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Monday, March 13, 2006 7:38 AM
La belleza y su poder transfigurador
El arte sacro auténtico viene de lo alto y nos eleva a lo alto. Esta idea es la que inspira de parte a parte la Carta a los artistas de Juan Pablo II
La belleza y su poder transfigurador
Los alumnos de Historia de la Música se hallan en una sala fría y sórdida del Conservatorio Nacional de un país centroeuropeo. La adustez del ambiente es correlativa a la profunda depresión que sufren las gentes debido a la fulminante derrota y a la consiguiente ocupación militar. Estamos en el horror de 1943. Llega el profesor y les hace oír y les comenta varias obras polifónicas de Giovanni Perluigi da Palestrina y de Tomás Luis de Victoria. La transformación está hecha.
“Ya no hay paredes feas y frías –comenta un testigo presencial-, sino el despertar de un mundo desconocido que no tiene límites ni en el espacio ni en el tiempo”. “El arte de los polifonistas del siglo XVI, en esto muy próximo aún al canto gregoriano, es un arte perfectamente objetivo, inspirado, en el total sentido de la palabra. La personalidad del compositor está como borrada y parece únicamente transmitirnos una voz que viene de muy lejos, de muy arriba. Sin duda por esto tuve como una revelación aquel año” (1) .
El arte sacro auténtico viene de lo alto y nos eleva a lo alto. Esta idea es la que inspira de parte a parte la Carta a los artistas de Juan Pablo II. En rigor, no está dirigida a todos los que se consagran a la creación artística sino a quienes configuran su vida e impulsan su actividad profesional con la energía y la luz que les otorga la fe en Dios Padre, revelado en Jesucristo.
El origen de la creatividad artística
De modo muy inteligente, comienza Juan Pablo II su escrito invitando a los artistas a ver su labor de artífices asociada estrechamente a la altísima tarea creadora de Dios. Pone, así, ante sus ojos desde el principio la gran dignidad que se les ha concedido y la grave responsabilidad que ella implica, pues, como solía decir Goethe: “No se camina gratuitamente bajo palmas”.
“Dios ha llamado al hombre a la existencia, transmitiéndole la tarea de ser artífice. En la creación artística el hombre se revela, más que nunca, imagen de Dios, y lleva a cabo esta tarea, ante todo, plasmando la estupenda materia de la propia humanidad y, después, ejerciendo un dominio creativo sobre el universo que le rodea” (nº 1). “Quien percibe en sí mismo esta especie de destello divino que es la vocación artística –de poeta, escritor, pintor, arquitecto, músico, actor, etc- advierte al mismo tiempo la obligación de no malgastar ese talento, sino de desarrollarlo para ponerlo al servicio del prójimo de toda la Humanidad” (nº 3).
Este desarrollo ha de llevarse a cabo en dos aspectos:
1) la configuración justa de la propia personalidad, que ha de constituir, por su armonía y su belleza, una auténtica obra de arte;
2) el cultivo de la experiencia estética en todas sus facetas: creación de formas artísticas, contemplación de obras de arte, consideración estética del paisaje e incluso de la vida humana, vista como realidad que ha de configurarse bajo el impulso de una idea rectora.
El criterio o canon de belleza
Frente a la tendencia actual a dejar de lado el cultivo de la belleza y dedicarse en exclusiva a “crear obras”, entendidas reductivamente como un objeto real que simplemente está ahí (2), Juan Pablo II destaca que la reflexión sobre el arte tiene como objeto primario el tema de la belleza, y se apresura a poner ésta en relación profunda con la bondad.
“El artista vive una relación peculiar con la belleza. En un sentido muy real puede decirse que la belleza es la vocación a la que el Creador le llama con el don del talento artístico”. “La belleza es, en cierto sentido, la expresión visible del bien, así como el bien es la condición metafísica de la belleza”(nº 3).
En este punto, el Papa sigue la tendencia griega a vincular íntimamente la belleza y la bondad. Pero el canon de la belleza-bondad (“kalokagathía”) no lo sitúa básicamente en la armonía, al modo griego, sino en la expresividad, la plasmación sensible de realidades que se remontan hasta el Ser Infinito.
“Toda forma auténtica de arte es, a su modo, una vía de acceso a la realidad más profunda del hombre y del mundo. Por ello, constituye un acercamiento muy válido al horizonte de la fe, donde la vicisitud humana encuentra su interpretación completa. Éste es el motivo por el que la plenitud evangélica de la verdad suscitó desde el principio el interés de los artistas, particularmente sensibles a todas las manifestaciones de la íntima belleza de la realidad” (nº 6).
“El arte que el cristianismo encontró en sus comienzos era el fruto maduro del mundo clásico, manifestaba sus cánones estéticos y, al mismo tiempo, transmitía sus valores. La fe imponía a los cristianos, tanto en el campo de la vida y del pensamiento como en el del arte, un discernimiento que no permitía una recepción automática de este patrimonio (3). Así, el arte de inspiración cristiana comenzó de forma silenciosa, estrechamente vinculado a la necesidad de los creyentes de buscar signos con los que expresar, basándose en la Escritura, los misterios de la fe y de disponer al mismo tiempo de un código simbólico, gracias al cual poder reconocerse e identificarse, especialmente en los tiempos difíciles de persecución. ¿Quién no recuerda aquellos símbolos que fueron también los primeros inicios de un arte pictórico o plástico? El pez, los panes o el pastor evocaban el misterio, llegando a ser, casi insensiblemente, los esbozos de un nuevo arte” (nº 7).
Todo símbolo remite a una realidad metasensible que se expresa en él. Los símbolos cristianos remiten al misterio religioso, en definitiva a la realidad personal de Dios Padre que se nos reveló en la figura humano-divina de Jesucristo. En ella resplandece la capacidad de lo sensible corpóreo de ser medio en el cual se nos hace presente la persona excelsa del Hijo de Dios. El arte sacro se convierte así en el apogeo de lo sensible corpóreo, es decir, en su transfiguración. La meta de los artistas cristianos será convertir la materia y las formas sensibles en lugar viviente de revelación de lo sagrado.
“La auténtica intuición artística va más allá de lo que perciben los sentidos y, penetrando la realidad, intenta interpretar su misterio escondido. Dicha intuición brota de lo más íntimo del alma humana, allí donde la aspiración a dar sentido a la propia vida se ve acompañada por la percepción fugaz de la belleza y de la unidad misteriosa de las cosas” (nº 6).
El icono o el arte de hacer presente lo divino
Esta elevación de las figuras corpóreas, convertidas en “imágenes” de lo sacro, se da de modo eminente en el arte oriental del icono, en el que no sólo se representan ciertas realidades sagradas sino que se las hace presentes. Esa presencia otorga a las imágenes una dimensión altísima. Por eso es fuente inagotable de inspiración. La inspiración es como una voz de lo alto que da profundidad a cuanto se expresa artísticamente. Toda imagen sacra, fruto de tal inspiración, adquiere una dimensión trascendente, se abre a un horizonte ilimitado. Esa fuerza expresiva que dinamiza las figuras y les da el poder simbólico propio de las imágenes vuelve transparentes los medios sensibles y les otorga un carácter mediacional. Un elemento expresivo sensible es mediatizador cuando se interpone entre el sujeto contemplador y la realidad contemplada. Es mediacional cuando constituye el lugar viviente de presencialización de la realidad expresada (nº 5).
Los símbolos presentan una condición relacional. Se hallan en la línea de todo el universo –que se asienta en energías estructuradas, interrelacionadas (4)- y, singularmente, del mundo personal, que se configura merced a la relación de encuentro. El pensamiento relacional dialógico está en la base del Personalismo que cultivó de modo penetrante Max Scheler y que ahondó la corriente iniciada por Ferdinand Ebner y Martín Buber, dos pensadores inspirados en la Religión de la alianza y el amor. En esta línea de pensamiento trabajó desde joven Juan Pablo II, cuyo lema intelectual y espiritual viene dado, de hecho, por la famosa sentencia de San Ireneo: “El hombre es la gloria de Dios”. Desde su primera Encíclica dejó patente que “el hombre en la plena verdad de su existencia (...) es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión” (5).
Esta mentalidad abierta que integra lo humano y lo divino en una relación de contemplación y amor cobró una expresión admirable en la Capilla redemptoris mater de Juan Pablo II, consagrada en el Vaticano en el año 2000. Lo expresó brillantemente el autor de la misma, el Padre esloveno Marco Ivan Rupnik, que contó con la colaboración del artista ruso Alexander Kornooukhov y el asesoramiento del teólogo moravo Padre Tomas Spidlic. Adviértase cómo vincula en su exposición el pensamiento relacional, la integración de los diversos niveles de realidad –materia, cuerpo, persona, vida en comunión...-, la condición dinámica de la vida del espíritu (6)...
“...La materia tiene un sentido propio y (...) éste, cuando emerge, se expresa como vida, como dinamismo, como vitalidad. No como una vitalidad desordenada, un vitalismo pagano, orgiástico (...), una vitalidad pasional, instintiva, sino como una vitalidad que es ritmo, orientación, sentido, camino de la gloria, canto”. “Por este motivo, uno de los elementos fundamentales del arte de esta Capilla es el movimiento. La vida de la materia se percibe sobre todo en el movimiento. El movimiento dibuja la orientación, la meta hacia la que se tiende. Y me parece que se puede ver también entre bastidores un movimiento material de las piedras que converge hacia el encuentro con las personas. (...) Toda la materia converge en la figura personal, para ser penetrada por el Espíritu como cuerpo humano.
Cuando la materia de lo creado es asumida en el cuerpo, sufre un salto de cualidad. El cuerpo no es simplemente materia. (...) El cuerpo es portador del espíritu y tiene una orientación, un movimiento hacia el Espíritu. (...)En las paredes vemos, por tanto, estos grandes movimientos de materia que confluyen en las personas, mientras que las personas, a su vez, hacen un gesto de orientación radical hacia Cristo. (...)Lo creado vive su verdad cuando es el espacio de amor entre las personas. Y la materia se siente realizada cuando es don entre las personas.
En esta Capilla me he inspirado en este estilo, en este ritmo, para proponer nuevamente un ambiente de vida para el hombre. Estos espacios rítmicos en que la materia , aunque pesada, con frecuencia se eleva en impulsos casi musicales, son un ámbito real, verdadero y palpable, de la belleza en la que vive el hombre salvado. La Iglesia es esta belleza en la que es colocado el hombre generado por el bautismo”.
Si bien se miran, los grandes estilos arquitectónicos cristianos, occidentales y orientales, intentan subrayar el dinamismo que vincula a los fieles entre sí y los orienta hacia Quien es la meta de su vida. En las iglesias orientales, el juego de las bóvedas orienta todos los espacios hacia lo alto. En cierta ocasión, un grupo de amigos del arte sacro entonamos un himno griego en la pequeña iglesia bizantina que se conserva entre las ruinas del ágora ateniense. Quedamos sobrecogidos al notar que nuestro canto ascendía, en oleadas sucesivas, hacia lo más alto del templo. Comprendimos entonces lo que significa exactamente pedir, con el salmista: “Suba mi oración, como incienso, hasta Ti, Señor”.
Este tipo de comprensión se logra a través de una forma de experiencia comprometida, abierta con sencillez al asombro que produce lo valioso, respetuosa con la verdad de todos los seres. Este amor a la verdad de la vida humana y la vida sobrenatural es uno de los elementos inspiradores de la Capilla “Redemptoris mater”:
“Ha sido un deseo mío que la Capilla hiciera ver una inteligencia contemplativa, no posesiva, no de dominio, a pesar de tanto movimiento y tanta fuerza. Una inteligencia liberada del cientifismo ideológico que con frecuencia domina también, del mismo modo que lo creado, el pensamiento de los hombres. Ante la mirada contemplativa se desvela el mundo. Ver a Dios es encontrar el Rostro, no una energía impersonal, amorfa, sino un Rostro, precisamente, porque el amor siempre tiene un rostro. (...)Para conseguir que surgiera este espacio litúrgico de la transfiguración del mundo y de la historia en la convergencia hacia Cristo de todos los personajes representados, las figuras se concentran en la mirada. Y la mirada es el rostro, y el rostro es la expresión personal, es la victoria de la comunión. Así, en las paredes, hay todo un relato de miradas, y los ojos son extremadamente importantes. (...)La mirada (después de la encarnación) es la verdadera fuerza expresiva del Espíritu y de la vida espiritual” (7).
El arte relacional de Rupnik, inspirado en buena medida en los escritos personalistas de Juan Pablo II, quiere expresar la fuerza unificadora de la belleza, vinculada radicalmente a la bondad y la unidad. La belleza, entendida, no como una realidad objetiva que presenta una figura determinada, sino como esa “tercera fuerza” de la que habla un autor oriental admirado por Rupnik: Vladimir Soloviev. Es una “fuerza” que entra en el mundo sin pedir un espacio para ella, sino envolviendo la realidad con una aureola de encanto, traspasándola de luz y dotándola de vida.
“Es un verdadero principio religioso, es decir, un reconocimiento del otro, un dar espacio al otro, un afirmar al otro”. “La belleza envuelve su contenido de manera que éste se presente con encanto y ejerza una atracción. Si uno se deja atraer y se va tras ese encanto, se le desvelan los misterios, muchas realidades: las paredes, las piedras, los colores, los ojos, los gestos, todo se hace camino para la verdadera vida. (...)El principio estético, entendido de esta manera, tiene como coordenada base la relacionalidad y, por tanto, actúa según la libre adhesión. La persona que se deja fascinar por la belleza es invitada a salir de su mundo individual y a entrar en relación con el otro, pero permanece libre de aceptarlo o no. La belleza suscita el amor, y el amor es, para nosotros los cristianos, el principio cognitivo verdadero y justo que abre las puertas del conocimiento” (8).
El artista que diseña y realiza los mosaicos no impone su propia voluntad y sus propios proyectos; acepta la capacidad expresiva de los materiales y el poder expresante de las realidades religiosas; les deja espacio para que puedan revelar su verdadero ser.
