios idiomas a los peregrinos.

En español dijo:

"Saludo a los fieles de lengua española, particularmente a los grupos parroquiales de Madrid, Burgos, Gijón, León, Zamora y Santiago de Compostela, así como a los miembros de las comunidades de México, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Cuba, Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Chile. Pasado mañana celebraremos la Jornada "pro Orantibus". Pidamos al Señor, por la intercesión maternal de la Virgen María, que conceda numerosas y santas vocaciones de consagrados a la vida contemplativa. Feliz domingo".

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Thursday, November 23, 2006 12:58 AM
Benedicto XVI presenta la visión de san Pablo sobre «La vida en la Iglesia»

Intervención en la audiencia general del miércoles

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 22 noviembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles dedicada presentar la visión de san Pablo apóstol sobre «La vida en la Iglesia».




* * *



Queridos hermanos y hermanas:
Concluimos hoy nuestros encuentros con el apóstol Pablo, dedicándole una última reflexión. No podemos despedirnos de él sin tomar en cuenta uno de los elementos decisivos de su actividad y uno de los temas más importantes de su pensamiento: la realidad de la Iglesia. Tenemos que constatar, ante todo, que su primer contacto con la persona de Jesús tuvo lugar a través del testimonio de la comunidad cristiana de Jerusalén. Fue un contacto borrascoso. Al conocer al nuevo grupo de creyentes, se convirtió inmediatamente en su fiero perseguidor. Lo reconoce él mismo en tres ocasiones en otras tantas cartas: «he perseguido a la Iglesia de Dios», escribe (1 Corintios 15,9; Gálatas 1,13; Filipenses 3,6), presentando este comportamiento como el peor crimen.

¡La historia nos demuestra que se llega normalmente a Jesús pasando a través de la Iglesia! En cierto sentido, es lo que también le sucedió --como decíamos-- a Pablo, quien encontró a la Iglesia antes de encontrar a Jesús. Ahora bien, en su caso, este contacto fue contraproducente: no provocó la adhesión, sino más bien una repulsión violenta.

Para Pablo, la adhesión a la Iglesia fue propiciada por una intervención directa de Cristo, quien al revelarse en el camino de Damasco, se identificó con la Iglesia y le dio a entender que perseguir a la Iglesia era perseguirle a Él, el Señor. De hecho, el Resucitado le dijo a
Pablo, el perseguidor de la Iglesia: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hechos 9, 4). Persiguiendo a la Iglesia, perseguía a Cristo. Entonces, Pablo se convirtió, al mismo tiempo, a Cristo y a la Iglesia. Así se comprende cómo la Iglesia estuvo tan presente en los pensamientos, en el corazón y en la actividad de Pablo.

En primer lugar estuvo presente cuando fundó literalmente muchas Iglesias en varias ciudades a las que llegó como evangelizador. Cuando habla de «la preocupación por todas las Iglesias» (2 Corintios 11, 28), piensa en las diferentes comunidades cristianas suscitadas en Galacia, Jonia, Macedonia, y en Acaya. Algunas de esas Iglesias también le dieron preocupaciones y disgustos, como sucedió por ejemplo con las Iglesias de Galacia, que se pasó «a otro evangelio» (Gálatas 1,6), a lo que se opuso con firme determinación. No se sentía unido a las comunidades que fundó de manera fría o burocrática, sino intensa y apasionadamente. Por ejemplo, define a los filipenses «hermanos míos queridos y añorados, mi gozo y mi corona» (4,1). Otras veces compara las diferentes comunidades con una carta de recomendación única: «Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres» (2 Corintios 3, 2). Otras veces les de muestra no sólo un verdadero sentimiento de paternidad sino también de maternidad, como cuando se dirige a sus destinatarios llamándoles «hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Gálatas 4,19; Cf. anche l Corintios 4,14-15; 1 Tesalonicenses 2,7-8).

En sus cartas, Pablo nos ilustra también su doctrina sobre la Iglesia en cuanto tal. Es muy conocida su original definición de la Iglesia como «cuerpo de Cristo», que no encontramos en otros autores cristianos del siglo I (Cf. 1 Corintios 12,27; Efesios 4,12; 5,30; Colosenses 1,24). La raíz más profunda de esta sorprendente definición de la Iglesia la encontramos en el Sacramento del cuerpo de Cristo. Dice san Pablo: « Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan» (1 Corintios 10, 17). En la misma Eucaristía Cristo nos da su Cuerpo y nos hace su Cuerpo. En este sentido, san Pablo dice a los Gálatas: «todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3, 28).

Con todo esto, Pablo nos da a entender que no sólo se da una pertenencia de la Iglesia a Cristo, sino también una cierta forma de equiparación e identificación de la Iglesia con el mismo Cristo. De esto, por tanto, se deriva la grandeza y la nobleza de la Iglesia, es decir, de todos nosotros que formamos parte de ella: del hecho de ser miembros de Cristo, una especie de extensión de su presencia personal en el mundo.

Y de aquí se deriva, naturalmente, nuestro deber de vivir realmente en conformidad con Cristo. De aquí se derivan también las exhortaciones de Pablo a propósito de los diferentes carismas que alientan y estructuran la comunidad cristiana. Todos se remontan a un manantial único, que es el Espíritu del Padre y del Hijo, sabiendo que en la Iglesia no hay nadie que carezca de ellos, pues, como escribe el apóstol, «a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común» (1 Corintios 12, 7). Ahora bien, lo importante es que todos los carismas cooperen juntos en la edificación de la comunidad y no se conviertan, por el contrario, en motivo de laceración. En este sentido, Pablo se pregunta retóricamente: «¿Esta dividido Cristo?» (1 Corintios 1, 13). Sabe bien y nos enseña que es necesario «conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados» (Efesios 4, 3-4).

Obviamente, subrayar la exigencia de la unidad no significa decir que hay que uniformar o achatar la vida eclesial según una manera única de actuar. En otro pasaje, Pablo invita a «no extinguir el Espíritu» (1 Tesalonicenses 5,19), es decir, a dejar generosamente espacio al dinamismo imprevisible de las manifestaciones carismáticas del Espíritu, que es una fuente de energía y de vitalidad siempre nueva. Pero si hay un criterio particularmente importante para Pablo éste es la mutua edificación: «que todo sea para edificación» (1 Corintios 14, 26). Todo debe ayudar a construir ordenadamente el tejido eclesial, no sólo sin estancamientos, sino también sin fugas ni desgarramientos. Una carta de Pablo que llega a presentar a la Iglesia como esposa de Cristo (Cf. Efesios 5, 21-33). Retoma así una antigua metáfora profética, que hacía del pueblo de Israel la esposa del Dios de la alianza (Cf. Oseas 2,4.21; Isaías 54,5-8): expresa así hasta qué punto son íntimas las relaciones entre Cristo y su Iglesia, ya sea porque es objeto del más tierno amor por parte de su Señor, ya sea porque el amor tiene que ser mutuo y que nosotros, en cuanto miembros de la Iglesia, tenemos que demostrarle una fidelidad apasionada.