La meta que se propone Juan Pablo II
Al estar imbuido de esta idea trascendente del arte, Juan Pablo II se dirige a los artistas para instarlos a superar la tendencia a la horizontalidad superficial y a no abdicar de la profundidad inherente a toda creación artística valiosa.
“La mía es una invitación a redescubrir la profundidad de la dimensión espiritual y religiosa que ha caracterizado el arte en todos los tiempos, en sus más nobles formas expresivas”. “... La alianza establecida desde siempre entre el Evangelio y el arte (...) implica la invitación a adentrarse con intuición creativa en el misterio del Dios encarnado y, al mismo tiempo, en el misterio del hombre” (nº 14).
“En la perspectiva del tercer Milenio, quisiera que todos los artistas reciban abundantemente el don de las inspiraciones creativas, de las que surge toda auténtica obra de arte” (nº 15).
Esta inspiración la recibe el artista a través de una “iluminación interior”, que moviliza las energías de la mente y el corazón cuando se compromete incondicionalmente con el bien y con lo bello y hace de algún modo la experiencia del Absoluto que le trasciende. Al adentrarse en esa “patria del alma” que es la vida religiosa, el artista se pone en “estado de gracia” y es capaz de dar forma sensible a las realidades misteriosas cuya grandeza logra entrever (nº 13).
Consciente de que “la Humanidad de todos los tiempos –también la de hoy- espera ser iluminada sobre el propio rumbo y el propio destino”(nº 14), a fin de que el caos sea superado por el mundo del espíritu (9), el Papa concluye su Carta deseando que el trabajo de los artistas “contribuya a la consolidación de una auténtica belleza que, casi como un destello del Espíritu de Dios, transfigure la materia, abriendo las almas al sentido de lo eterno” (nº 16).
La belleza que salva
En su obra El idiota (III, cap. V), Fedor Dostoievski advierte que “la belleza salvará al mundo”. Se refiere a la belleza redentora de Cristo. Es conveniente meditar hasta el fondo esta sentencia porque, ante las múltiples calamidades que afligen a las gentes, puede considerarse como un esteticismo frívolo dedicar tiempo a contemplar realidades bellas. Esta objeción es difícilmente rebatible si reducimos la experiencia de la belleza a un mero dejarse mecer por el agrado de las proporciones armoniosas, el encanto del color y el sonido, la atracción seductora de ritmos electrizantes. En cambio, no tiene sentido tal reparo cuando advertimos que, al entrar en contacto directo con la belleza, nos sentimos atraídos hacia lo más valioso. Esta atracción no es una mera efusividad sentimental; es la instalación personal en una región elevada.
Beethoven confesó en cierta ocasión que a él se le había concedido vivir en una región de belleza inigualable, y la tarea de su vida consistía en transmitir a los hombres ese tesoro a través del lenguaje musical. Cuando oímos los primeros compases del Agnus dei de su Misa Solemne, nuestro oído se complace en la delicia de ciertos timbres y armonías. Pero estos sonidos no nos embriagan con su encanto; nos remiten a un mundo superior, nos instan a trascenderlos –sin abandonarlos- y unirnos a la inquietante súplica por la paz, sobrecogernos ante el temor a la guerra y vibrar con el grito angustioso de la soprano ante el redoble amenazador de los tambores lejanos. Cuando solistas, coro y orquesta se convierten en una gran súplica por la paz (“miserere, miserere; dona nobis pacem”), nos vemos transportados al reino de la bondad y la esperanza.
Este poder elevador del arte musical lo experimentó vivamente un genio de la dirección orquestal: Leopoldo Stokowski:
“Es imposible describir esto con palabras; sin embargo, todos hemos sentido el haber sido llevados mediante el mágico poder de la música lejos de este mundo, hacia estados de emoción de irresistible poder y misterio, completamente desconectados de nuestra vida real, a veces temerosos, otras con una visión extática de la belleza, en una tierra de ensueño que jamás olvidaremos...” (10).
No pocas personas se vieron en un momento dado inundadas de belleza, inmersas en un mundo de perfección que las lanzó decididamente hacia lo alto. Lo alto significa aquí exactamente el reino de los grandes valores, que constituyen, en todo rigor, el hogar del espíritu. Me refiero a la bondad, la justicia, la verdad, la unidad, la belleza. Estos valores eximios son reales, pero no al modo como lo son los entes concretos que tenemos a mano en la vida diaria. Son “la tercera potencia” de que habla Soloviev: la que hace que existan actitudes y acciones buenas, justas, verdaderas, bellas, generadoras de unidad. Cuando me siento ob-ligado en mi interior a la bondad y pienso que debo incondicionalmente hacer el bien y evitar el mal, me hallo en esa región de los valores radicales. Y lo mismo cabe decir de los otros cuatro valores.
Pero ¿por qué he de ser incondicionalmente bueno y justo por ejemplo con alguien que me ha lesionado el honor arbitrariamente, sólo por ensañarse con quien juzgaba desvalido? Todo mi ser se revela ante tal injusticia, pero una voz interior me dice –como sucedió a Sócrates- que debo practicar el bien en toda circunstancia. Para fundamentar esta opción radical, no hay otra vía que elevarse de nivel y recordar que todos los seres humanos procedemos de un Ser Perfecto, el bueno y justo por excelencia, que nos creó a su imagen y semejanza y nos dotó, con ello, de una dignidad inquebrantable. Esta dignidad es la que inspiró el gran precepto del Señor de que vivamos en unidad y nos amemos unos a otros.
El descubrimiento de estos dos niveles de vida (el nivel 3 y el nivel 4, que hacen posible una vida humana auténticamente creativa, nivel 2) nos permite comprender en alguna forma cómo al encontrarnos en presencia de la belleza, con su inmensa fuerza de atracción, nos sentimos trasladados al reino de lo divino, lo incondicionalmente bueno, justo, amable y bello.
El Cardenal Josef Ratzinger, en el Encuentro de Rimini de agosto 2002, confesó lo siguiente:
“El encuentro con lo hermoso puede convertirse en la herida de la flecha que lastima el corazón y de esta manera abre nuestros ojos. Por eso, más tarde, a causa de esta experiencia, conformamos el criterio para el juicio y así podemos evaluar correctamente los argumentos. Para mí, fue una experiencia inolvidable el concierto de Bach que Leonard Berstein dirigió en Munich tras la muerte súbita de Karl Richter. Yo estaba sentado al lado del obispo luterano Hanselmann. Cuando la última nota de una de las grandes cantatas del Cantor de la iglesia de Santo Tomás de Leipzig se disipó en el aire, nos miramos espontáneamente y nos dijimos: ´Todo aquel que ha escuchado esto sabe que la fe es verdad´. La música fue tan extraordinaria, fuerte y real que nos dimos cuenta, no tanto por deducción, sino por el impacto en nuestros corazones, que ella no ha podido originarse de la nada, antes
pudo llegar a la existencia gracias al poder de la Verdad que se tornó real en la inspiración del compositor. ¿No es también evidente algo así cuando nos permitimos ser impactados por el ícono de la Trinidad de Rublev?” (11).
Al atardecer de un día de Navidad, el gran diplomático y poeta Paul Claudel acudió a la Catedral de Notre Dame, a la hora del rezo de Vísperas. Lo hizo sin intención religiosa alguna, sólo por inmergirse en el grato ambiente que crea la música sacra navideña. Estuvo de pie, apoyado en la última columna de la derecha, mirando hacia el coro. De éste salían chorros de música bellísima que llenaban las naves de una intensa alegría. Cuando, al final, sonó el canto navideño Adeste fideles, que invita a las gentes a reunirse en torno al Niño recién nacido, el agnóstico poeta se sintió transportado a un reino admirable de belleza y de bondad, tan acogedor que no dudó en tomarlo como su hogar, tan real y poderoso que no pudo sino adentrarse en él. Comprendió enseguida que muchos aspectos de su vida necesitarían retoques y ajustes. Pero el gran paso estaba dado. No se trató de una decisión precipitada, tomada sobre la ola de una efervescencia sentimental. Claudel no sólo oyó unos cantos bellos; se vio sumergido en el mundo de la belleza, elevado por ella al nivel 3, en el que se gestan las opciones radicales a favor de los grandes valores. Al vivir una de tales opciones, se sintió transportado al nivel 4, en el que se fundamenta esa “religación” incondicional a la belleza. Sin saber cómo, fue súbitamente introducido en un mundo nuevo, lleno de inmensas posibilidades, que tendría que ir asumiendo poco a poco, con el ritmo lento de los procesos de maduración espiritual.
En estos procesos de elevación a lo divino juegan un papel decisivo el asombro y la admiración suscitados por lo altamente valioso. Jorge Federico Haendel, el gran compositor barroco, veía como cegada la fuente de su inspiración. Una tarde se puso a callejear por el viejo Londres, y, de repente, advirtió que, en una casa, una joven tocaba el piano y cantaba una canción relativa a la historia de Israel y a la vida, muerte y resurrección del Señor. Haendel se transfiguró. Volvió a casa, y durante 22 días estuvo, como en trance, consagrado febrilmente a la composición del oratorio El Mesías. “Me pareció estar en el Cielo”, confesó posteriormente. Esta transfiguración espiritual, cuyo fruto nos complacemos en admirar una vez y otra a través de interpretaciones a cada cual más bella, fue debida al hecho de entrar en contacto con la plenitud de vida que expresaba una sencilla canción. En ella había energía sobrada para inspirar una composición admirable.
La belleza, punto de partida de una gran Trilogía teológica
La fuerza transformadora de la belleza constituye el punto de partida para el largo y fecundo itinerario teológico de una mente poderosa: Hans Urs von Balthasar. Ante el niño pequeño aparecen unos seres que lo acogen, y, al hacerlo, se le manifiestan claramente, luminosamente, y esa “claritas” o luminosidad los hace aparecer a sus ojos como “bellos”. Recordemos que la belleza es el “esplendor” que acompaña a la verdad, es decir, a la autopatentización de cada realidad. Al manifestarse los familiares como acogedores, se presentan como buenos. Y, al revelarse como buenos, se muestran en toda su riqueza, y, por tanto, en su plena verdad.
En la realidad buena, bella, verdadera... de sus familiares se encuentra el niño con la realidad, con el ser. La Metafísica -el estudio profundo del ser o la realidad (12)- arranca de una Antropología que piensa con hondura lo que experimenta el ser humano desde que nace. Los llamados “trascendentales” son la forma en que el ser se revela de modo concreto en cuatro facetas: unidad, verdad, bondad, belleza.
Esta revelación luminosa de la riqueza del ser a través de un encuentro de dos o más personas concretas constituye una apelación por parte de un valor, y suscita en quien la percibe un movimiento de respuesta amorosa y de entrega confiada y sobrecogida.
La gran Trilogía teológica de Urs von Baltasar se inspira en esta idea viva, concreta y enriquecedora de los universales, vistos de forma analógica en el ser finito y en el Ser Supremo.
En la Primera Parte (la “Estética”), Dios se aparece, manifiesta y revela con gloria, magnificencia, luminosidad y, consiguientemente, belleza (13). Se revela para darse al hombre y establecer alianza con él, a fin de luchar por el bien.
Esta lucha se analiza en la Segunda Parte, la “Teodramática”.
Este Dios que se revela es Palabra eterna y puede hacerse comprensible al hombre, que es respuesta a la llamada divina y tiene, por ello, carácter “verbal”. Es el tema de la Tercera Parte o “Teo-lógica”.
Urs von Balthasar comienza por la Estética porque “el hombre de hoy, positivista, cegado para la Teología y la Filosofía, necesita aprender a ver de nuevo el resplandor del Dios glorioso y sublime en Cristo”. Los seres humanos debemos dejarnos impactar por el resplandor de Cristo, es decir, por su belleza, su verdad y su bondad. Dios no se reveló primariamente como maestro (“verdad”), ni como redentor (“bondad”), sino como manifestador de la gloria de su amor trinitario (“belleza”). El mundo fue creado para gloria de Dios. Gloria significa manifestación espléndida, en el doble sentido de luminosa y magnífica.
Urs von Balthasar configuró un nuevo estilo de pensar filosófico y teológico, que en buena medida ya habían iniciado los seguidores del pensamiento fenomenológico, el existencial y el dialógico (Max Scheler, Martín Buber, Ferdinand Ebner, Franz Rosenzweig, Jean Lacroix, Emmanuel Mounier, Romano Guardini, Gustav Siewert, August Brunner... ). Este estilo abierto y comprehensivo de pensar lo aplicó a una tarea titánica: lograr desde nuestra situación intelectual y espiritual una comprensión de la fe cristiana coherente y persuasiva. Urs destacó más de una vez su sorpresa ante el hecho de que un mundo tan “materialista y utilitarista” como el actual haya puesto las bases filosóficas para descubrir la condición eminentemente creativa del hombre y su capacidad de asumir la capacidad de trascender que implica su condición espiritual, ya que “en el yo se halla lo que es mayor que el yo, porque es lo absoluto y no puede designarse como lo otro”, porque le es “más íntimo que su propia intimidad” (San Agustín).
Comentarios a D. Alfonso López Quintás
Notas:
(1) Este testimonio anónimo se halla en el relato “A la sombra de Saint-Benoit-sur-Loire”, editado en la obra Testimonios de la fe. Relatos de conversiones, Rialp, Madrid 1953, p. 277.
(2)En el Congreso Mundial de Estética celebrado en Montréal (Canadá) el año 1984, una artista francesa defendió en una ponencia que las obras de arte no necesitan ser más que un mero objeto existente, un “il-y-a”, algo que “hay”, sencillamente. La cuestión del sentido de tales realidades, de su expresividad, de su relación con otras realidades, sobre todo con el sujeto contemplador... fueron dejadas de lado. Naturalmente, me vi en la obligación de manifestar que tal posición se cruza en perpendicular con cuanto, por fortuna, defiende actualmente la Ciencia, la Metafísica y la Teoría de la Creatividad.