En conclusión, por tanto, está en juego una relación de comunión: la relación por llamarla de algún modo «vertical» entre Jesucristo y todos nosotros, pero también la «horizontal» entre todos los que se distinguen en el mundo por el hecho de de «invocar el nombre de Jesucristo, Señor nuestro» (1 Corintios 1, 2). Esta es nuestra definición: formamos parte de los que invocan el nombre del Señor Jesucristo. Se entiende así hasta qué punto hay que desear la realización de lo que el mismo Pablo anhela al escribir a los Corintios: «Por el contrario, si todos profetizan y entra un infiel o un no iniciado, será convencido por todos, juzgado por todos. Los secretos de su corazón quedarán al descubierto y, postrado rostro en tierra, adorará a Dios confesando que Dios está verdaderamente entre vosotros» (1 Corintios 14, 24-25). Así deberían ser nuestros encuentros litúrgicos. Un no cristiano que entra en una asamblea nuestra al final debería poder decir: «Verdaderamente Dios está con vosotros». Pidamos al Señor que vivamos así, en comunión con Cristo y en comunión entre nosotros.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:
Pablo conoció inicialmente a Cristo por el testimonio de la comunidad creyente, como sucede también hoy normalmente. Su encuentro personal con Él en el camino de Damasco le transformó después de persecutor en miembro ferviente y defensor de la Iglesia.

Para el Apóstol, la Iglesia no sólo pertenece a Cristo, sino que en cierto modo se identifica con Él. En efecto, los miembros de la Iglesia son también como los miembros de Cristo mismo, que extienden su presencia personal en el mundo y reciben los diversos carismas, que han de contribuir a la edificación de una comunidad eclesial y a formar un sólo Cuerpo, un sólo Espíritu, según la vocación a la que han sido llamados (cf. Ef 4, 3-4). Pablo utiliza también la metáfora de la Iglesia como esposa de Cristo, indicando así la íntima relación de comunión y amor entre ambos. De este modo, la experiencia y la doctrina de Pablo es una constante invitación a toda la Iglesia para que sea el ámbito donde se viva intensamente la relación con Cristo y el cauce propicio para que todos lleguen a Él.

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a las Religiosas de la Compañía de Santa Teresa, a las Siervas del Hogar de la Madre, a los Antiguos Alumnos del Colegio Mayor San Pablo y a los demás grupos venidos de España, México y otros Países de Latinoamérica. Invito a todos a amar a la Iglesia y a vivir gozo en su seno la plena comunión.

Muchas gracias por vuestra presencia.
[© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]



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Sunday, November 26, 2006 7:08 PM
Ángelus de S.S. Benedicto XVI: “El reino del amor de Jesús”

Palabras que pronunció este domingo el Papa Benedicto XVI al rezar la oración mariana del Ángelus junto a varios miles de peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro.





"Queridos hemanos y hermanas:

En este último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Cristo Rey del Universo. El Evangelio de hoy nos presenta un pasaje del dramático interrogatorio al que sometió Poncio Pilato sometió a Jesús, cuando se lo entregaron con la acusación de haber usurpado el título de "rey de los judíos". A las preguntas del gobernador romano, Jesús respondió afirmando que era rey, pero no de este mundo (Cf. Juan 18, 36). No vino a dominar los pueblos y territorios, sino a liberar a los hombres de la esclavitud del pecado y reconciliarles con Dios. Y añadió: "Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz" (Juan 18, 37).

Pero, ¿cuál es la "verdad" que Cristo vino a testimoniar al mundo? Toda su existencia revela que Dios es amor: esta es, por tanto, la verdad de la que dio pleno testimonio con el sacrificio de su misma vida en el Calvario. La Cruz es el «trono» desde el que manifestó la sublime realeza de Dios Amor: entregándose en expiación por el pecado del mundo, derrotó al dominio del "príncipe de este mundo" (Juan 12, 31) e instauró definitivamente el Reino de Dios. Reino que se manifiesta en plenitud al final de los tiempos, después de que todos los enemigos, y por último la muerte, hayan sido sometidos (Cf. 1 Corintios 15, 25-26). Entonces, el Hijo entregará el Reino al Padre y finalmente Dios será "todo en todos"(1 Corintios 15, 28). El camino para llegar a esta meta es largo y no es posible tomar atajos: es necesario que toda persona acoja libremente la verdad del amor de Dios. Él es Amor y Verdad, y tanto el amor como la verdad no se imponen nunca: tocan a la puerta del corazón y de la mente y, allí donde pueden entrar, ofrecen paz y alegría. Esta es la manera de reinar de Dios; este es su proyecto de salvación, un "misterio", en el sentido bíblico del término, es decir, un designio que se revela poco a poco en la historia.

La Virgen María está asociada de una manera sumamente particular a la realeza de Cristo. Dios le pidió a ella, humilde muchacha de Nazaret, que se convirtiera en la Madre del Mesías, y María correspondió a esta llamada con todo su ser, uniendo su "sí" incondicional al del Hijo Jesús, haciéndose con Él obediente hasta el sacrificio. Por este motivo, Dios la exaltó por encima de toda criatura y Cristo la coronó Reina del Cielo y de la tierra. Confiamos la Iglesia y toda la humanidad a su intercesión para que el amor de Dios pueda reinar en todos los corazones y se cumpla su designio de justicia y de paz.

Al final del Ángelus S.S. Benedicto XVI saludó a los peregrinos en varios idiomas.

En italiano, comenzó diciendo:

"Queridos hermanos y hermanas: como sabéis, en los próximos días visitaré Turquía. Desde ahora deseo enviar un cordial saludo al querido pueblo turco, de gran riqueza histórica y cultural. Expreso sentimientos de estima y sincera amistad a este pueblo y a sus representantes. Con gran emoción, quiero encontrarme con la comunidad católica, que siempre está presente en mi corazón, y unirme fraternalmente a la Iglesia ortodoxa, con motivo de la fiesta del apóstol San Andrés.

Con confianza, quiero seguir las huellas de mis venerados predecesores, Pablo VI y Juan XXIII, e invoco la protección celestial del beato Juan XXIII, que durante diez años fue Delegado Apostólico en Turquía y experimentó un gran cariño y estima por esa nación. A todos vosotros os pido que me acompañéis con la oración para que esta peregrinación pueda traer todos los frutos que Dios desea.

El próximo 1 de diciembre tiene lugar la Jornada Mundial contra el Sida. Deseo profundamente que sirva para favorecer una responsabilidad mayor en la curación de la enfermedad, así como en el compromiso por evitar toda discriminación hacia todos los que han quedado afectados. Mientras invoco sobre los enfermos y sus familias el consuelo del Señor, aliento las múltiples iniciativas que la Iglesia apoya en este campo".

En español, dijo:

"Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. Queridos hermanos, al contemplar hoy a Jesucristo, Rey del Universo, pidamos a la Virgen María que nuestra vida, iluminada con la verdad de Cristo, sea testimonio de santidad y de gracia, haciendo realidad su reino de justicia, de amor y de paz. ¡Feliz Domingo!"

[Traducción del original italiano realizada por Zenit].

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Thursday, November 30, 2006 5:14 AM
Homilía de Benedicto XVI en la Casa de María en Éfeso

Al celebrar la misa junto a católicos turcos

ÉFESO, miércoles, 29 noviembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI este miércoles al celebrar la eucaristía ante el santuario de Meryem Ana Evì (la casa de la Madre María) en Éfeso.