(3) Sobre la transformación de las salas denominadas “basílicas” que realizaron los primeros cristianos para dar a sus iglesias la directriz horizontal que impulsa la marcha de los fieles hacia el altar, conforme al espíritu de peregrinos que se dirigen a su verdadera patria, pueden verse diversas precisiones en mi obra Inteligencia creativa. El descubrimiento personal de los valores, BAC, Madrid 32002, págs. 64, 487.
(4) “La materia –escribe el físico atómico canadiense Henri Prat- no es más que energía ´dotada de forma´, informada; es energía que ha adquirido una estructura”. (Cf. L´espace multidimensionnel, Les Presses de l´Université de Montréal, Montréal 1971, p. 15).
(5) Cf. Redemptor hominis, nº 14 a.
(6) Recuérdese cómo El Greco –de tradición ortodoxa griega- imprime un dinamismo especial a las figuras que componen escenas celestes. Ejemplo eminente de ello es la parte superior de su obra El entierro del conde de Orgaz.
(7) Cf. La Capilla “Redemptoris mater” del Papa Juan Pablo II, Monte Carmelo, Burgos 2002, págs. 180-181.
(8) Cf. O. cit., p. 183.
(9) En un momento dramático para Polonia, Adam Michiewicz escribió una frase que Juan Pablo II subraya en su Carta: “Surge del caos el mundo del espíritu”.
(10) Cf. Música para todos nosotros, Espasa-Calpe, Madrid 51954, p. 234.
(11) Cf. “El sentimiento de las cosas, la contemplación de la Belleza”, traducción de Arturo José Quarracino.
(12) Es sabido que Xavier Zubiri configuró su pensamiento maduro sobre la distinción de estos dos vocablos: ser y realidad. Para los efectos de este trabajo podemos, sin embargo, tomarlos como sinónimos
(13) Es muy significativo que los siete volúmenes que abarca esta Primera Parte lleven por título Gloria (en alemán: Herrlichkeit). La edición española fue realizado por la Editorial Encuentro, Madrid, a partir de 1986.
Autor: D. Alfonso López Quintás | Fuente: Universidad Complutense. Madrid
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Monday, March 13, 2006 8:01 AM
Arte Sacra Bizantina:Significado e Poder
O Crepúsculo de Bizâncio
riunda da Antigüidade helenística e romana, a arte sacra bizantina foi essencialmente religiosa. O espaço arquitetural era aproveitado em função do jogo de luz e sombra e, reluzindo de ouro, o mosaico destaca a arquitetura. Distinguem-se três períodos principais:
O PERÍODO JUSTINIANO (527-565)
Corresponde à fixação dos grandes traços dessa arte imperial. As plantas arquitetônicas diversificaram-se: planta retangular com armação, ou centrada, com número de naves variável e coberta com uma cúpula. Santa Sofia de Constantinopla, atribuída a Artêmios de Tralles e Isidoro de Mileto, é o templo mais notável dessa época, ao lado das igrejas de Ravena e Santa Catarina do Sinai. A crise do iconoclasmo, caracterizado pela rejeição da representação do divino, favoreceu o monaquismo e o aparecimento da escola capadociana.
A RENASCENÇA MACEDÔNICA ( 867-1057)
A arte sacra imperial humanizou-se: os santuários passaram a ter proporções menos imponentes, mas a planta em cruz inscrita chegava à perfeição e tornava-se perceptível do exterior. Colocada sobre pingentes ou sobre trompas de ângulo (porção da abóbada que sustenta uma parte saliente do edifício), a cúpula é sustentada pelas abóbadas em berço ou abóbadas em aresta. Na Grécia, Dáfni, São Lucas na Fócida e os Santos Apóstolos de Atenas são exemplos desse tipo, assim como a igreja do Pantocrator, em Constantinopla. As artes menores são testemunhos de um luxo refinado. Foi sob o reinado dos Comnenos que foram erguidas as numerosas igrejas da Iugoslávia (Ohrid, Nerezi, etc.).
O PERÍODO DOS PALEÓLOGOS (1258-1460)
Realismo e decoração narrativa tenderam a generalizar-se. As cenas estão plenas de personagens (mosaico de São Salvador-in-Cora . hoje Kahriye camii, de Constantinopla); os afresco multiplicaram-se. Os grandes centros de arte sacra bizantina são Tessalônica, Trebizonda e Mistra.
Apesar do desaparecimento do Império, a marca da arte bizantina manteve-se nas regiões mais diversas, como o monte Atos, a Iugoslávia, a Bulgária, a Romênia e a Rússia, a qual continuaria a produzir notáveis ícones.
A ARTE SAGRADA DOS ÍCONES
Desde o aparecimento dos ícones na história da Igreja, estes não eram considerados como uma mera obra artística. Os primeiros iconógrafos, tratavam de retratar com cores e pinturas o que os Evangelhos expressavam com palavras (Concílio de Nicéia II). Contudo, os ícones e, em geral, a cultura bizantina, é uma mescla de cultura, arte, historia, fé... que se faz viva no coração dos habitantes do Império. Desde os Imperadores até a pessoa mais humilde, viviam a experiência dos ícones como expressão da fé de um povo que experimentava diariamente a intervenção de Deus, da Theotokos e dos Santos na sua vida cotidiana, tal como viviam as primeiras comunidades cristãs de Jerusalém. Toda a cultura bizantina: arquitetura, escultura, pintura, bordados e manuscritos, entre outros, está iluminada por essa fé que impregna cada uma das atividades e da vida dos habitantes do Império.
ORIENTE E OCIDENTE: ICONÓGRAFOS E ARTISTAS
Enquanto o Ocidente expressa essa fé vivida mediante a experiência pessoal do artista, o Oriente atem-se aos cânones estabelecidos pela Igreja. O primeiro expressa sua própria experiência e os próprios sentimentos que experimenta sua fé, pintando com total e absoluta espontaneidade qualquer motivo religioso que lhe é sugerido, solicitado ou que, simplesmente, expresse o que ele sente ou experimenta. No Oriente, os iconógrafos, seguindo os ensinamentos do Mestre Dyonisios e, em geral, as determinações da Igreja, buscam reproduzir as mesmas passagens dos Evangelhos, omitindo qualquer experiência ou sentimento pessoal vivido, tratando, simplesmente, desde uma profunda vida de oração, expressar o conteúdo dos Evangelhos. Os iconógrafos, antes de a iconografia ter passado a ser objeto de ocupação de pessoas amantes das artes manuais eram sempre monges e a iconografia uma função conferida pela Igreja. A tarefa do iconógrafo sempre foi comparada ao do sacerdote. Primeiro porque ambos pregavam a Palavra de Deus, o primeiro com a pintura e as colores, o segundo mediante a palavra ou a escritura. Os Primeiros Ícones Cristãos.
Após a morte e a ressurreição de Cristo a fé nova espalhou-se rapidamente durante todo o mundo romano e o Oriente Médio. As histórias dos Apóstolos e das testemunhas que tinham conhecido Cristo davam descrições de sua aparência. Em algum ponto as pessoas começaram a criar e distribuir pinturas de Cristo. Estas incluindo também seus discípulos e os mártires da fé cristã.
Havia também umas pinturas muito antigas de Pedro e de Paulo. Entretanto, a igreja ficou um tanto dividida sobre as imagens de Cristo.
Um sínodo espanhol local em 305 decretou que essas pinturas fossem proibidas. Entretanto, o número dos exemplos das pinturas da Natividade e das alegorias dos pastores, da Anunciação ao redor de 250, mostra como as pinturas cristãs se tinham tornado conhecidas. O crescimento das imagens era simultâneo com o desenvolvimento da doutrina da encarnação de Cristo. Podemos razoavelmente supor que estas pinturas de Cristo e de seus santos eram, no começo, vistas simplesmente como representações realísticas das pessoas; tal como ocasionalmente vemos fotografias hoje em dia.
Muito rapidamente determinadas características de Cristo e dos santos foram estabelecidas como modelo para descrições futuras. Por exemplo, Pedro o Apóstolo é mostrado ligeiramente calvo, com cabelos anelados cinzentos e uma barba. Paulo é mostrado mais calvo na parte dianteira com cabelos castanhos retos, uma barba, garganta grossa e às vezes com um pouco de barriga. Estas imagens tiveram origem mais precisamente em Roma, onde as pessoas conheciam os dois apóstolos e suas aparências físicas. Um exemplo de um ícone pioneiro de São Pedro é mostrado ao lado. Acima dele estão os ícones circulares de São João, Cristo e a Virgem.
No início da era cristã havia duas imagens de Cristo que foram estandardizadas mais ou menos. Uma era de um jovem, idealizada e limpa, o tipo raspado do "herói". A segunda era a imagem que nos é tão familiar - um homem com seus 20 ou 30 anos, cabelos longos amarrados atrás, barba lisa, testa alta, nariz longo, e vestido com um manto solto, comprido.
Estas imagens eram colocadas em lugares visíveis por toda a cidade. Representavam a presença do imperador e de seu poderio. O incenso e o sacrifício eram oferecidos freqüentemente a estas imagens para provar a devoção de uma cidade a Roma ou à família imperial. As pessoas que queriam dar uma mostra de sua lealdade faziam o mesmo em suas próprias casas.
Todavia, poucas pessoas acreditavam realmente que o imperador era um deus. O fato de os cristãos se recusarem a oferecer o incenso ou o sacrifício era visto como um ato de traição. Muitos cristãos preferiam morrer do que adorar a imagem do imperador. Não se sabe exatamente quando as pinturas de Cristo começaram a fazer parte em muitos dos atributos da realeza, mas em alguns casos as vestes de Cristo foram transformadas nas cores reais de azul e o roxo imperial, quando se sentou no esplêndido trono. Em torno de sua cabeça brilhou um halo dourado com os raios que mostram os braços da cruz. Os halos vieram da Pérsia e por muito tempo foram considerados como um símbolo da divindade ou da santidade.
O primeiro ícone mostrado ao lado foi pintado em cera colorida com espátulas quentes. O manto foi pintado em púrpura imperial, cuja cor era recervada apenas aos imperadores. His hand is raised in blessing and he holds a gold-covered gospels encrusted with gemstones. O ícone provavelmente data do reinado do Imperador Justiniano (527-565) e pode ser uma dedicatória dele ao Monastério de Santa Catarina, que ele mandou construir por volta de 548. O ícone no centro é da Santíssima Virgem acompanhada pelos Santos Theodoro e Jorge. Atrás, anjos observam a mão de Deus saindo das nuvens. Esses três ícones mantém as características de autênticos retratos.
ÍCONES DO PERÍODO MÉDIO BIZANTINO
No princípio do século 8 irrompeu uma controvérsia terrível na igreja ortodoxa sobre o uso dos ícones na adoração e na oração. Os dois lados na batalha foram chamados os iconoclastas (quebradores de imagens), e os favoráveis aos ícones. O argumento sobre os ícones foi discutido na igreja durante cem anos. Os iconoclastas diziam que os ícones eram adorados, enquanto os favoráveis achavam que era somente veneração. A palavra grega para veneração é proskynesis, e essa mesma veneração era concedida ao imperador. Reverencia, saudação e respeito, mas não era adoração.
O Imperador Constantino através de um edito em 730 decretou a proibição dessas imagens. Esta proibição era ilegal e representava que, pela primeira vez, um imperador influía diretamente nos casos da igreja, ignorando os outros patriarcas, inclusive o papa em Roma.
O edito foi observado estritamente em Constantinopla. Mas, em 843, essa proibição foi revogada, com a vitória total dos ortodoxos.
Durante o Período Iconoclasta a tradição inteira da pintura dos ícones foi amplamente prejudicada. Podemos supor que os ícones criados durante esse período tinham um ar mais austero, talvez mesmo um tanto severo na aparência, considerando que nessa época quase todos os ícones eram produzidos nos mosteiros pelos monges.
Quando os pintores de ícones se tornaram livres para trabalhar abertamente, após a revogação de 843, é evidente que começaram a aparecer encomendas. Muitas igrejas precisavam imediatamente de decoração. Passaram-se muitos anos para os artistas voltarem a dominar a técnica e os estilos tradicionais. Os materiais para a pintura e o trabalho do mosaico tornaram-se difíceis de encontrar. Os ícones eram pintados na têmpera em ovo, no mosaico, no marfim, no vidro, no mármore, no ouro e em pedras preciosas. Nessa ocasião, o ícone ao lado foi criado sob encomenda na galeria sul de Hagia Sophia, por volta de 1185. A arte de Bizâncio tinha alcançado um refinamento e uma beleza talvez nunca antes conseguida. O mosaico descreve Cristo entronizado como Pantocrator; na esquerda (não mostrada) está Maria, mãe de Deus e João Batista (também não mostrado aqui). Considerando a posição do mosaico, e a qualidade própria do trabalho, este é o produto de um dos artistas famosos desse tempo. Infelizmente, como com a maioria da arte iconográfica, nós não sabemos o nome de seu autor. Este mosaico é, talvez, a realização artística mais delicada de Bizâncio e é tido como um dos trabalhos de arte mais importantes no mundo.
Este nível de realização perdurou após a conquista de Constantinopla pelos cruzados latinos em 1204 e durante a reconquista da cidade pelo imperador Miguel Paleologius em 1261. Entretanto, após cem anos da reconquista da cidade o estilo e a qualidade da pintura parecem declinar. O segundo ícone ao lado data de 1363 e é típico do trabalho dessa época.
Mostra Cristo Pantocrator virtualmente na mesma modalidade que o mosaico de Hagia Sophia, mas o desenho é inexpressivo, a coloração é um tanto exagerada e o ícone tem um sentimento quase desajeitado. As duas figuras pequenas na parte de baixo do ícone são de dois oficiais elevados da corte bizantina. Estes dois cavalheiros são mostrados como fundadores de um mosteiro dedicado ao Pantocrator, sendo que este ícone, provavelmente, pode estar associado com essa fundação.
O último ícone (mosaico) vem também da galeria superior de Hagia Sophia. Data do reinado do Imperador João Comnenus e é da Virgem "Nikopeia". Era o ícone sagrado dos imperadores de Bizâncio que o carregavam com eles durante as batalhas. Estas são cópias ampliadas dos mosaicos originais, que foram roubados durante o saque de Constantinopla pelos cruzados em 1204. São mostrados como relíquias no lado esquerdo do altar da Catedral de São Marcos em Veneza.
O CREPÚSCULO DE BIZÂNCIO
Nos primeiros tempos do Império Bizantino não houve, a bem dizer, unidade na cultura. Uma infinita variedade de motivos, formas, coloridos, testemunhava uma prodigiosa miscelânea étnica: quadros egípcios, ornamentos sírios, mosaicos de Constantinopla, afrescos de Tessalônica, por todo o lado a marca profunda das tradições seculares. Placa giratória entre a Europa e a Ásia, Bizâncio sofreu a vigorosa influência das civilizações orientais. A arte antiga e a cultura persa e árabe marcaram muitas obras-primas da arte bizantina com um toque inigualável. Durante séculos, Bizâncio foi um enorme cadinho onde se fundiram as correntes culturais de toda a Bacia mediterrânea e do Oriente Médio, mas que, por seu lado, exerceu a sua influência no desenvolvimento da cultura e da arte em diversos povos da Europa e da Ásia.
No século VI e princípio do século VII surgiram importantes obras históricas. Procópio de Cesareia, contemporâneo de Justiniano I, traçou um pormenorizado quadro da sua época. Na sua História secreta, ao contrário do que fizera nas suas outras obras, em que fazia o elogio do Imperador, Procópio relata os sofrimentos do povo e denuncia a venalidade dos funcionários e o deboche da corte.
Inúmeras obras de tradição oral cultivadas pelo povo não chegaram infelizmente até nós, mas os numerosos monumentos da arte bizantina que podemos admirar testemunham o gosto e mestria dos seus autores. Toda a riqueza da arte popular está revelada nos artigos de artesanato. As sedas eram ornadas com motivos de cores vivas; os artesãos trabalhavam a madeira, o osso, a prata, a cerâmica ou o mármore, tirando a sua inspiração do mundo vegetal ou animal. As paredes das igrejas estavam cobertas de afrescos de cores vivas, ainda livres de estilização. Os mosaicos do palácio imperial, por exemplo, reproduziam com muita verdade e calor certas cenas da vida rural. A iconoclastia deu um rude golpe na pintura religiosa acentuando ao mesmo tempo os assuntos profanos. Iluminuras cheias de dinamismo e de expressão ornavam as folhas dos livros.
Nos seus primórdios, os monumentos da arquitetura bizantina revelam uma forte influência da arte antiga. A maravilhosa igreja de Santa Sofia em Constantinopla é disso o mais perfeito exemplo. Foi construída no reinado de Justiniano, por Isidoro de Millet e Antêmio de Tralles e dedicada à Sabedoria Divina (Sophia). Esta basílica imensa é inundada pela luz que penetra pelas quarenta janelas rasgadas no contorno da alta cúpula. A sua abóbada coroa o edifício à semelhança do céu. Simbolizava o poderio e unidade do império cristão. No interior, Santa Sofia está suntuosamente decorada com mármores polícromos, mosaicos, afrescos resplandecentes e magníficas colunatas.
Em 13 de abril de 1204, os cruzados, vindos da Terra Santa, decidiram invadir Constantinopla. A cidade sucumbiu e sofreu um bárbaro saque. Metade da capital estava em escombros, enquanto a outra era devastada e pilhada. Os habitantes foram dizimados; dezenas de monumentos de arquitetura antiga, de inigualável beleza, perderam-se para sempre. Os cruzados saciaram-se com o sangue. Avaliou-se em mais de 400 000 marcos de prata a parte do saque que foi sistematicamente partilhada entre os cruzados, sem contar com as riquezas roubadas arbitrariamente e com o que ficou para os Venezianos. Um escritor bizantino, testemunha do saque de Constantinopla, dizia que os muçulmanos tinham sido mais misericordiosos e menos ferozes do que os cruzados.
O Império Bizantino desfez-se em pedaços. Os cruzados criaram o Império Latino. Surgiram Estados Gregos no Epiro e na Ásia Menor, que iniciaram imediatamente a luta contra os conquistadores. Depois da partilha de Bizâncio, os cavaleiros ocidentais recusaram-se a continuar a cruzada. Já não fazia qualquer sentido que se enfrentassem novos perigos. Só o Papa manifestou algum descontentamento, que não durou muito tempo; perdoou este "licenciamento" aos cavaleiros, na esperança de poder submeter a Igreja Bizantina à Santa Sé (os cruzados achavam os bizantinos uns hereges porque não aceitavam a autoridade do Papa).
Muitos artistas estavam entre os milhares de refugiados de Constantinopla. Vários desses artistas foram aproveitados nos impérios gregos que se formaram em Nicéia, em Trebizonda e em Mistra. Nestas cortes, especialmente em Nicéia, as artes floresceram rapidamente. Um estilo novo da arte bizantina emergiu nos Balcãs, Grécia e Ásia Menor. O ícone ao lado do Arcanjo Gabriel é um bom exemplo. Os destaques brilhantes no rosto e na roupa são típicos desse tempo e adicionam um movimento, quase nervoso, ao ícone. O estilo é do período dos Paleólogos.
Mas o Império Bizantino não podia voltar a ter o seu antigo vigor. Os seus recursos materiais tinham sido completamente pilhados. Incendiada, meia deserta, com os seus palácios em ruínas e as praças cheias de mato, Constantinopla já nada tinha da sua magnificência passada. A "rainha das cidades" já não existia. O capital comercial italiano triunfava sobre os ofícios locais e sobre o comércio. Veneza estava solidamente estabelecida no rico arquipélago e em algumas cidades do Peloponeso.
O ícone abaixo de São Cirilo é de São João Crisóstomo, um bispo de Constantinopla que viveu no século V. Sua testa ampliada, olhos minúsculos e rosto comprimido, são mostrados em uma forma exagerada e maneirista, características típicas da arte do período dos Paleólogos.
Abaixo do ícone de São João, um detalhe de um mosaico grande de São Jorge que fica na abóbada da igreja de São Salvador-in- Cora. Embora o rosto tenha o mesmo olhar suave e idealista do santo que tinha sido aceito pelos Cânones artísticos bizantinos por quase 1000 anos, determinados elementos na figura, tal como a cabeça ovalada, e as vestes excessivamente decoradas são marcas do período dos Paleólogos mostrado aqui em seu apogeu.
A imagem seguinte ao lado mostra a Virgem Theotokos que segura Cristo firmemente contra seu rosto. É uma pintura angular que talvez mostre a maestria do artista, que desenhou provavelmente a figura à mão livre, sem referência aos livros padronizados usados freqüentemente pelos artistas mais ou menos certos de seu talento. É um ícone curioso; o olhar indireto da Virgem parece distraído. Conscientemente ou inconscientemente, a representação do artista do Theotokos reflete a incerteza do tempo em que foi pintada.
Os historiadores da arte concluíram que as últimas décadas da arte de Bizâncio - aqueles anos que conduzem à conquista da cidade pelo sultão otomano Mehmet II, em 29 de maio de 1453 - foi um período difícil para a proteção da arte, considerando que uma tentativa válida foi feita para conservar o legado antigo de Bizâncio. Em um dos últimos estágios do império tentaram reacender a cultura que tinham herdado da Grécia, Roma e Bizâncio medieval. Por alguns anos a chama queimou-se brilhantemente. A última imagem ao lado mostra o detalhe de uma pintura da Natividade que decorava uma das igrejas de Mistra antes da invasão turca. A imagem da Virgem Theotokos é uma das mais intensas que temos do Império Bizantino. Mostra o gênio artístico que a cultura de 1100 anos de Bizâncio manteve em seus anos crepusculares.
www.ecclesia.com.br/biblioteca/iconografia/arte_sacra_bizan...[Modificato da @Nessuna@ 13/03/2006 8.08]
@Nessuna@
Tuesday, March 14, 2006 6:52 AM
Veneración de Imágenes
I. LAS IMÁGENES EN EL VIEJO TESTAMENTO
II. LAS IMÁGENES CRISTIANAS ANTES DEL SIGLO OCTAVO
III. LA VENERACIÓN DE IMÁGENES
IV. ENEMIGOS DE LA VENERACIÓN DE IMÁGENES ANTES DE LA ICONOCLASIA
V. LAS IMAGENES DESPUES DE LA ICONOCLASIA
VI. LAS IMAGENES DESPUES DE LA ICONOCLASIA
El Primer Mandamiento parecería prohibir absolutamente hacer cualquier tipo de representaciones de hombres, animales, o aún plantas:
No tendrás dioses extraños delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No las adorarás, ni las servirás (Ex., xx, 3-5).
Es por supuesto obvio que el énfasis de esta ley está en la primera y última cláusula “no dioses extraños”, “no los adorarás”. Sin embargo cualquiera que las lea puede apreciar también en las otras palabras una orden absoluta. A la gente no solamente se le dice que no adore ni sirva a las imágenes; sino que no deben ni siquiera tallar imágenes o inscripciones, que pudieran parecer, cualquier cosa en absoluto. Uno puede entender ya el alcance de tal orden en aquel tiempo. Si hacían estatuas o pinturas, probablemente terminarían adorándolas. Se muestra cuan propensos eran a erigir como un dios extraño a una talla en el relato del becerro de oro en el mismo momento que las diez palabras eran promulgadas. A diferencia de las naciones vecinas, Israel habría de adorar a un Dios invisible, así no habría peligro de que los Israelitas cayeran en la clase de religión de Egipto o Babilonia. Esta ley prevalecía ciertamente en lo tocante a las imágenes de Dios. Cualquier intento de representar el Dios de Israel gráficamente (parece que la becerro de oro tenía este significado – Éxodo xxxii, 5) es siempre desaprobada como una idolatría abominable. Pero, excepto por un período reciente, notamos que el mandamiento nunca fue entendido como una prohibición absoluta y universal para cualquier tipo de imagen. A través del Viejo Testamento hay ejemplos de representaciones de cosas vivientes, de ningún modo adoradas, pero usadas legalmente, aún ordenadas por la ley como ornamentos del tabernáculo y del templo. Los muchos casos de idolatría y variadas defecciones de la Ley que denuncian los profetas no son, por supuesto, los casos mencionados. Son las estatuas hechas y usadas con la completa aprobación de las autoridades las que muestran que las palabras, “No te harás ninguna imagen tallada” no eran entendidas en un sentido absoluto y literal. Podría ser que la expresión Hebrea traducida como “imagen tallada”tuviera un sentido técnico que significara más que una estatua, e incluyera la idea de “ídolo”; aunque esto no explica la dificultad de la siguiente frase. De cualquier modo es cierto que había “similitudes de lo que está arriba en el cielo o abajo en la tierra y en la aguas” en el culto Judío ortodoxo. Sea lo que sea lo que se piense hayan sido los misteriosos efod y terafines, estuvo la serpiente de bronce (Num., xxi, 9), que no fue destruida hasta que lo hizo Ezequías (IV Reyes, xviii, 4), estuvieron las guirnaldas de frutos y flores talladas y moldeadas (Num., viii, 4; III Reyes, vi, 18; vii, 36); el trono del rey que descansaba sobre leones tallados (III Reyes, x, 19-20), leones y toros soportaban los cimientos del templo (III Reyes, vii, 25, 29). Especialmente están los querubines, grandes figuras talladas de bestias (Ezeq., i, 5; x, 20, donde los mismos son llamados bestias), parados sobre el arca de la alianza (Ex., xxv, 18-22; III Reyes, vi, 23-8; viii, 6-7, etc.). Pero excepto por las cabezas humanas de los querubines (Ezeq., xli, 19, Ex., xxv, 20, cuando se combinan las referencias a ellos parecen apuntar irresistiblemente a algunas figuras tales como los toros alados con cabezas humanas Asirios) no leemos nada sobre estatuas de hombres en el culto legítimo del Viejo Testamento. En este punto, por lo menos, los Judíos parecen haber comprendido que el mandamiento prohibía hacer tales estatuas, aunque ni aún esto está claro en los períodos más tempranos. El efod alguna vez fue ciertamente una estatua de forma humana (Jueces, viii, 27; xvii, 5; I Reyes, xix, 13, etc.), y ¿qué eran los terafines?(Jueces, xvii,5) Ambos eran usado en el culto ortodoxo.
Sin embargo, durante el período Macabeo, hubo un fuerte sentimiento contra cualquier tipo de representación de cosas viviente. Josefo cuenta la anécdota de Herodes el Grande: “Fueron hechas ciertas cosas contra la ley por parte de Herodes por las cuales fue acusado por Judas y Matías. Ya que el rey hizo, y levantó sobre el gran portal del templo una inmensa águila dorada sagrada y muy preciosa. Pero está prohibido por la ley a quienes desean vivir de acuerdo con estos preceptos erigir imágenes, o asistir a cualquiera a consagrar figuras de cosas vivientes. Por lo tanto aquellos sabios hombres ordenaron destruir al águila” ("Antiq. Jud.", 1. XVII, c. vi, 2). Lo mismo en "De bello Jud.", 1. l, c. xxxiii (xxi), 2, dice: “Está fuera de la ley tener imágenes o pinturas en el templo, o cualquier representación de cosas vivientes”, y en su “Vida”: “que pudiera persuadirlos de destruir absolutamente la casa construida por Herodes el tetrarca, porque tiene imágenes de cosas vivientes (pronto morphas) ya que nuestra ley prohíbe hacer tales cosas” (Jos. Vita, 12). A riesgo de sus vidas, los Judíos persuadieron a Pilatos de quitar las estatuas de César erigidas entre los estandartes del ejército en Jerusalén ["Ant. Jud.", 1. XVIII, c. iii (iv), 1, De bell. Jud., ix (xiv), 2-3]; imploraron a Vitelio ni siquiera conducir tales estatuas a través de sus tierras [Ibíd., c. v (vii), 3]. Es bien conocido cuán fieramente resistieron diversos intentos de erigir ídolos de falsos dioses en el templo (ver JERUSALEN, II) aún cuando esto causara que los abominaran aún mas allá de su horror general por las imágenes de cualquier clase. De este modo se hizo general la convicción de que los Judíos aborrecían cualquier tipo de estatua o imagen. Tácito dice: “Los Judíos adoran un Dios que está en sus mentes solamente. Consideran profanos a los que hacen imágenes de dioses con materiales corruptibles a semejanza del hombre, ya que el es supremo y eterno, nunca cambiante ni mortal. Por lo tanto no permiten imágenes (simulacra) en sus ciudades o templos” (Hist., V, iv).