* * *



Queridos hermanos y hermanas:
En esta celebración eucarística queremos alabar al Señor por la divina maternidad de María, misterio que aquí, en Éfeso, en el Concilio ecuménico del año 431, fue solemnemente confesado y proclamado. A este lugar, uno de los más queridos para la comunidad cristiana, vinieron en peregrinación mis venerados predecesores los siervos de Dios Pablo VI y Juan Pablo II, quien visitó este santuario el 30 de noviembre de 1979, poco después de un año del inicio de su pontificado.

Pero hay otro predecesor mío que estuvo en este país, no como Papa, sino como representante pontificio, desde enero de 1935 hasta diciembre de 1944, y cuyo recuerdo suscita todavía mucha devoción y simpatía: el beato Juan XXIII, Angelo Roncalli. Sentía una gran estima y admiración por el pueblo turco. En este sentido, me gusta recordar una expresión que se lee en su «Diario de un alma»: «Amo a los turcos, aprecio las cualidades naturales de este pueblo, que tiene un puesto preparado en el camino de la civilización» (n° 741).

Dejó, como don a la Iglesia y al mundo, una actitud espiritual de optimismo cristiano, fundamentado en una fe profunda y en una constante unión con Dios. Animado por este espíritu, me dirijo a esta nación y, de manera particular, al «pequeño rebaño» de Cristo, que vive en medio de ella, para alentarle y manifestarle el afecto de toda la Iglesia. Con gran afecto os saludo a todos vosotros, aquí presentes, fieles de Izmir, Mersin, Iskenderun y Antakia, y a otros venidos de diferentes partes del mundo, así como a los que no han podido participar en esta celebración, pero que están espiritualmente unidos a nosotros. Saludo en particular a monseñor Ruggero Franceschini, arzobispo de Izmir, a monseñor Giuseppe Bernardini, arzobispo emérito de Izmir, a monseñor Luigi Padovese, a los sacerdotes y religiosas. Gracias por vuestra presencia, por vuestro testimonio, por vuestro servicio a la Iglesia en esta tierra bendita, en la que, en sus orígenes, la comunidad cristiana experimentó grandes desarrollos, como lo atestiguan también numerosos peregrinos que vienen a Turquía.

Madre de Dios – Madre de la Iglesia
Hemos escuchado el pasaje del Evangelio de Juan que invita a contemplar el momento de la Redención, cuando María, unida al Hijo en el ofrecimiento del Sacrificio, extendió su maternidad a todos los hombres, en particular, a los discípulos de Jesús.

Testigo privilegiado de ese acontecimiento fue el mismo autor del cuarto Evangelio, Juan, el único de los apóstoles que permaneció en el Gólgota, junto a la Madre de Jesús y a otras mujeres. La maternidad de María, comenzada con el «fiat» de Nazaret, culmina bajo la Cruz. Si es verdad, como observa san Anselmo, que «desde el momento del “fiat” María comenzó a llevarnos a todos en su seno», la vocación y misión materna de la Virgen con respecto a los creyentes en Cristo comenzó efectivamente cuando Cristo le dijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Juan 19, 26).

Viendo desde lo alto de la cruz a la Madre y a su lado al discípulo amado, Cristo al morir reconoció la primicia de la nueva Familia que vino a formar en el mundo, el germen de la Iglesia y de la nueva humanidad. Por este motivo, se dirigió a María llamándola «mujer» y no «madre»; término que sin embargo utilizó al confiarla al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Juan 19, 27).

El Hijo de Dios cumplió de este modo con su misión: nacido de la Virgen para compartir en todo, salvo en el pecado, nuestra condición humana, en el momento del regreso al Padre dejó en el mundo el sacramento de la unidad del género humano (Cf. constitución «Lumen gentium», 1): la Familia «congregada por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (San Cipriano, «De Orat. Dom». 23: PL 4, 536), cuyo núcleo primordial es precisamente este vínculo nuevo entre la Madre y el discípulo. De este modo, quedan unidas de manera indisoluble la maternidad divina y la maternidad eclesial.

Madre de Dios – Madre de la unidad
La primera lectura nos ha presentado lo que se puede definir como el «evangelio» del apóstol de las gentes: todos, incluso los paganos, están llamados en Cristo a participar plenamente en el misterio de la salvación. En particular, el texto utiliza la expresión que he escogido como lema para mi viaje apostólico: «Él, Cristo, es nuestra paz» (Efesios 2, 14).

Inspirado por el Espíritu Santo, Pablo no sólo afirma que Jesucristo nos ha traído la paz, sino además que él «es» nuestra paz. Y justifica esta afirmación refiriéndose al misterio de la Cruz: derramando «su sangre», dice, ofreciendo como sacrificio «su carne», Jesús destruyó la enemistad «para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo» (Efesios 2, 14-16).

El apóstol explica de qué forma, realmente imprevisible, la paz mesiánica se realiza en la persona de Cristo y en su misterio salvífico. Lo explica escribiendo, mientras se encuentra prisionero, a la comunidad cristiana que vivía aquí, en Éfeso: «a los santos y fieles en Cristo Jesús» (Efesios 1, 1), como afirma al inicio de la carta. El apóstol les desea «gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo» (Efesios 1, 2).

«Gracia» es la fuerza que transforma al hombre y al mundo; «paz» es el fruto maduro de esta transformación. Cristo es la gracia, Cristo es la paz. Pablo es consciente de ser enviado a anunciar un «misterio», es decir, un designio divino que sólo se ha realizado y revelado en la plenitud de los tiempos en Cristo: es decir, «que los gentiles sois coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio» (Efesios 3, 6).

Este «misterio» se realiza, a nivel histórico-salvífico, «en la Iglesia», ese nuevo Pueblo en el que, destruido el viejo muro de separación, se vuelven a encontrar en unidad judíos y paganos. Como Cristo, la Iglesia no es sólo un «instrumento» de la unidad, sino que es también un «signo eficaz». Y la Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia es la «Madre» de ese «misterio de unidad» que Cristo y la Iglesia representan inseparablemente y que edifican en el mundo y a través de la historia.

Imploremos paz para Jerusalén y para todo el mundo
El apóstol de las gentes explica que Cristo es quien «de los dos pueblos hizo uno» (Efesios 2, 14): esta afirmación se refiere propiamente a la relación entre judíos y gentiles de cara al misterio de la salvación eterna; afirmación, sin embargo, que puede ampliarse analógicamente a las relaciones entre los pueblos y las civilizaciones presentes en el mundo. Cristo «vino a anunciar la paz» (Efesios 2, 17), no sólo entre judíos y no judíos, sino también entre todas las naciones, porque todas proceden del mismo Dios, único Creador y Señor del universo.

Apoyados por la Palabra de Dios, desde aquí, desde Éfeso, ciudad bendecida por la presencia de María santísima --que, como sabemos, es amada y venerada también por los musulmanes--, elevamos al Señor una oración especial por la paz entre los pueblos.

Desde esta extremidad de la península de Anatolia, puente natural entre continentes, invocamos paz y reconciliación ante todo para quienes viven en la Tierra que llamamos “santa”, y que así es considerada por cristianos, judíos y musulmanes: es la tierra de Abraham, de Isaac y de Jacob, destinada a albergar un pueblo que fuera bendición para todas las gentes (Cf. Génesis 12, 1-3).

¡Paz para toda la humanidad! Que pronto se realice la profecía de Isaías: «Forjarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas. No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra» (2, 4).

Todos necesitamos esta paz universal; la Iglesia está llamada a ser no sólo su anunciadora profética, sino más aún su «signo e instrumento». Desde esta perspectiva universal de pacificación, se hace mas profundo e intenso el anhelo hacia la plena comunión y concordia entre todos los cristianos. En la celebración de hoy, están presentes los fieles católicos de varios ritos, y esto es motivo de alegría y alabanza a Dios. Estos ritos son expresión de esa admirable variedad con la que está decorada la Esposa de Cristo, a condición de que sepan converger en la unidad y en el testimonio común. Para alcanzar este objetivo tiene que ser ejemplar la unidad entre los ordinarios de la Conferencia Episcopal, en la comunión y compartiendo los esfuerzos pastorales.

«Magnificat»
La liturgia de hoy nos ha hecho repetir, como un estribillo del salmo responsorial, el cántico de alabanza que la Virgen de Nazaret proclamó en el encuentro con su anciana pariente Isabel (Cf. Lucas 1, 39). También han sido motivo de consolación las palabras del salmista: «Amor y verdad se han dado cita, justicia y paz se abrazan» (Salmo 84, v. 11).

Queridos hermanos y hermanas: con esta visita he querido manifestar no sólo mi amor y cercanía espiritual, sino también los de la Iglesia universal a la comunidad cristiana que aquí, en Turquía, es verdaderamente una pequeña minoría y afronta cada día no pocos desafíos y dificultades.

Con firme confianza cantemos, junto a María, el «magnificat» de la alabanza y de la acción de gracias a Dios, que mira la humildad de su sierva (Cf. Lucas 1, 47-48). Cantémoslo con alegría incluso cuando sufrimos dificultades y peligros, como lo atestigua el bello testimonio del sacerdote romano, el padre Andrea Santoro, a quien quiero recordar también en nuestra celebración.

María nos enseña que Cristo es la única fuente de nuestra alegría y nuestro único apoyo firme, y nos repite las palabras: «No tengáis miedo» (Marcos 6, 50), «Yo estoy con vosotros» (Mateo 28, 20). Y tú, Madre de la Iglesia, ¡acompaña siempre nuestro camino! ¡Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros! «Aziz Meryem Mesih’in Annesi bizim için Dua et». Amén.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit
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Thursday, November 30, 2006 5:21 AM
Discurso do Papa ao Corpo Diplomático em Ankara


ANKARA, terça-feira, 28 de novembro de 2006 (ZENIT.org).- Publicamos o discurso que Bento XVI pronunciou nesta terça-feira no encontro que manteve com o Corpo Diplomático acreditado em Ankara.




* * *




Excelências,
senhoras e senhores:

Saúdo-vos com grande alegria, a vós que, como embaixadores, exerceis o nobre encargo de representar vossos países ante a República da Turquia e que com alegria haveis querido encontrar o sucessor de Pedro nesta Nunciatura. Dou graças a vosso vice-decano, o senhor embaixador do Líbano, pelas amáveis palavras que agora me dirigiu. Com alegria confirmo a estima que a Santa Sé expressou inúmeras vezes por vossas altas funções, que revestem hoje uma dimensão cada vez mais global. Com efeito, vossa missão vos leva antes de tudo a proteger e a promover os interesses legítimos de vossas particulares Nações. «A inevitável interdependência que hoje une cada vez mais a todos os povos do mundo convida todos os diplomáticos a ser, com espírito sempre novo e original, artífices de entendimento entre os povos, da segurança internacional e da paz entre as nações» (João Paulo II, Discurso ao Corpo Diplomático, México, 29 de junho de 1979).

Desejo, antes de tudo, evocar convosco a lembrança das visitas memoráveis à Turquia de meus dois predecessores, o Papa Paulo VI, em 1967, e o Papa João Paulo II, em 1979. E ao mesmo tempo, como não recordar o papa Bento XVI, artífice infatigável da paz no curso do primeiro conflito mundial, e do beato João XXIII, o papa «amigo dos turcos», que foi delegado apostólico na Turquia e depois administrador apostólico do vicariato latino de Istambul, deixando em todos a lembrança de um pastor atento e cheio de caridade, desejoso de encontrar e conhecer a população turca, da qual era um reconhecido hóspede! Portanto, estou feliz ao ser hoje hóspede da Turquia, vindo como amigo e como apóstolo do diálogo e da paz.

Há mais de quarenta anos, o Concílio Vaticano II escrevia que «a paz não é a mera ausência da guerra, nem se reduz ao simples equilíbrio das forças adversárias», mas que «é o fruto da ordem plantada na sociedade humana por seu divino Fundador, e que os homens, sedentos sempre da mais perfeita justiça» (Gaudium et spes, 78). Na realidade, aprendemos que a verdadeira paz tem necessidade da justiça, para que se corrijam as desigualdades econômicas e as desordens políticas que são sempre fatores de tensão e que ameaçam toda a sociedade. O desenvolvimento recente do terrorismo e a evolução de certos conflitos regionais, por outra parte, sublinharam a necessidade de respeitar as decisões das instituições internacionais, e mais, de apoiá-las, dotando-as de meios eficazes para prevenir os conflitos e para manter, graças a forças de interposição, zonas neutras entre os beligerantes.

Tudo isso é, contudo, insuficiente se não se chega ao verdadeiro diálogo, ou seja, ao concerto entre as exigências das partes implicadas, com o fim de alcançar soluções políticas aceitáveis e duradouras, que respeitem as pessoas e os povos.

Penso, de maneira particular, no conflito do Oriente Médio, que perdura de maneira inquietante, provocando um peso em toda a vida internacional, com o risco de ver espalhar-se conflitos periféricos e difundir-se ações terroristas; aplaudo os esforços de numerosos países que se comprometeram hoje na reconstrução da paz no Líbano, entre eles a Turquia.

Faço, mais uma vez, um chamado frente a vós, senhoras e senhores embaixadores, para que a comunidade internacional vele, não se despreocupe de sua responsabilidade e empregue todos os esforços necessários para promover, entre todas as partes em causa, o diálogo, que é único que permite assegurar o respeito dos demais, salvaguardando os interesses legítimos e rejeitando o recurso à violência.

Como escrevi em minha primeira Mensagem para a Jornada Mundial da Paz, «a verdade da paz convida todos a cultivarem relações fecundas e sinceras, estimula a buscar e percorrer os caminhos do perdão e da reconciliação, a ser transparentes nas negociações e fiéis à palavra dada» (1º de janeiro de 2006, n. 6).