Son esta actitud intransigente en la historia Judía tardía, junto con el aparentemente obvio significado del Primer Mandamiento, los responsables de la idea generalizada de que los Judíos no tienen imágenes. Hemos visto que esta idea debe ser modificada en función de épocas anteriores. Tampoco prevalece en modo alguno como un principio universal en tiempos posteriores. A pesar de las ideas iconoclastas de los Judíos de Palestina descriptas por Josefo, a pesar de su horror a cualquier cosa de la naturaleza de un ídolo en su templo, los Judíos, especialmente en la Diáspora, no encontraban dificultad en embellecer sus monumentos con pinturas, aún con forma humana.
Hay una serie de catacumbas y cementerios Judíos decorados con pinturas representando pájaros, bestias, peces, hombres y mujeres. En Gamart, al Norte de Cartago, hay uno cuyas tumbas están adornadas con ornamentos tallados de guirnaldas y figuras humanas; en una de las cuevas hay pinturas de un jinete y otra persona sosteniendo un látigo bajo un árbol, otro en Roma en la Vigna Randanini, cerca de la Vía Apia tiene un techo pintado con pájaros, peces, y pequeñas figuras humanas aladas alrededor de una pieza central representando a una mujer, evidentemente una Victoria, coronando a una pequeña figura. En Palmira hay una cámara funeraria Judía toda pintada con figuras femeninas aladas que sostienen retratos redondos, arriba hay una pintura, con un estilo bastante del Romano tardía, de Aquiles y las hijas de Lycomedes (515 DC).
Muchos otros ejemplos de figuras talladas en sarcófagos, pinturas en paredes, y ornamentos, todas al modo de la decoración de Pompeya y de las catacumbas Cristianas, pero de cementerios Judíos, muestran que, a pesar de su religión exclusiva, los Judíos en los primeros siglos Cristianos se sometieron a la influencia artística de sus vecinos Romanos. De modo tal que en esta materia, cuando los Cristianos comenzaron a decorar sus catacumbas con pinturas sacras no cortaron con la costumbre de sus antepasados Judíos
II. LAS IMÁGENES CRISTIANAS ANTES DEL SIGLO OCTAVO
Dos cuestiones que deben obviamente mantenerse separadas son el uso de las imágenes sagradas y la reverencia que se les brinda. Aquellos Cristianos de los propios comienzos adornaban sus catacumbas con pinturas de Cristo, de los santos, de escenas de la Biblia y los grupos alegóricos son tan obvios y tan bien conocidos para que no sea necesario insistir sobre el hecho. Las catacumbas son la cuna de todo el arte Cristiano. Desde su descubrimiento en el siglo dieciséis – el 31 de mayo de 1578, un accidente reveló parte de las catacumbas en la Vía Salaria – y la investigación de sus contenidos que se ha desarrollado permanentemente desde entonces, nos permite reconstruir una idea exacta de las pinturas que las adornaban. Es un mito (defendido entre otros por Erasmo), que los primeros Cristianos tuvieran cualquier clase de prejuicio contra las imágenes, pinturas o estatuas, y ha sido disipado abundantemente por todos los estudiantes de arqueología Cristiana. La idea de que debieron haber temido el peligro de la idolatría entre sus nuevos conversos es refutado en la forma más simple por las pinturas y aún las estatuas, que permanecen desde los primeros siglos. Aún los Cristianos Judíos no tenían razón para tener prejuicios contra las pinturas, como hemos visto; menos aún tenían las comunidades Gentiles ningún sentimiento tal. Ellos aceptaban el arte de su tiempo y lo usaban, tanto como una comunidad pobre y perseguida podía hacerlo, para expresar sus ideas religiosas. Los cementerios paganos Romanos y las catacumbas Judías ya mostraban el camino; los Cristianos siguieron estos ejemplos con modificaciones naturales. Desde la segunda mitad del siglo primero hasta los tiempos de Constantino, enterraron sus muertos y celebraron sus ritos en estas cámara subterráneas. Los viejos sarcófagos paganos han sido tallados con dioses, guirnaldas y flores, y ornamentos simbólicos; los cementerios paganos, habitaciones y templos han sido pintados con escenas de la mitología. Los sarcófagos Cristianos estaban ornamentados con diseños indiferentes o simbólicos – palmas, pavos, vinos, con el monograma chi-ro (mucho antes de Constantino), con bajorrelieves de Cristo como el Buen Pastor, o sentado entre las figuras de los santos, y, a veces, como en el famoso de Julio Baso, con elaboradas escenas del Nuevo Testamento. Y las catacumbas estaban cubiertas con pinturas. Hay otras decoraciones tales como guirnaldas, cintas, paisajes estrellados, y vinos que sin duda en muchos casos tenían un significado simbólico
Uno ve con alguna sorpresa motivos de la mitología empleados entonces en un sentido Cristiano (Psique, Eros, Victorias aladas, Orfeo), y evidentemente usados como una representación de nuestro Señor. Constantemente recurren ciertas escenas del Viejo Testamento que tienen una evidente aplicación a su Vida e Iglesia: Daniel en la madriguera del león, Noé y su arca, Sansón empujando el portal, Jonás, Moisés golpeando la roca. También son muy comunes escenas del Nuevo Testamento, la Natividad y la llegada de los Reyes Magos, el bautismo de nuestro Señor, el milagro de los panes y los peces, la fiesta del casamiento en Canaá, Lázaro, y Cristo enseñando a los Apóstoles. Hay también figuras puramente típicas: la mujer orando con las manos elevadas representando a la Iglesia, ciervos bebiendo de una fuente que brota de un monograma chi-ro, y ovejas. Y hay especialmente figuras de Cristo como el Buen Pastor, como legislador, como el niño en brazos de Su madre, de Su cabeza solamente en un círculo, de nuestra Señora sola, de San Pedro y San Pablo, figuras que no son escenas de eventos históricos, pero, como las estatuas en nuestras iglesias modernas, son solamente conmemorativas de Cristo y Sus santos. Hay poco que pueda ser descrito como escultura en las catacumbas; hay unas pocas estatuas por una razón muy simple. Las estatuas son más difíciles de hacer, y mucho más costosas que los murales. Pero no había ningún principio en contra de ellas. Eusebio describe estatuas muy antiguas Cesárea Filipi representando a Cristo y la mujer que El curó allí ("Hist. eccl.", VII, xviii, Mat., ix, 20-2). Los más antiguos sarcófagos tienen bajo relieves. Tan pronto como la Iglesia salió de las catacumbas, se hizo más rica, no tuvo más miedo a la persecución, la misma gente que había pintado sus cuevas comenzó a hacer estatuas de los mismos temas. La famosa estatua del Buen Pastor en el Museo Laterano fue hecha tan tempranamente como a comienzos del siglo tercero, las estatuas de Hipólito y de San Pedro datan de fines del mismo siglo. El principio fue muy simple. Los primeros Cristianos estaba acostumbrados a ver las estatuas de los emperadores, de dioses paganos y de héroes, lo mismo que murales paganos. Por tanto hicieron pinturas de su religión, y, tan pronto las pudieron solventar, estatuas de su Señor y de sus héroes, sin el más remoto temor o sospecha de idolatría.
La idea de que la Iglesia de los primeros siglos era de algún modo prejuiciosa contra las pinturas y las estatuas es la más imposible ficción. Después de Constantino (306-37) hubo, por supuesto, un enorme desarrollo de todo tipo. En lugar de cavar catacumbas, los Cristianos comenzaron a construir espléndidas basílicas. Las adornaron con costosos mosaicos, grabados y estatuas. Pero no hubo nuevos principios. Los mosaicos representaban más artística y ricamente los motivos que habían sido pintados en las paredes de las viejas cuevas, las grandes estatuas continuaron la tradición comenzada por los sarcófagos tallados con pocos ornamentos de plomo y vidrio. Desde ese tiempo hasta la Persecución Iconoclasta, las imágenes sagradas fueron posesión a través de todo el mundo Cristiano. San Ambrosio (397 DC) describe en una carta cómo, una noche se le apareció San Pablo, y que él lo reconoció por su parecido a sus pinturas (Ep. ii, en P. L., XVII, 821). San Agustín (430 DC) se refiere varias veces a las pinturas de nuestro Señor y los santos en las iglesias (e. g. "De cons. Evang.", x en P. L., XXXIV, 1049; "Contra Faust. Man.", xxii 73, en P. L., XLII, 446); dice que algunas personas hasta las adoran ("De mor. eccl. cath.", xxxiv, P. L., XXXII, 1342).
San Jerónimo (420 DC) también escribe de las pinturas de los Apóstoles como bien conocidos ornamentos de iglesias (En Ionam,iv). San Paulino de Nola (431 DC) pagó por mosaicos que representaban escenas Bíblicas y santos en las iglesias de su ciudad, y luego escribió un poema describiéndolos (P. L., LXI, 884). Gregorio de Tours (594 DC) dice que una dama Franca, que construyó la iglesia de San Esteban, le mostró a los artistas que pintaron sus paredes como debían representar a los santos sacándolo de un libro (Hist. Franc., II, 17, P. L., LXXI, 215). En el Este San Basilio (379 DC), predicando sobre San Barlaam, reclama a los pintores que haciendo pinturas del santo, le hagan más honor del que él pudo hacer con sus palabras. ("Or. en S. Barlaam", en P. G., XXXI). San Nilo, en el siglo quinto, culpa a un amigo porque deseaba decorar una iglesia con ornamentos profanos, y lo exhorta a reemplazarlos por escenas de las Escrituras (Epist. IV, 56). San Cirilo de Alejandría (444 DC) fue tan grande defensor de los íconos que sus oponentes lo acusaron de idolatría (por todo esto ver Schwarzlose, "Der Bilderstreit" i, 3-15). San Gregorio Magno (604 DC) fue siempre un gran defensor de las pinturas santas (ver abajo).
(N.del T : El Catecismo de la Iglesia Católica trata el tema en 476 “Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo es limitado. Por eso se puede “pintar” la faz humana de Jesús (Ga 3,2). En el séptimo Concilio Ecuménico, La Iglesia reconoció que es legítima su representación en imágenes sagradas”. Amplía en los puntos 1159 ss., 2130 ss.,2691, 2705.)
Notamos, sin embargo, en los primeros siglos una cierta reticencia a expresar el dolor y la humillación de la Pasión de Cristo. Ya fuera para no herir la susceptibilidad de los nuevos conversos, o como una reacción natural desde su condición de secta perseguida, Cristo es generalmente representado como espléndido y triunfante. Hay pinturas de Su Pasión aún en las catacumbas (e.g., la coronación de espinas en la Catacumba de Pretextato en la vía Apia) o Cristo mostrando Su Poder, resucitando a Lázaro, obrando algún otro milagro, parado entre Sus Apóstoles, sentado en su gloria. No hay pinturas de la Crucifixión excepto el falso crucifijo rayado por algún soldado pagano en las barracas Palatinas. En las primeras basílicas también el modelo de Cristo triunfante continúa siendo la normal. La curva del ápice (concha) sobre el altar está regularmente cubierta con un mosaico representando el reino de Cristo en algún grupo simbólico. Nuestro Señor se sienta en un trono, está vestido con la túnica talaris y pallium, sostiene un libro en Su mano izquierda, y está con la derecha levantada. Este es el modelo que se encuentras a en incontables basílicas en el Este y Oeste desde los siglos cuarto a séptimo. El grupo alrededor de Él varía. A veces son santos apóstoles o ángeles (Santa Prudenciana, Santos Cosmas y Damián, San Pablo en Roma, Santo Vitalis, San Miguel); a menudo a ambos lados de Cristo hay figuras puramente simbólicas, corderos, ciervos, palmas, ciudades, los símbolos de los evangelistas ( San Apolinario en Classe, la capilla de Galla Placidia en Ravena). Un típico ejemplo de esta tradición era el mosaico del ápice de la vieja San Pedro en Roma (destruida en el siglo dieciséis). Aquí Cristo es entronado en el centro de la manera usual, barbado, con un nimbo, en túnica y palio, sosteniendo un libro en la mano izquierda, bendiciendo con la derecha. Debajo de sus pies brotan cuatro arroyos (los ríos del Edén, Gen. Ii, 10) de los cuales beben dos ciervos (Sal. xli, 2). A cada lado de Cristo están San Pedro y San Pablo, y detrás de cada uno de ellos una palmera; el fondo está salpicado de estrellas mientras que arriba rayos de luz y una mano emergiendo desde bajo una pequeña cruz sugieren a Dios Padre. Debajo hay un friso en el cual salen corderos de una pequeña ciudad en cada extremo (marcadas Jerusalén y Belén) hacia un Agnus Dei sobre una colina, de la que nuevamente fluyen cuatro arroyos. Detrás del Agnus Dei hay un trono con una cruz, detrás de los corderos, una fila de árboles. Posteriormente fueron agregadas figuras de un papa (Inocencio III, 1198-1216) y un emperador precediendo la procesión de corderos, pero el plan esencial de este mosaico (restaurado a menudo) data del siglo cuarto.