A Turquia, que desde sempre se encontra em uma situação de ponte entre o Oriente e o Ocidente, entre o Continente asiático e o europeu, de cruzamento de culturas e de religiões, se dotou durante o século passado de meios para converter-se em um grande país moderno, particularmente optando por um regime leigo, distinguindo claramente a sociedade civil e a religião, permitindo deste modo a cada uma ser autônoma em seu próprio âmbito, sempre respeitando uma esfera da outra. O fato de que a maioria da população deste país seja muçulmana constitui um elemento significativo na vida da sociedade, que o Estado deve levar em conta, mas a Constituição turca reconhece a todo cidadão os direitos à liberdade de culto e à liberdade de consciência. É dever das autoridades civis em cada país democrático garantir a liberdade efetiva de todos os crentes e permitir-lhes organizar livremente a vida da própria comunidade religiosa.

Obviamente, desejo que os crentes, de qualquer comunidade à que pertençam, continuem beneficiando-se destes direitos, com a certeza de que a liberdade religiosa é uma expressão fundamental da liberdade humana e de que a presença ativa das religiões na sociedade é um fator de progresso e de enriquecimento para todos.

Isso implica, certamente, que as religiões por sua parte não busquem exercer diretamente um poder político, porque não estão chamadas a isso e, em particular, que renunciem absolutamente a justificar o recurso à violência como expressão legítima da prática religiosa.

Saúdo, a propósito, a comunidade católica deste país, pouco numerosa mas muito desejosa de participar da melhor maneira possível no desenvolvimento do país, especialmente por meio da educação dos jovens e da edificação da paz e da harmonia entre todos os cidadãos.

Como recordei recentemente, «temos absolutamente necessidade de um diálogo entre as religiões e entre as culturas, um diálogo capaz de ajudar-nos a superar juntos todas as tensões com um espírito de fecundo entendimento» (Discurso no encontro com os Embaixadores dos Países muçulmanos, Castel Gandolfo, 25 de setembro de 2006).

Este diálogo deve permitir às diferentes religiões conhecer-se melhor e respeitar-se reciprocamente para pôr-se cada vez mais ao serviço das aspirações mais nobres do ser humano, que busca Deus e a felicidade!

Desejo, por minha parte, poder manifestar novamente durante esta viagem na Turquia toda a minha estima pelos muçulmanos, convidando-os a continuar comprometendo-se juntos, graças ao respeito recíproco, a favor da dignidade de todo ser humano e a favor do crescimento de uma sociedade na qual a liberdade pessoal e a atenção pelo outro permita a cada um viver em paz e serenidade.

Deste modo, as religiões poderão oferecer sua contribuição para enfrentar os numerosos desafios que nossas sociedades atuais têm de enfrentar. O reconhecimento do papel positivo que desempenham as religiões no seio do corpo social pode e deve levar sem dúvida nossas sociedades a aprofundarem cada vez mais no conhecimento do homem e a respeitar cada vez melhor sua dignidade, colocando-o no centro da ação política, econômica, cultural e social.

Nosso mundo deve tomar cada vez mais consciência do fato de que todos os homens estão unidos por uma profunda solidariedade com os demais e que devem ser alentados a destacar suas diferenças históricas e culturais, não para discutir, mas para respeitar-se reciprocamente.

A Igreja, vós bem o sabeis, recebeu de seu Fundador uma missão espiritual e, portanto, não pretende intervir diretamente na vida política ou econômica. Contudo, por causa de sua missão e de sua longa experiência na história da sociedade e das culturas, deseja fazer ouvir sua própria voz ante as nações para que sempre se honre a dignidade fundamental do homem, especialmente a dos mais fracos.

Ante o desenvolvimento recente do fenômeno da globalização, a Santa Sé espera da comunidade internacional que se organize ulteriormente para dar-se regras que permitam governar de uma forma melhor as evoluções econômicas, regular os mercados, suscitando por exemplo relações regionais entre os países. Estou seguro, senhoras e senhores, de que tendes muito presente, em vossa missão de diplomatas, a tarefa de harmonizar os interesses particulares de vosso país com a necessidade de compreender-se uns e outros, pondo-vos desta maneira ao serviço de todos.

A voz da Igreja na cena diplomática se caracteriza sempre pela vontade, contida no Evangelho, de servir a causa do homem e eu deixaria de cumprir esta obrigação fundamental se não reclamasse ante vós a necessidade de pôr a dignidade humana cada vez mais no centro de nossas preocupações.

O desenvolvimento extraordinário da ciência e da tecnologia que o mundo hoje experimenta, com as conseqüências quase imediatas para a medicina, a agricultura e a produção de recursos alimentares, assim como para as comunicações do saber, não deve perseguir-se sem um objetivo ou ponto de referência, pois está em jogo o nascimento do homem, sua educação, sua maneira de viver e de trabalhar, sua velhice e sua morte.

É absolutamente necessário marcar o progresso de hoje na continuidade de nossa história humana e orientá-lo segundo o desejo que todos temos de fazer crescer a humanidade e que o livro do Gêneses expressava já a seu modo: «Sede fecundos e multiplicai-vos, enchei a terra; submetei-a» (1, 28).

Recordando as primeiras comunidades cristãs que cresceram nesta terra e particularmente o apóstolo Paulo, que pessoalmente fundou algumas delas, permiti-me citar por último suas palavras aos Gálatas: «Porque, irmãos, haveis sido chamados à liberdade; não façais dessa liberdade pretexto para a carne; antes, ao contrário, servi-vos por amor uns aos outros» (5, 13). Formulo o desejo de que o entendimento entre as nações, às que servis respectivamente, contribua cada vez mais para fazer crescer a humanidade do homem, criado à imagem de Deus.

Um objetivo tão nobre requer a participação de todos. E, é por isto que a Igreja Católica pretende reforçar a colaboração com a Igreja ortodoxa, e eu desejo vivamente que meu próximo encontro com o patriarca Bartolomeu I no Fanar contribua eficazmente.

Como sublinhava o Concílio Ecumênico Vaticano II, a Igreja busca igualmente colaborar com os crentes e os responsáveis de todas as religiões, e particularmente com os muçulmanos, para «defender e promover juntos, para todos os homens, a justiça social, os valores morais, a paz e a liberdade» (Nostra aetate, n. 3). Espero que, desde este ponto de vista, minha viagem à Turquia dê numerosos frutos.

Senhoras e senhores embaixadores, sobre vossas pessoas, sobre vossas famílias e sobre vossos colaboradores, invoco de coração a bênção do Altíssimo.

[Tradução realizada por Zenit. © Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]

@Nessuna@
Thursday, November 30, 2006 5:24 AM
Discurso del Papa al patriarca ecuménico de Constantinopla tras llegar a Estambul


ESTAMBUL, miércoles, 29 noviembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI en la tarde de este miércoles al patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, en la oración que elevaron en la iglesia patriarcal de San Jorge en el Fanar (Estambul)



* * *



«¡Qué bueno, qué dulce habitar los hermanos todos juntos!» (Salmo 133, 1)


Santidad:
Me siento profundamente agradecido por la acogida fraterna que usted me ha ofrecido personalmente, así como el Santo Sínodo del patriarcado ecuménico y guardaré para siempre este recuerdo en mi corazón con aprecio. Doy las gracias al Señor por el don de este encuentro, lleno de buena voluntad y de significado eclesial.

Para mí es motivo de gran alegría estar entre vosotros, hermanos en Cristo, en esta iglesia catedral, mientras rezamos juntos al Señor y recodamos los importantes acontecimientos que han apoyado nuestro compromiso para trabajar por la unidad plena entre católicos y ortodoxos.

Deseo, ante todo, recordar la valiente decisión de remover la memoria de los anatemas de 1054. La declaración común del Papa Pablo VI y del Patriarca Atenágoras, escrita con el espíritu de un amor redescubierto, fue leída solemnemente en una ceremonia que se celebró simultáneamente en la basílica de San Pedro en Roma y en esta catedral patriarcal. El «tomos» del patriarca se basaba en la profesión de fe de Juan: «Ho Theós agapé estín» (1 Juan 4, 9), «Deus caritas est!». Con sintonía perfecta, el Papa Pablo VI comenzó su propia carta con la exhortación de Pablo: «vivid en el amor» (Efesios 5, 2). Sobre este fundamento de recíproco amor se han desarrollado las nuevas relaciones entre las Iglesias de Roma y Constantinopla.

Signos de este amor se han hecho evidentes en numerosas declaraciones de compromiso compartido y muchos gestos llenos de significado. Tanto Pablo VI como Juan Pablo II fueron recibidos cálidamente como visitantes de esta iglesia de san Jorge y se asociaron respectivamente a los Patriarcas Atenágoras I y Demetrio I para reforzar el empuje hacia la recíproca comprensión y la búsqueda de la unidad plena. ¡Que sus nombres sean honrados y benditos!

Me alegro, además, de poder estar en esta tierra, tan íntimamente ligada a la fe cristiana, en la que florecieron muchas iglesias en los tiempos antiguos. Pienso en la exhortación de san Pedro a las primitivas comunidades cristianas: «en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia» (1 Pedro 1, 1), y en la rica mies de mártires, teólogos, pastores, monjes y hombres y mujeres santos que engendraron estas iglesias a través de los siglos.

Del mismo modo, recuerdo los insignes santos y pastores que velaron por la Sede de Constantinopla, entre los que se encuentran san Gregorio de Nazianzo y san Juan Crisóstomo, venerados también por Occidente como doctores de la Iglesia. Sus reliquias descansan en la Basílica de San Pedro en el Vaticano y una parte de ellas le fueron donadas a Su Santidad, como signo de comunión, por el difunto Papa Juan Pablo II para que fueran veneradas en esta catedral. Verdaderamente son dignos intercesores nuestros ante el Señor.

En esta parte del mundo oriental se celebraron siete concilios ecuménicos, que ortodoxos y católicos reconocen como autorizados para la fe y la disciplina de la Iglesia. Constituyen piedras angulares permanentes y guías en el camino hacia la unidad plena.

Concluyo expresando una vez más mi alegría al encontrarme entre vosotros. Que este encuentro refuerce nuestro mutuo afecto y renueve nuestro compromiso común para perseverar en el itinerario que lleva a la reconciliación y a la paz de las Iglesias.

Os saludo con el amor de Cristo. Que el Señor esté siempre con vosotros.

[Traducción del original inglés realizada por Zenit
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]

@Nessuna@
Friday, December 01, 2006 8:19 PM

Discurso de Benedicto XVI al Presidente para los Asuntos Religiosos de Turquía

ANKARA, TURQUÍA. Discurso que pronunció este martes el Papa Benedicto XVI en la Presidencia para los Asuntos Religiosos "Diyanet" de Ankara, al ser recibido por el Presidente para los Asuntos Religiosos, el Profesor Ali Bardakoglu.

En el encuentro participaron representantes de la comunidad musulmana, entre los que se encontraban el Gran muftí de Ankara y el Gran muftí de Estambul, así como Cardenales y Obispos que forman parte del séquito Papal.




"Me siento agradecido por la oportunidad de visitar esta tierra, tan rica de historia y de cultura, para admirar sus bellezas naturales, para ver con mis ojos la creatividad del pueblo tuco y para apreciar vuestra antigua cultura, así como vuestra larga historia, tanto civil como religiosa.

Nada más llegar a Turquía he sido gentilmente recibido por el Presidente de la República de Turquía y por el representante del gobierno. Para mí ha sido un placer saludar y encontrar al Primer Ministro Erdogan en el aeropuerto. Al saludarles, he tenido el gusto de expresar mi más profundo respeto a todos los habitantes de esta gran nación y de honrar, en su mausoleo, al fundador de la Turquía moderna, Mustafa Kemal Atatürk.

Ahora, tengo la alegría de encontrarme con usted, que es el Presidente del Directorio de los Asuntos Religiosos. Le presento mis sentimientos de estima, reconociendo sus grandes responsabilidades, y extiendo mi saludo a todos los líderes religiosos de Turquía, especialmente al Gran muftí de Ankara y Estambul. A través de usted, señor Presidente, saludo a todos los musulmanes de Turquía, con particular estima y afecto.

Su país es sumamente amado por los cristianos: muchas de las primitivas comunidades de la Iglesia se fundaron aquí y aquí alcanzaron su madurez, inspiradas por la predicación de los apóstoles, particularmente de San Pablo y sSan Juan. La tradición afirma que María, la Madre de Jesús, vivió en Éfeso, en la casa del apóstol San Juan.

Esta noble tierra ha visto, además, un extraordinario florecimiento de la civilización islámica en los más variados campos, incluido el de la literatura y el arte, así como en las instituciones.

Hay muchísimos monumentos cristianos y musulmanes que testimonian el glorioso pasado de Turquía. Con razón, os sentís orgullos, conservándolos para la admiración de un número cada vez más grande de visitantes que aquí acuden en gran número.

Me he preparado para esta visita con los mismos sentimientos expresados por mi predecesor, el beato Juan XXIII, cuando llegó cuando era el Arzobispo Angelo Giuseppe Roncalli, para cumplir con el encargo de Representante Pontificio en Estambul: "Siento que amo al pueblo turco, al que el Señor me ha enviado… Yo amo a los turcos, aprecio las cualidades naturales de este pueblo, que también tiene su papel preparado en el camino de la civilización" ("Diario de un alma", "Giornale dell'anima", 231.237).

Por mi parte, yo también deseo subrayar las cualidades de la población turca. Hago mías las palabras de mi predecesor inmediato, el Papa Juan Pablo II de feliz memoria, quien con motivo de su visita en 1979, dijo: "Me pregunto si no es urgente, precisamente en estos momentos, en que los cristianos y musulmanes han entrado en un nuevo período de la historia, reconocer y desarrollar los vínculos espirituales que nos unen, con el objetivo de promover y defender juntos los valores morales, la paz y la libertad" (Discurso a la comunidad católica de Ankara, 29 de noviembre de 1979, 3).

Estas cuestiones han seguido presentándose en los años sucesivos; de hecho, como subrayé precisamente al inicio de mi Pontificado, nos llevan a continuar con nuestro diálogo como un sincero intercambio entre amigos. Cuando tuve la alegría de encontrarme con los miembros de las comunidades islámicas, el año pasado en Colonia, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, confirmé la necesidad de afrontar el diálogo interreligioso e intercultural con optimismo y esperanza. No puede quedar reducido a un accesorio opcional: por el contrario, es "una necesidad vital, de la que depende en buena parte nuestro futuro" (A los representantes de las comunidades islámicas, Colonia, 20 de agosto de 2005).