Aunque las representaciones de la Crucifixión no ocurren hasta después, la cruz, como el símbolo del Cristianismo, data de su comienzo. Justin Mártir (165 DC) lo describe de un modo que ya implica su uso como un símbolo (Dial. cum Tryph., 91). Dice que la cruz es providencialmente representada en cada tipo de objeto natural: la vela de un barco, un arado, aún el cuerpo humano (Apol. I, 55). De acuerdo con Tertuliano (alrededor de 240 DC), los Cristianos eran conocidos como los “adoradores de la cruz” (Apol., xv). Tanto las cruces simples, como el monograma chi-ro son ornamentos comunes de las catacumbas; combinados con ramas de palmeras, corderos y otros símbolos, forman un obvio símbolo de Cristo. Después de Constantino, la cruz, espléndidamente hecha, con oro y gemas, se erigió triunfalmente como el estandarte de Fe conquistadora. Una pintura en una catacumba posterior representa una cruz ricamente enjoyada y adornada con flores. El Labarum de Constantino en la batalla del Puente Milvian (312), y la anécdota del hallazgo de la Verdadera Cruz por Santa Helena, dieron un fresco impulso a su veneración. Aparece (sin una figura) sobre la imagen de Cristo en el mosaico del ápice de Santa Prudenciana en Roma, en Su nimbo constantemente, en algunos lugares prominentes en un altar o trono (como el símbolo de Cristo), en prácticamente todos los mosaicos sobre el ápice o en el lugar principal de las primeras basílicas (San Pablo en Roma, ibid., 183, San Vitalis en Ravena). En la capilla Galla Placidia en Ravena, Cristo (como el Buen Pastor con Sus ovejas) sostiene una gran cruz en Su mano izquierda. La cruz tiene un lugar especial como objeto de veneración. Era el principal signo externo de la Fe, era tratada con más reverencia que cualquier pintura “veneración de la cruz” (stauralatreia) era una cosa especial distinta de la veneración de imágenes, de modo tal que vemos que los más benignos de los Iconoclastas en años posteriores, aún tratábanla con reverencia, mientras que destruían pinturas. Un argumento común de los veneradores de imágenes a sus oponentes fue que mientras estos últimos también veneraban la cruz, eran inconsistentes al rechazar la veneración de otras imágenes (ver ICONOCLASIA). La cruz además ganó un importante lugar en la conciencia de los Cristianos por su uso en funciones rituales. Hacer la señal de la cruz con la mano pronto se convirtió en la forma común de profesar la Fe o invocar una bendición. Los Cánones de Hipólito dice a los Cristianos: “Señala tu frente con la señal de la cruz para derrotar a Satán y glorificar en tu Fe” (c. xxix; cf. Tertuliano, "Adv. Marc.", III, 22). La gente oraba con los brazos extendidos para representar una cruz (Origen, "Hom. in Exod.", iii, 3, Tertuliano, "de Orat.", 14). Así también, hacer la señal de la cruz sobre una persona o cosa se convirtió en un gesto usual de bendición, consagración, exorcismo (Lactantius, Divine Institutes IV:27), cruces reales de material adornaban las copas usada en la Liturgia, una cruz era llevada en procesión y se la situaba en el altar durante la Misa. El Primer Ordo Romano (siglo sexto) alude a las cruces portantes en la procesión. Tan pronto como la gente comenzó a representar escenas de la Pasión naturalmente incluyeron el evento principal, y, por tanto tenemos las primeras pinturas y tallados de la Crucifixión. Las primeras menciones de crucifijos son del siglo sexto. Un viajero en el reino de Justiniano nos da noticia de que vio uno en una iglesia en Gaza, en el Oeste, Venancio Fortunato vio un palio bordado con una figura de la Crucifixión en Tours, y Gregorio de Tours se refiere a un crucifijo en Narbone. Por un largo tiempo Cristo en la cruz fue representado siempre vivo. Los crucifijos más viejos que se conocen son los de las puertas de madera de Santa Sabina en Roma y un tallado en marfil en el Museo Británico. Ambos son del siglo quinto. Un manuscrito Siríaco del siglo sexto contiene una miniatura representando la escena de la crucifixión. Hay otras representaciones parecidas hasta el siglo séptimo, después del cual se torna usual la costumbre de agregar la figura de nuestro Señor a las cruces; el crucifijo tomó posesión en todos lados.
Por tanto la conclusión es que el principio de adornar las capillas e iglesias con pinturas data del mismo comienzo de los tiempos cristianos: siglos antes de los problemas Iconoclastas eran usadas a través de toda la Cristiandad. También todas las viejas Iglesias Cristianas en el Este y el Oeste usan pinturas sagradas constantemente. La única diferencia es que aún antes de la Iconoclasia, en el Este existió un cierto prejuicio contra las estatuas sólidas. Esto se ha acentuado desde la época de la herejía Iconoclasta (ver abajo, sección 5). Pero hay pistas de ello antes; es compartido por los viejos cismáticos (las Iglesias Nestorianas y Monofisitas que se apartaron mucho antes de la Iconoclasia). El principio en el Este no fue universalmente aceptado. Los emperadores erigieron sus estatuas en Constantinopla sin que se los culpara; las estatuas con propósitos religiosos existieron en el Este antes del siglo octavo (ver por ejemplo el Buen Pastor de mármol Tracia, Atenas y Esparta, la Madonna y el Niño de Salónica, pero son mucho más raros que en el Oeste. Las imágenes en el este eran generalmente planas, pinturas, mosaicos, bajo relieves. Los más celosos defensores Orientales de los santos íconos parecen haber sentido, sin embargo, que tales representaciones planas eran justificables, mientras que había algo sobre las estatuas sólidas que las hacía sospechosamente parecidas a un ídolo
III. LA VENERACIÓN DE IMÁGENES
Una cosa distinta de la admisión de las imágenes es la cuestión del modo en que eran tratadas. ¿Qué signos de reverencia, si había alguno, le daban los primeros Cristianos en sus catacumbas e iglesias? Para el primer período no tenemos información. Hay tan pocas referencias a las imágenes en la primera literatura Cristiana que difícilmente hubiéramos sospechado su presencia ubicua de no haberse mostrado ellas realmente en las catacumbas como el más convincente argumento. Pero estas pinturas de las catacumbas no nos dicen nada sobre cómo eran tratadas las mismas. Podemos dar por seguro, por un lado, que los primeros Cristianos entendían muy bien que las pinturas no tenían ninguna participación en la adoración debida solamente a Dios. Su monoteísmo, su insistencia en el hecho de que ellos servían solamente a un todopoderoso invisible Dios, su horror a la idolatría de sus vecinos, la tortura y muerte de sus mártires sufrida antes de depositar un grano de incienso ante la estatua del numen del emperador son suficientes para convencernos que no estaban erigiendo filas de ídolos propios. Por otra parte, el lugar de honor que le otorgaban a sus símbolos y pinturas, el cuidado con el que las decoraban, sugiere que trataban a las representaciones de sus más sagradas creencias con al menos una reverencia decente. Es desde esta reverencia que se desarrolla gradual y naturalmente toda la tradición de venerar las imágenes. Después de la época de Constantino es todavía principalmente por conjeturas que podemos deducir la manera en que eran tratadas esas imágenes. La etiqueta de la corte Bizantina evolucionó gradualmente hacia elaboradas formas de respeto, no solamente hacia la persona del César sino aún hacia sus estatuas y símbolos. Filostorgio (quien fue un Iconoclasta mucho antes del siglo octavo) dice que en el siglo cuarto los ciudadanos Cristianos Romanos en el Este ofrecían presentes, incienso y aún oraciones, a las estatuas del emperador (Hist. eccl., II, 17). Sería natural que gente que se inclinaba, besaba, prendía incienso a las águilas imperiales y a las imágenes de Cesar (con ninguna sospecha de nada parecido a la idolatría), quienes prestaban elaboradas reverencias a un trono vacío como su símbolo, otorgara las mismas señales a la cruz, las imágenes de Cristo, y al altar. Por tanto, en los primeros siglos Bizantinos crecieron tradiciones de respeto que gradualmente se fueron fijando, como lo hace todo ceremonial, Tales prácticas se derramaron en alguna medida a Roma y al Oeste, pero su hogar fue la Corte de Constantinopla. Mucho después los obispos Francos en el siglo octavo todavía no eran capaces de comprender formas que en el Este eran naturales y obvias, pero para los Germanos parecían degradantes y serviles (Sínodo de Frankfort, 794; ver ICONOCLASIA IV).También es significativo que, aunque Roma y Constantinopla acordaron completamente el principio de honrar a las imágenes santas con signos de reverencia, los descendientes de los subyugados del emperador Oriental fueron aún mucho más lejos que nosotros en el uso de tales signos.
El desarrollo fue entonces una cuestión de moda general más que de principio. Para el Cristiano Bizantino del siglo quino y sexto, la postración, los besos, el incienso eran el modo natural de mostrar honor a cualquiera; estaba acostumbrado a tales cosas, era aún apropiado para con sus superiores civiles y sociales; estaba acostumbrado a tratar los símbolos del mismo modo, brindándole un honor relativo el que obviamente estaba realmente dirigido a sus prototipos. Y por tanto llevaba sus hábitos normales a su iglesia. La tradición, el instinto de conservación en que siempre se insiste en materia eclesiástica o la costumbre, gradualmente estereotiparon tales prácticas hasta que fueron anotadas como reglas y se convirtieron en parte del ritual. No hay ninguna sospecha de que la gente que estaba inconscientemente desarrollando este ritual, confundiera la imagen con su prototipo u olvidara que estaba dirigido en homenaje supremo sólo a Dios. Las formas usadas eran tan naturales para ellos como para nosotros saludar a la bandera.
Al mismo tiempo uno debe admitir que justo antes de la revuelta Iconoclasta las cosas habían ido demasiado lejos en la dirección de la veneración de imágenes. Aún así es inconcebible que ninguno, excepto quizás los más groseramente estúpidos campesinos, puedan haber pensado que una imagen podía escuchar la plegarias, o hacer algo por nosotros. Y sin embargo el modo en el cual alguna gente trataba sus íconos sagrados sugiere más que el meramente relativo honor que se supone que los Católicos deben observar para con ellos. En primer lugar, las imágenes se habían multiplicado en una enorme medida en todos lados, las paredes de las iglesias estaban cubiertas por dentro desde el piso hasta el techo con íconos, escenas de la Biblia, grupos alegóricos, (Un ejemplo de esto es Santa María Antiqua, construida en el siglo séptimo en el Foro Romano, con su arreglo sistemático de pinturas cubriendo la iglesia completa. Los íconos, especialmente en el Este, eran llevados en los viajes como una protección, marchaban a la cabeza de los ejércitos, y presidían las carreras en el hipódromo; colgaban en lugar de Honor en cada cuarto, sobre todo negocio; cubrían copas, prendas, mobiliario, anillos; en cualquier lugar en que se encontraba un espacio posible, se lo llenaba con una figura de Cristo, nuestra Señora o un santo. Es difícil entender exactamente que pensaban de ellos esos Cristianos Bizantinos de los siglos séptimo y octavo. Los íconos parecen haber sido de algún modo el canal a través del cual el santo era aproximado; tiene una virtud casi sacramental en despertar sentimientos de fe, amor, etc. en aquellos que los miraban fijamente; a través y por los íconos Dios obraba milagros, el ícono hasta parece haber tenido su propia personalidad, en tanto que ciertas pinturas eran especialmente eficaces para ciertas gracias. Los íconos eran coronados de guirnaldas, inciensados, besados. Lámparas ardían ante ellos, les eran cantados himnos en su honor. Eran aplicados por contacto a personas enfermas, puestos en la ruta de un incendio o torrente para pararlo por una especie de magia. En muchas oraciones de esta época la inferencia natural de las palabras sería que son dirigidas a la pintura presente.
Si tanta reverencia se brindaba a imágenes ordinarias “hechas a mano”, cuán mucha más se le ofrecía a las milagrosas “no hechas a mano” (eikones acheiropoietai). De estas había muchas que habían descendido milagrosamente del cielo, o – como la más famosa de todas en Edessa – habían sido producidas por nuestro Señor Mismo mediante la impresión de Su rostro sobre una tela (La anécdota de la pintura de Edessa es la forma Oriental de nuestra leyenda de Verónica). El Emperador Miguel II (820 – 9), en su carta Luis el Pío describe los excesos de los veneradores de imágenes:
Han quitado la santa cruz de las iglesias y las han reemplazado por imágenes ante las cuales queman incienso... Cantan salmos ante estas imágenes, se postran ante ellas, imploran su ayuda. Muchos visten especialmente las imágenes con prendas de lino y las eligen como padrinos de sus hijos. Otros, quienes se convierten en monjes, abandonando la vieja tradición – de acuerdo con la cual el cabello que se les corta es recibido por alguna persona distinguida – lo dejan caer en las manos de alguna imagen. Algunos sacerdotes raspan la pintura de las imágenes, la mezclan con el pan consagrado y el vino y se lo daban a los fieles. Otros ubican el cuerpo del Señor en las manos de imágenes de las cuales es tomada por los comulgantes. Otros, asimismo, despreciando las iglesias, celebran el Servicio Divino en casas privadas, usando una imagen como un altar (Mansi, XIV, 417-22).
Estas son las palabras de ácido Iconoclasta, y deberían, sin duda, ser recibidas con cautela. Sin embargo la mayoría de las prácticas descriptas por el emperador pueden ser establecidas por otras evidencias libres de toda sospecha. Por ejemplo, Santo Teodoro del Studion escribe para felicitar a un oficial de la corte por haber escogido un ícono sagrado como padrino para su hijo (P.G., XCIX 962-3). Tales excesos como estos explican, en parte al menos, la reacción Iconoclasta en el siglo octavo. Y la tormenta Iconoclasta produjo al menos un buen resultado: el Séptimo Sínodo Ecuménico (Nicea II, 787), que, mientras defendió las imágenes santas, explicó el tipo de veneración que puede legítima y razonablemente otorgarse a las mismas y desaprobó todas las extravagancias. Una anécdota curiosa, que ilustra la dimensión a la cual había llegado la veneración de las imágenes para el siglo octavo, es contada en el “Nuevo Jardín” (Neon Paradeision -- Pratum Spirituo ale) de un monje de Jerusalén, Juan Moschus (619 DC). Este trabajo fue por mucho tiempo atribuido a Sophronius de Jerusalén. En el mismo el autor cuenta la historia de un viejo monje en Jerusalén que estaba muy atormentado por la tentación de la carne. Al final el demonio le promete paz a condición de que él deje de honrar su figura de nuestra Señora. Él lo prometió, y entonces comenzó a sufrir tentaciones contra la fe. Consultó a su abad quien le dijo que mejor sufriera el anterior mal (aparentemente aún rindiéndose a la tentación) “mejor que dejar de venerar a nuestro Señor y Dios Jesucristo con Su madre”.