Los cristianos y los musulmanes, siguiendo sus respectivas religiones, resaltan la verdad del carácter sagrado y de la dignidad de la persona. Esta es la base de nuestro respeto recíproco y estima, esta es la base para la colaboración al servicio de la paz entre las naciones y pueblos, el deseo más querido por todos los creyentes y por todas las personas de buena voluntad.

Durante más de cuarenta años, la enseñanza del Concilio Vaticano II ha inspirado y guiado la actitud de la Santa Sede y de las Iglesias locales de todo el mundo en las relaciones con los seguidores de las demás religiones. Siguiendo la tradición bíblica, el Concilio enseña que todo el género humano comparte un origen común y un destino común: Dios, nuestro Creador y nuestra meta en la peregrinación terrena. Los cristianos y los musulmanes pertenecen a la familia de quienes creen en el único Dios y, según sus respectivas tradiciones, son descendientes de Abraham (Cf. Concilio Vaticano II, declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, "Nostra Aetate", 1, 3). Esta unidad humana y espiritual de nuestros orígenes y de nuestros destinos nos lleva a buscar un itinerario común, desempeñando nuestro papel en esta búsqueda de valores fundamentales, que es la característica de las personas de nuestro tiempo. Como hombres y mujeres de religión, nos encontramos ante el desafío de la difundida aspiración a la justicia, al desarrollo, a la solidaridad, a la libertad, a la seguridad, a la paz, a la defensa del ambiente y de los recursos de la tierra. Respetando la legítima autonomía de las realidades temporales, tenemos una contribución específica que ofrecer en la búsqueda de soluciones adaptadas a estas apremiantes cuestiones.

En particular, podemos ofrecer una respuesta creíble a la cuestión que surge claramente de la sociedad de hoy, aunque con frecuencia queda marginada, es decir, la cuestión que afecta al significado y al desarrollo de la vida para todo individuo y para toda la humanidad. Estamos llamados a trabajar juntos para ayudar a la sociedad a abrirse a la trascendencia, reconociendo a Dios omnipotente el lugar que le corresponde. La mejor manera para avanzar es el diálogo auténtico entre cristianos y musulmanes, basado en la verdad e inspirado por el sincero deseo de conocernos mejor mutuamente, respetando las diferencias y reconociendo lo que tenemos en común. Esto llevará al mismo tiempo a un auténtico respeto por las opciones responsables de cada persona, especialmente las que afectan a los valores fundamentales y a las convicciones religiosas personales.

Como ejemplo del respeto fraterno con el que los cristianos y musulmanes pueden trabajar juntos, quiero citar unas palabras dirigidas por el Papa Gregorio VII, en el año 1076, a un príncipe musulmán de África del Norte, que había demostrado una gran benevolencia a los cristianos sometidos a su jurisdicción. El Papa Gregorio VII habló del amor especial con que deben tratarse mutuamente los cristianos y musulmanes, pues "creemos y confesamos un solo Dios, aunque de manera diferente, cada día le alabamos y veneramos como Creador de los siglos y gobernador de este mundo" (Patrología Latina 148, 451).

Que la libertad de religión, garantizada institucionalmente y efectivamente respetada, tanto a los individuos como a las comunidades, constituya para todos los creyentes la condición necesaria para su contribución leal a la edificación de la sociedad, en actitud de auténtico servicio, particularmente a los más vulnerables y pobres.

Señor Presidente, quiero concluir alabando al Dios Omnipotente y Misericordioso por esta afortunada oportunidad que nos permite encontrarnos juntos en su nombre. Rezo para que sea un signo de nuestro compromiso común a favor del diálogo entre cristianos y musulmanes, así como un aliento para perseverar en este camino, en el respeto y en la amistad. Deseo que podamos llegar a conocernos mejor, reforzando los vínculos de afecto entre nosotros, con el deseo común de vivir juntos en armonía, en paz y en mutua confianza. Como creyentes, sacamos de la oración la fuerza necesaria para superar toda huella de prejuicio y para ofrecer un testimonio común de nuestra firme fe en Dios. ¡Que su bendición esté siempre sobre nosotros!"

[Traducción del original inglés realizada por Zenit]

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana

@Nessuna@
Friday, December 01, 2006 9:19 PM
Homilía de Benedicto XVI en la Casa de María en Éfeso (Meryem Ana Evì)


ÉFESO, TURQUÍA. Homilía que pronunció el Papa Benedicto XVI este miércoles al celebrar la eucaristía ante el Santuario de Meryem Ana Evì (la casa de la Madre María) en Éfeso.



”Queridos hermanos y hermanas:

En esta celebración eucarística queremos alabar al Señor por la divina maternidad de María, misterio que aquí, en Éfeso, en el Concilio ecuménico del año 431, fue solemnemente confesado y proclamado. A este lugar, uno de los más queridos para la comunidad cristiana, vinieron en peregrinación mis venerados predecesores los siervos de Dios Pablo VI y Juan Pablo II, quien visitó este santuario el 30 de noviembre de 1979, poco después de un año del inicio de su pontificado.

Pero hay otro predecesor mío que estuvo en este país, no como Papa, sino como representante pontificio, desde enero de 1935 hasta diciembre de 1944, y cuyo recuerdo suscita todavía mucha devoción y simpatía: el beato Juan XXIII, Angelo Roncalli. Sentía una gran estima y admiración por el pueblo turco. En este sentido, me gusta recordar una expresión que se lee en su “Diario de un alma”: “Amo a los turcos, aprecio las cualidades naturales de este pueblo, que tiene un puesto preparado en el camino de la civilización” (n° 741).

Dejó, como don a la Iglesia y al mundo, una actitud espiritual de optimismo cristiano, fundamentado en una fe profunda y en una constante unión con Dios. Animado por este espíritu, me dirijo a esta nación y, de manera particular, al “pequeño rebaño” de Cristo, que vive en medio de ella, para alentarle y manifestarle el afecto de toda la Iglesia. Con gran afecto os saludo a todos vosotros, aquí presentes, fieles de Izmir, Mersin, Iskenderun y Antakia, y a otros venidos de diferentes partes del mundo, así como a los que no han podido participar en esta celebración, pero que están espiritualmente unidos a nosotros. Saludo en particular a monseñor Ruggero Franceschini, arzobispo de Izmir, a monseñor Giuseppe Bernardini, arzobispo emérito de Izmir, a monseñor Luigi Padovese, a los sacerdotes y religiosas. Gracias por vuestra presencia, por vuestro testimonio, por vuestro servicio a la Iglesia en esta tierra bendita, en la que, en sus orígenes, la comunidad cristiana experimentó grandes desarrollos, como lo atestiguan también numerosos peregrinos que vienen a Turquía.

Madre de Dios – Madre de la Iglesia

Hemos escuchado el pasaje del Evangelio de Juan que invita a contemplar el momento de la Redención, cuando María, unida al Hijo en el ofrecimiento del Sacrificio, extendió su maternidad a todos los hombres, en particular, a los discípulos de Jesús.