Por otro lado, en Roma especialmente, encontramos que la importancia de las santas imágenes es explicada sobria y razonablemente. Son los libros de los ignorantes. Esta idea es una de las favoritas de San Gregorio Magno (604 DC). Escribe a un obispo Iconoclasta, Sereno de Marsella, quien ha destruido las imágenes de su diócesis: “No sin razón ha permitido la antigüedad que las historias de los santos fueran pintadas en los lugares santos. Y nosotros ciertamente te elogiamos por no permitir que ellas sean adoradas, pero te culpamos por romperlas. Porque una cosa es adorar una imagen, y otra muy distinta aprender de la apariencia de una pintura lo que debemos adorar. Lo que los libros son para aquellos que pueden leer, lo es una pintura para el ignorante que la mira; en una pintura aún el ignorante puede ver qué ejemplo debería seguir; en una pintura aquellos que no conocen una letra pueden sin embargo leer. Por tanto, especialmente para los bárbaros, una pintura toma el lugar de un libro” (Ep. ix, 105, in P. L., LXXVII, 1027). Pero también en el Este había gente que compartía esta más sobria opinión Occidental. Anastasio, Obispo de Teópolis (609 DC), quien era amigo de San Gregorio y tradujo al Griego su “Regula Pastoralis”, se expresa en casi el mismo modo y hace la distinción entre proskynesis y latreia que se hizo tan famosa en los tiempos de la Iconoclasia : “Veneramos (proskynoumen) a hombres y a los santos ángeles; no los adoramos (latreoumen). Moises dice: Venerarás a tu Dios y solamente a él adorarás. Obsérvese que antes de la palabra ‘adorar’ el pone ´solamente', pero no antes de la palabra ‘venerar’, porque es legitimo venerar [criaturas], desde el momento que es solamente darles un honor especial (énfasis de tiempos), pero no es legítimo adorarlas ni de ningún modo ofrecerles oración o adoración (proseuxasthai)" (Schwarzlose, ob. cit., 24).
IV. ENEMIGOS DE LA VENERACIÓN DE IMÁGENES ANTES DE LA ICONOCLASIA
Mucho antes de la revuelta en el siglo octavo hubo casos aislados de personas que temían el continuo crecimiento del culto de las imágenes y veían en ella peligro de un retorno a la vieja idolatría. No necesitamos resaltar con relación a esto las invectivas de los Padres Apostólicos contra los ídolos (Athenagoras "Legatio Pro Christ.", xv-xvii; Theophilus, "Ad Autolycum" II; Minucius Felix, "Octavius", xxvii; Arnobius, "Disp. adv. Gentes";Teruliano, "De Idololatria", I; Cipriano, "De idolorum vanitate"), en las cuales ellos denuncian no solo la veneración sino hasta la manufactura y posesión de tales imágenes. Todos estos textos se refieren a ídolos, esto es, imágenes hechas para ser adoradas. Pero el canon xxxvi del Sínodo de Elvira es importante. Este fue un sínodo general de la Iglesia de España celebrado, aparentemente alrededor de año 300, en una ciudad cerca de Granada. Este elaboró muchas leyes severas contra los Cristianos que recaían en la idolatría, herejías, o pecados contra el Sexto Mandamiento. El canon dice: “Está ordenado (Placuit) que las Pinturas no deben estar en iglesias, de modo tal que aquello que es venerado y adorado no debe ser pintado en las paredes”. El significado del canon ha sido muy discutido. Algunos han pensado que fue solamente una precaución contra la posible profanación por paganos quienes podrían haber ingresado a una iglesia. Otros ven en él una ley principista contra las pinturas. En cualquier caso el canon no puede haber producido más que un ligero efecto aún en España, donde había pinturas santas en el siglo cuarto como en otros países. Pero es interesante ver que justo al final del primer período había algunos obispos que desaprobaban el creciente culto a las imágenes. Eusebio de Cesárea (340 DC), el Padre de la Historia de la Iglesia, debe ser contado entre los enemigos de los íconos. En muchos lugares de su historia muestra su desagrado por los mismos. Son “costumbres paganas” (ethnike synetheia Hist. eccl., VII, 18); escribió muchos argumentos para persuadir a la hermana de Constantino, Constancia, de no mantener una estatua de nuestro Señor (ver Mansi XIII, 169). Un obispo contemporáneo, Asterio de Amasia, también trató de oponerse a la difundida tendencia. En un sermón sobre la parábola del hombre rico y Lázaro dice: “No pintes pinturas de Cristo ya que él se humilló suficientemente haciéndose hombre.” (Combefis, "Auctar. nov.", I, "Hom. iv en Div. et Laz."). Epifanio de Salamis (403 DC) rasgó una cortina en una iglesia de Palestina porque tenía una pintura de Cristo o un santo. También el Ariano Filostorgio (siglo quinto) fue un precursor de los Iconoclastas (Hist. Eccl., II, 12; VII, 3), como así también el Obispo de Marsella (Sereno), a quien San Gregorio Magno escribió su defensa de las pinturas (ver arriba). Finalmente podemos mencionar que en por lo menos una provincia de la Iglesia (Siria Central), el arte cristiano se desarrolló hacia una gran perfección mientras que sistemáticamente rechazó toda representación de figuras humanas. Estas excepciones son pocas comparadas con la sostenidamente creciente influencia de las imágenes y su veneración en toda la Cristiandad, pero sirven para mostrar que los íconos sagrados no obtuvieron su lugar enteramente sin oposición, y representan una delgada corriente de oposición como un antecedente de la virulenta Iconoclasia del siglo octavo.
V. LAS IMAGENES DESPUES DE LA ICONOCLASIA
Coronación de Imágenes
Después de la tormenta de los siglos octavo y noveno (ver ICONOCLASIA), la Iglesia en todo el mundo se calmó nuevamente en la segura posesión de sus imágenes. Desde su triunfante retorno en la Fiesta de la Ortodoxia en 842, su posición no ha sido nuevamente cuestionada por ninguna de las viejas Iglesias. Solamente ahora la situación ha sido definida más claramente. El Séptimo Concilio General (Nicea II, 787) ha sentado los principios, establecido las bases teológicas y restringido los abusos de la veneración de imágenes. Este concilio fue aceptado por la gran Iglesia de los cuatro patriarcados como igual a los otros seis. Sin aceptar sus decretos nadie puede ser un miembro de esa iglesia, nadie puede hoy ser Católico u Ortodoxo. Las imágenes y sus culto se han convertido en una parte integral de la Fe. La Iconoclasia fue entonces definitivamente una herejía condenada por la Iglesia tanto como el Arrianismo o el Nestorianismo. La situación no fue cambiada por el Gran Cisma de los siglos noveno y undécimo, Ambos bandos todavía mantienen los mismos principios en esta materia; ambos reverencian igualmente como un sínodo ecuménico el último en el cual ellos se encontraron al unísono antes de la calamidad final. Los Ortodoxos aprobaron todo lo que dijeron los Católicos (ver el siguiente párrafo) sobre el principio de venerar imágenes. Lo mismo hicieron las viejas Iglesias Orientales Cismáticas. Aunque ellas se apartaron mucho antes que la Iconoclasia y Nicea II tomaron como propios los principios que mantenemos – lo que es suficiente evidencia de que tales principios no eran nuevos en 787. Los Nestorianos, Armenios, Jacobitas, Coptos y Abisinios llenan sus iglesias con íconos santos, se inclinan ante ellos, los incensan, los besan, lo mismo que los Ortodoxos.
Pero hay una diferencia, que no es de principio sino de práctica, entre el Este y el Oeste, a la que ya hemos aludido. Especialmente desde la Iconoclasia, en el Este no gustan las estatuas sólidas. Quizás porque tiene muchas reminiscencias de los viejos dioses Griegos. En todo caso el ícono Oriental (ya sea Ortodoxo, Nestoriano o Monofisita) es siempre plano- una pintura, un mosaico, un bajo relieve. Algunos de los menos inteligentes Orientales todavía parecen ver una cuestión de principio en esto y explican la diferencia entre un ícono santo, tal como un Cristiano debería venerar, y un detestable ídolo, del más simple y crudo modo: “los íconos son planos, los ídolos son sólidos”.
Sin embargo, esta es una opinión que nunca ha sido sugerida oficialmente por su Iglesia, ella nunca ha hecho esto terreno de queja contra los Latinos, sino que admite que es (como por supuesto lo es) simplemente una diferencia de moda o hábito, y reconoce que estamos justificados por el Segundo Concilio de Nicea en cuanto al honor que rendimos a nuestras estatuas, del mismo modo que ella lo hace, con una mucho más elaborada reverencia, para con sus íconos planos.
En Occidente, el uso exhuberante de estatuas y pinturas durante la Edad Media es bien conocido y puede ser visto en cualquier catedral en la que el celo Protestante no haya destruido los tallados. En Oriente es suficiente ir a cualquier Iglesia Ortodoxa para ver la multitud de íconos santos que cubre las paredes, que brillan a través de la iglesia desde la iconostasis. Y las iglesias de las sectas Orientales que no tienen iconostasis, muestran la misma cantidad de pinturas en otros sitios. Como especímenes de extrema belleza e íconos curiosos pintados después de los problemas Iconoclastas en Constantinopla, podemos mencionar los mosaicos del Kahrie-Jami (el viejo “Monasterio en el Campo”, Moue tes choras) cerca del portal de Adrianople. Los Turcos, por algún accidente han respetado estos mosaicos al convertir la iglesia en una mezquita. Habían sido puestos por orden de Andrónico II (1282-1328), cubren todo el interior de la iglesia, representan ciclos completos de los acontecimientos de la vida de nuestro Señor, imágenes de Él, de Su madre, y varios santos; y todavía muestran en el profanado edificio un ejemplo de la espléndida pompa con la cual la tardía Iglesia Bizantina cumplía los principios del Segundo Concilio de Nicea.
Tanto en Oriente como en Occidente la reverencia que se le presta a las imágenes ha cristalizado en ritual formal. En el Rito Latino el sacerdote tiene la obligación de inclinarse ante la cruz en la sacristía antes de abandonarla para decir la Misa ("Ritus servandus" en el Missal, II, 1); Se inclina profundamente de nuevo “ante el altar o la imagen del crucifijo ubicado sobre él” cuando comienza la Misa (ibid., II, 2); comienza por incensar el altar incensando el crucifijo que está sobre él (IV, 4), y se inclina ante él cada vez que pasa (ibid); también ofrece incienso a cualquier reliquia o imagen de santo que pueda haber sobre el altar (ibid). Del mismo modo muchas obligaciones parecidas que existen como regla muestran que siempre se brinda una reverencia a la cruz o a imágenes de santos cada vez que nos aproximamos a ellos. El Rito Bizantino muestra, si es posible, una aún mayor reverencia a los íconos sagrados. Deben estar arreglados de acuerdo a un esquema sistemático a lo largo de la pantalla que se encuentra entre el coro y el altar, que por este motivo es llamada iconostasis (eikonostasis, “stand de pinturas”); delate de estas pinturas, se mantienen siempre lámparas ardiendo. Entre ellos, de cada lado de la puerta real, se encuentran los de nuestro Señor y Su Madre. Como parte del ritual, el celebrante y el diácono, antes de ir a vestirse, se inclinan profundamente ante ellos y dicen ciertas oraciones fijas: “Veneramos (proskynoumen) Tu inmaculada imagen, Oh Cristo” etc. ("Euchologion", Venecia, 1898, p. 35); también son instruidos constantemente para que a lo largo del servicio den reverencia a los santos íconos. Las imágenes por tanto eran propiedad y recibían veneración en toda la Cristiandad de forma incuestionable hasta que los Reformistas Protestantes, fieles a su principio de recurrir solamente a la Biblia, y no encontrando nada acerca de ellas en el Nuevo Testamento, buscaron en la Antigua Ley reglas que nunca habían tenido significado para la Nueva Iglesia y descubrieron en el Primer Mandamiento (al que llamaron segundo) una orden de no hacer siquiera ninguna imagen tallada. Sus sucesores han ido gradualmente atemperando la severidad de este, como de muchos otros de los principios originales de sus fundadores. Los Calvinistas mantienen la norma de no admitir estatuas, ni aún la cruz, casi exactamente igual. Los Luteranos tienen estatuas y crucifijos. En las iglesias Anglicanas uno puede encontrar operante cualquier principio, desde aquel de la cruz desnuda hasta una perfecta plétora de estatuas y pinturas.
La coronación de imágenes es un ejemplo de un viejo y obvio signo simbólico de honor que se ha convertido en un rito establecido. Los paganos Griegos ofrecían coronas doradas a sus ídolos como ofrendas especialmente valiosas. San Irineo (202 DC) ya observa que ciertos Cristiano heréticos (los Gnósticos Carpocracianos) coronaban sus imágenes. Él desaprueba esa práctica, aunque parece que parte de su disgusto en alguna medida se debe a que coronan estatuas de Cristo junto con las de Pitágoras, Platón y Aristóteles ("Adv. omn. haer.", I, xxv). La ofrenda de coronas para adornar imágenes devino en una práctica común en las Iglesias Orientales. No significaría en sí mismo más que agregar tanto esplendor adicional al ícono como le podría ser dado por un bonito marco de oro. Por tanto la fijación de la corona generó en sí mismo una cierta cantidad de ritual, y la corona misma, como todas la cosas dedicadas al uso de la Iglesia, era bendecida antes de ser colocada.