Testigo privilegiado de ese acontecimiento fue el mismo autor del cuarto Evangelio, Juan, el único de los apóstoles que permaneció en el Gólgota, junto a la Madre de Jesús y a otras mujeres. La maternidad de María, comenzada con el “fiat” de Nazaret, culmina bajo la Cruz. Si es verdad, como observa san Anselmo, que “desde el momento del “fiat” María comenzó a llevarnos a todos en su seno”, la vocación y misión materna de la Virgen con respecto a los creyentes en Cristo comenzó efectivamente cuando Cristo le dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Juan 19, 26).

Viendo desde lo alto de la cruz a la Madre y a su lado al discípulo amado, Cristo al morir reconoció la primicia de la nueva Familia que vino a formar en el mundo, el germen de la Iglesia y de la nueva humanidad. Por este motivo, se dirigió a María llamándola “mujer” y no “madre”; término que sin embargo utilizó al confiarla al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” (Juan 19, 27).

El Hijo de Dios cumplió de este modo con su misión: nacido de la Virgen para compartir en todo, salvo en el pecado, nuestra condición humana, en el momento del regreso al Padre dejó en el mundo el sacramento de la unidad del género humano (Cf. constitución “Lumen gentium”, 1): la Familia “congregada por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (San Cipriano, “De Orat. Dom”. 23: PL 4, 536), cuyo núcleo primordial es precisamente este vínculo nuevo entre la Madre y el discípulo. De este modo, quedan unidas de manera indisoluble la maternidad divina y la maternidad eclesial.

Madre de Dios – Madre de la unidad

La primera lectura nos ha presentado lo que se puede definir como el “evangelio” del apóstol de las gentes: todos, incluso los paganos, están llamados en Cristo a participar plenamente en el misterio de la salvación. En particular, el texto utiliza la expresión que he escogido como lema para mi viaje apostólico: “Él, Cristo, es nuestra paz” (Efesios 2, 14).

Inspirado por el Espíritu Santo, Pablo no sólo afirma que Jesucristo nos ha traído la paz, sino además que él “es” nuestra paz. Y justifica esta afirmación refiriéndose al misterio de la Cruz: derramando “su sangre”, dice, ofreciendo como sacrificio “su carne”, Jesús destruyó la enemistad “para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo” (Efesios 2, 14-16).

El apóstol explica de qué forma, realmente imprevisible, la paz mesiánica se realiza en la persona de Cristo y en su misterio salvífico. Lo explica escribiendo, mientras se encuentra prisionero, a la comunidad cristiana que vivía aquí, en Éfeso: “a los santos y fieles en Cristo Jesús” (Efesios 1, 1), como afirma al inicio de la carta. El apóstol les desea “gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo” (Efesios 1, 2).
“Gracia” es la fuerza que transforma al hombre y al mundo; “paz” es el fruto maduro de esta transformación. Cristo es la gracia, Cristo es la paz. Pablo es consciente de ser enviado a anunciar un “misterio”, es decir, un designio divino que sólo se ha realizado y revelado en la plenitud de los tiempos en Cristo: es decir, “que los gentiles sois coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio” (Efesios 3, 6).

Este “misterio” se realiza, a nivel histórico-salvífico, “en la Iglesia”, ese nuevo Pueblo en el que, destruido el viejo muro de separación, se vuelven a encontrar en unidad judíos y paganos. Como Cristo, la Iglesia no es sólo un “instrumento” de la unidad, sino que es también un “signo eficaz”. Y la Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia es la “Madre” de ese “misterio de unidad” que Cristo y la Iglesia representan inseparablemente y que edifican en el mundo y a través de la historia.

Imploremos paz para Jerusalén y para todo el mundo

El apóstol de las gentes explica que Cristo es quien “de los dos pueblos hizo uno” (Efesios 2, 14): esta afirmación se refiere propiamente a la relación entre judíos y gentiles de cara al misterio de la salvación eterna; afirmación, sin embargo, que puede ampliarse analógicamente a las relaciones entre los pueblos y las civilizaciones presentes en el mundo. Cristo “vino a anunciar la paz” (Efesios 2, 17), no sólo entre judíos y no judíos, sino también entre todas las naciones, porque todas proceden del mismo Dios, único Creador y Señor del universo.

Apoyados por la Palabra de Dios, desde aquí, desde Éfeso, ciudad bendecida por la presencia de María santísima --que, como sabemos, es amada y venerada también por los musulmanes--, elevamos al Señor una oración especial por la paz entre los pueblos.

Desde esta extremidad de la península de Anatolia, puente natural entre continentes, invocamos paz y reconciliación ante todo para quienes viven en la Tierra que llamamos “santa”, y que así es considerada por cristianos, judíos y musulmanes: es la tierra de Abraham, de Isaac y de Jacob, destinada a albergar un pueblo que fuera bendición para todas las gentes (Cf. Génesis 12, 1-3).

¡Paz para toda la humanidad! Que pronto se realice la profecía de Isaías: “Forjarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas. No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra” (2, 4).

Todos necesitamos esta paz universal; la Iglesia está llamada a ser no sólo su anunciadora profética, sino más aún su “signo e instrumento”. Desde esta perspectiva universal de pacificación, se hace mas profundo e intenso el anhelo hacia la plena comunión y concordia entre todos los cristianos. En la celebración de hoy, están presentes los fieles católicos de varios ritos, y esto es motivo de alegría y alabanza a Dios. Estos ritos son expresión de esa admirable variedad con la que está decorada la Esposa de Cristo, a condición de que sepan converger en la unidad y en el testimonio común. Para alcanzar este objetivo tiene que ser ejemplar la unidad entre los ordinarios de la Conferencia Episcopal, en la comunión y compartiendo los esfuerzos pastorales.
“Magnificat”

La liturgia de hoy nos ha hecho repetir, como un estribillo del salmo responsorial, el cántico de alabanza que la Virgen de Nazaret proclamó en el encuentro con su anciana pariente Isabel (Cf. Lucas 1, 39). También han sido motivo de consolación las palabras del salmista: “Amor y verdad se han dado cita, justicia y paz se abrazan” (Salmo 84, v. 11).

Queridos hermanos y hermanas: con esta visita he querido manifestar no sólo mi amor y cercanía espiritual, sino también los de la Iglesia universal a la comunidad cristiana que aquí, en Turquía, es verdaderamente una pequeña minoría y afronta cada día no pocos desafíos y dificultades.

Con firme confianza cantemos, junto a María, el “magnificat” de la alabanza y de la acción de gracias a Dios, que mira la humildad de su sierva (Cf. Lucas 1, 47-48). Cantémoslo con alegría incluso cuando sufrimos dificultades y peligros, como lo atestigua el bello testimonio del sacerdote romano, el padre Andrea Santoro, a quien quiero recordar también en nuestra celebración.

María nos enseña que Cristo es la única fuente de nuestra alegría y nuestro único apoyo firme, y nos repite las palabras: “No tengáis miedo” (Marcos 6, 50), “Yo estoy con vosotros” (Mateo 28, 20). Y tú, Madre de la Iglesia, ¡acompaña siempre nuestro camino! ¡Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros! “Aziz Meryem Mesih’in Annesi bizim için Dua et”. Amén”.

(Traducción del original italiano realizada por Zenit)
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