También en Roma, la ceremonia evolucionó desde esta pía práctica. Un caso famoso es la coronación de la pintura de nuestra Señora en Santa María Mayor. Clemente VIII (1592-1605) presentó coronas (una para nuestro Señor y una para Su Madre, estando ambos representados en la pintura) para adornarla; lo mismo hicieron los papas que lo sucedieron. Estas coronas fueron perdidas y Gregorio XVI (1831-46) decidió reemplazarlas. El 15 de Agosto de 1837 rodeado de cardenales y prelados, trajo las coronas, las bendijo con una oración compuesta para la ocasión, la roció con agua bendita y le esfumó incienso. Cuando se hubo cantado el “Regina Coeli”, fijó las coronas a las pinturas, diciendo la fórmula--"Sicuti per manus nostras coronaris m terris, ita a te gloria et honore coronari mereamur in coelis" –para nuestro Señor, y una similar (per te a Jesu Christo Filio tuo . . .) para nuestra Señora. Hubo otra colecta, el Te Deum, una última colecta, y entonces la Alta Misa coram Pontífice. El mismo día el papa emitió una instrucción (Coelistis Regina) acerca del rito. Las coronas deben ser conservadas por los canónigos de Santa María la Mayor. El ceremonial usado en esa ocasión se convirtió en el estandard para funciones similares.
El Capítulo de San Pedro tiene el derecho a coronar estatuas y pinturas de nuestra Señora desde el siglo diecisiete. Un cierto Conde Alejandro Sforza-Pallavicini de Piacenza dispuso una suma de dinero para pagar las coronas que serían usadas con este propósito. El primer caso fue en 1631, cuando el capítulo, el 27 de agosto, coronó una famosa pintura, "Santa Maria della febbre", en una de las sacristías de San Pedro. El conde pagó los gastos. Poco después, a su muerte, por su voluntad (fechada el 3 de julio de 1636) dejó una considerable propiedad al capítulo con la condición de que deberían gastar sus rentas coronando famosas pinturas y estatuas de nuestra Señora. Así lo han hecho desde entonces. El procedimiento es que un obispo puede solicitar al capítulo que corone una imagen en su diócesis. Los canónigos consideran su petición, si la aprueban hacen hacer una corona y envían uno de los suyos para llevar a cabo la ceremonia. A veces el mismo papa ha coronado imágenes por el capítulo. En 1815 Pío VII lo hizo en Savona, y nuevamente en 1816 en Galloro cerca de Castel Gandolfo. Una lista de imágenes así coronadas hasta 1792 fue publicada ese año en Roma ((Raccolta delle immagini della btma Vergine ornate della corona d'oro). El capítulo tiene un "Ordo servandus in tradendis coronis aureis quae donantur a Rmo Capitulo S. Petri de Urbe sacris imaginibus B.M.V." – aparentemente solamente en manuscrito. El rito es casi exactamente el mismo que el usado por Gregorio XVI en 1837.
VI. LOS PRINCIPIOS DE LA VENERACION DE IMÁGENES.
Finalmente debe decirse algo sobre los principios Católicos concernientes a la veneración de las imágenes sagradas. El Latino Cultus sacrarum imaginum puede muy bien ser traducido (como siempre lo ha sido en el pasado) “veneración de imágenes santas”, y “venerador de imágenes” es un término conveniente para cultor imaginum – eikonodoulos, como opuesto a eikonoklastes (destructor de imágenes). Veneración de ningún modo implica la suprema adoración que puede solamente ser dada a Dios. Es una palabra general que denota un mas o menos alto grado de reverencia y honor, un reconocimiento de valía, como el Verehrung Germano (“con mi cuerpo te venero”) en el servicio de casamiento; las compañías de las ciudades Inglesas son “venerables”, un magistrado es “Su venerable”, y se puede continuar. No podemos por tanto dudar de hablar de veneración de imágenes; aunque sin duda seremos a menudo llamados a explicar el término.
Notamos en primer lugar, que el Primer Mandamiento (excepto en la medida en que prohíbe la adoración y el servicio de imágenes) no nos afecta en absoluto. La Antigua Ley – incluyendo los diez mandamientos – desde el momento que solamente promulga la ley natural, es por supuesto eterna. Ninguna posible circunstancia puede nunca abrogarla, por ejemplo el Quinto, Sexto y Séptimo Mandamiento. Por otra parte, desde el momento que es ley positiva, fue de una vez por todas abrogada por la promulgación del Evangelio Rom., viii, 1-2; Gal., iii, 23-5, etc.; Hech., xv, 28-9). Los Cristianos no están obligados a circuncidarse, a abstenerse de la de la impura comida levítica etc. El Tercer Mandamiento que ordenaba a los Judíos a guardar el Sábado santo es un caso típico de una ley positiva abrogada y reemplazada por otra por la Iglesia Cristiana. De este modo en el Primer Mandamiento debemos distinguir las cláusulas – “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, “No los adorarás ni los servirás” – que son ley natural eterna (prohibitum quia malum), de la cláusula: “No te harás ninguna imagen tallada”, etc. Cualquiera sea el sentido en que el arqueólogo pueda entender esto, claramente no es ley natural, ni tampoco podrá nadie probar la maldad inherente de hacer una cosa tallada; por tanto es ley positiva divina (malum quia prohibitum) de la Vieja Dispensa que nos se aplica más a los Cristianos que la ley de casarse con la viuda de su hermano.
Desde el momento en que no hay ley positiva Divina en el Nuevo Testamento sobre la materia, los Cristianos están obligados, primeramente, por la ley natural que nos prohibe dar a cualquier criatura el honor que se le debe solamente a Dios, y prohíbe el obvio absurdo de dirigir plegarias o cualquier tipo de absoluta veneración a una imagen manufacturada; en segundo término, por cualquier ley eclesiástica que pueda haber sido hecha sobre la materia por la autoridad de la Iglesia. La situación fue definida bien claramente por el Segundo Concilio de Nicea en 787. En su séptima sesión los Padres escribieron acabadamente la decisión esencial (horos) del sínodo. En el mismo, después de repetir el Credo de Nicena y la condena de los primeros heréticos, llegan a la candente cuestión del tratamiento a las imágenes santas. Ellos hablan de real adoración, suprema veneración prestada a un ser por su propio bien solamente, reconocimiento de absoluta dependencia en alguien que puede garantizar favores sin referencia a nadie más. Esto es lo que ellos significan por latreia y declaran enfáticamente que esta clase de veneración des ser dada a Dios solamente. Es pura idolatría brindar latreia a cualquier criatura en absoluto. En Latín, adoratio es generalmente (aunque no siempre; ver e.g. en la Vulgata, II Reyes, i, 2, etc.) usada en este sentido. Especialmente desde el concilio hay una tendencia a restringirla a este sentido únicamente, de modo tal que adorare sanctos suena hoy escandaloso. Por tanto ahora en Inglés por adoración siempre se interpreta la latreia de los Padres del Segundo Concilio de Nicea. De esta adoración el concilio distingue el respeto y la honorable reverencia (aspasmos kai timetike proskynesis) tal como puede ser brindado a cualquier venerable o gran persona, al emperador, a un patriarca, etc. A fortiori puede y debe brindar tal reverencia a los santos que reinan con Dios. Las palabras proskynesis (como distinta de latreia) y douleia se convirtieron en las palabras técnicas para este honor inferior. Proskynesis (la que bastante raramente significa etimológicamente la misma con que adoratio – ad+os, kynein, besar) corresponde en el uso Cristiano al Latín veneración, reverencia; douleia podría ser generalmente traducido como cultus. En Inglés se usa para estas ideas veneración, reverencia, culto.
Esta reverencia se expresará en signos determinados por las costumbres y etiqueta. Debe notarse que todas las exteriorizaciones de respeto son sólo signos arbitrarios, como las palabras, y esos signos no tienen necesariamente una connotación inherente. Ellos significan lo que es acordado y entendido que deben significar. Es siempre imposible mantener que cualquier signo o palabra debe necesariamente significar a alguien una idea. Como las banderas, estas cosas han llegado a significar lo que la gente que las usa se propone que signifiquen. Arrodillarse en si mismo no significa más que sentarse. Entonces, con relación a las genuflexiones, besos, incienso y signos similares prestados a cualquier objeto o persona el único estándar razonable es la inferida intención de la gente que los usa. Su mayor o menor abundancia es materia de la etiqueta, la que puede muy bien diferir en distintos países. Especialmente arrodillarse, de ningún modo tiene siempre la connotación de suprema adoración. La gente por largo tiempo se arrodillo ante los reyes. Los Padres de Nicea II distinguen además entre la veneración absoluta y la relativa. La veneración absoluta es prestada a cualquier persona para su propio realce. La veneración relativa es brindada a un signo, de ningún modo para su propio realce, sino para realzar lo que la cosa significa. El signo en sí mismo no es nada, pero comparte el honor de su prototipo. Un insulto al signo (una bandera o estatua) es un insulto a la cosa de la cual es signo; del mismo modo honramos al prototipo al honrar al signo. En este caso todas las exteriorizaciones de reverencia, visiblemente dirigidas al signo, se vuelve en intención hacia el real objeto de nuestra reverencia – la cosa significada. El signo es solo puesto como la visible dirección de nuestra reverencia, porque la cosa real no está físicamente presente. Todos conocen el uso de tales signos en la vida ordinaria. La gente saluda banderas, se inclina ante tronos vacíos, se descubre ante estatuas y cosas así, y nadie piensa que esta reverencia es dirigida a un lienzo pintado, o a la madera, o a la piedra.
Es esta veneración relativa que debe ser prestada a la cruz, a las imágenes de Cristo y de los santos, mientras que la intención se dirige realmente en forma total a las personas que estas cosas representan. Entonces del texto de la decisión de la séptima sesión de Nicea II es: “Definimos con toda certeza y cuidado que ambas, la figura de la sagrada y vivificante cruz, como así también la venerable y santa imagen, ya sea hecha en colores o mosaicos u otros materiales, han de ser colocados adecuadamente en las santas iglesias de Dios, o en los copones y vestimentas, en las paredes y pinturas, en casas y por los caminos; lo que es decir, las imágenes de nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo, o de nuestra inmaculada Señora la santa Madre de Dios, de los honorables ángeles y todos los santos y hombres santos. Ya que tan a menudo como ellos sean vistos en sus representaciones pictóricas, así la gente que los mire es elevada ardientemente a la memoria y amor a los originales e inducidos a darles respeto y venerable honor (aspasmon kai timetiken proskynesin) pero no una real adoración (alethinen latreian) la que de acuerdo con nuestra fe se debe dar solamente a la Divina Naturaleza. De modo tal que las ofrendas de incienso y vela se deben dar a ellos como a la figura de la sagrada y vivificante Cruz, a los santos libros de los Evangelios y otros objetos sagrados a objetos de hacerles honor; aquel que venera (ho proskynon) a una imagen venera la realidad de aquel que esta pintado en ella “(Mansi, XIII, pp. 378-9; Harduin, IV, pp. 453-6).
Este es todavía el punto de vista de la Iglesia Católica. La cuestión fue establecida para nosotros por el Séptimo Concilio Ecuménico; nada ha sido agregado a esa definición desde entonces. Las costumbres por las cuales mostramos nuestro “respeto y venerable honor” por las imágenes santas naturalmente varían en los diferentes países y en tiempos diferentes. Solamente la autoridad de la Iglesia ha intervenido ocasionalmente, a veces para prevenir un retorno espasmódico a la Iconoclasia, más a menudo para prohibir los excesos de tales signos de reverencia que pudieran ser malentendidos y generar escándalo.
Los Teólogos discutieron toda la cuestión in extenso. Santo Tomás declara lo que es la idolatría en la “Summa Theologica”, II-II:94, y explica el uso de imágenes en la Iglesia Católica (II-II:94:2, ad 1Um). Distingue entre latria y dulia (II-II:103). La vigésimo quinta sesión del Concilio de Trento (Dec., 1543) repite fielmente los principios de Nicea II.
El santo Sínodo ordena que las imágenes de Cristo, la Virgen Madre de Dios, y otros santos deben ocupar sus puestos y ser guardados especialmente en las iglesias, que se les debe brindar honor y reverencia a ellos (debitum honorem et venerationem), no que se piense que cualquier divinidad o poder reside en ellas en virtud del cual deban ser venerados, o que pueda pedírseles cualquier cosa a ellas, o que debe ponerse alguna confianza en las imágenes, como era hecho por los paganos que depositaban su confianza en sus ídolos [Ps. cxxxiv, 15 sqq.], sino porque el honor que se muestra hacia ellos esta referido a los prototipos que ellos representan, de modo tal que besándolas, descubriéndonos, arrodillándonos ante las imágenes adoramos a Cristo y honramos a los santos cuya semejanza portan (Denzinger, no. 986)
Como un ejemplo de la enseñanza Católica contemporánea sobre esta materia difícilmente pueda uno citar nada mejor expresado que el “Catecismo de la Doctrina Cristiana” usado en Inglaterra por disposición de los obispos Católicos. En cuatro puntos, este libro resume exactamente la totalidad de la posición Católica.
“Está prohibido brindar divino honor o veneración a los ángeles y santos ya que esto le pertenece solamente a Dios”
“Debemos prestar un honor o veneración inferior a los ángeles y santos, ya que este les es debido como siervos y amigos especiales de Dios”
“Debemos brindar a las reliquias, crucifijos y santas pinturas un honor relativo, desde que nos refieren a Cristo y sus santos y son conmemorativos de ellos”
“No les rezamos a las reliquias o imágenes, ya que ellos no pueden ni vernos ni escucharnos ni ayudarnos.”
ADRIAN FORTESCUE
Transcripto por Tomas Hancil
Traducido por Luis Alberto Alvarez Bianchi
Enciopedia Católica